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Un Quijote llamado Cristóbal Arnold

A 15 años de su muerte, el escritor y periodista Andrés Cáceres recuerda a un artista cabal que marcó un antes y un después en el teatro de Mendoza.
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Recordar a Arnold es volver a vivir los avatares del teatro en Mendoza, a sufrir acompañándolo mentalmente a buscar sala, a descubrir actores, a dar con un buen libro y a idear propuestas que interesen a empresarios y funcionarios públicos, que saben tanto de cultura como un hongo de metafísica. Es, también y principalmente, creer que entre todos construimos la sociedad y que si nos damos por derrotados, vuelven a ganar los mediocres.

Sin llegar a verbalizarlo, Arnold sabía que la meta central de la cultura estriba en crear ciudadanía, por eso iba a los barrios y a las otras provincias y montaba obras que le permitiera a la gente sentirse como en una asamblea pública y, luego, conversar, discutir y disentir, creando una suerte de compañerismo, de sentimiento patrio de estar juntos, de participación colectiva interesada en el bien común, y sin partidismos políticos.

No siempre lo consiguió, pero a eso tendía. Su teatro intimista, por otra parte, buscaba tocar las fibras más profundas del individuo no solo para identificarse y hacer catarsis, sino para comprender al otro, al distinto, a la minoría y así armar una sociedad más madura, más refinada, más comprensiva.

Pensamos en él y es tanto lo que dejó, que lo imaginamos yendo por ahí, buscando obra y sala para darnos, en cualquier momento, una sorpresa estética, o hablando desde la radio de la situación social, o armando en un café los trípodes de una representación de esas que se quedan adentro para siempre.

Así como tuvimos el privilegio de que grandes artistas de otros lares se radicaran entre nosotros, tuvimos la suerte de que el platense Cristóbal Arnold pusiera todo su esfuerzo y su talento al servicio del teatro mendocino. Y vaya que si lo puso. Con él, nuestro teatro pasó a tener resonancia nacional pero lo que es más importante: hizo que la gente descubriera que existe el teatro y hacia la década del '70 se produjo un auge que no se ha vuelto a repetir en Mendoza.

En aquellos años de lucha, de ideales, de utopías, Arnold con su teatro y el resto de los teatreros nos llenó de orgullo: de algún modo sentíamos una identidad y una cultura argentina y latinoamericana y que era posible crecer social, individual y políticamente. Ya sabemos que el Proceso Militar arrasó con todo, pero Arnold se las ingenió para subsistir, buscando obras que no perturbaran los "sentimientos patrios" de los milicos, adecuando textos y puestas y recurriendo al lenguaje metafórico.

Como el Ave Fénix, en 1983 arrancó con De terrores y miserias, de Bertolt Brecht, en el Club Israelita Macabi y luego con Fifty-Fifty de Goldenberg en el Huentala y de nuevo en el Independencia con Ya nadie recuerda a Frederick Chopin, de Tito Cossa.

En el '85 hizo la tercera reposición de El herrero y el diablo, un clásico suyo como lo fueron Madre Coraje y El juego que todos jugamos. Ese año lo nombraron director del espectáculo central de la Fiesta Nacional de la Vendimia, que se resolvió en un Festival de la Solidaridad debido al terremoto, pero en 1987 lo volvieron a nombrar y realizó el espectáculo con el Equipo Teatral Luis Politti, que denominó así en homenaje a ese hombre excepcional y amigo suyo, que debió exiliarse, como otros tantos talentos que los represores ideológicos acecharon, torturaron y asesinaron.

La lucha de Arnold, a pesar de los sinsabores, las horas desesperadas y hasta la hambruna, se vio coronada por el mayor de los éxitos: el reconocimiento del público. Pero también de la crítica especializada y tuvo esos jalones relativos pero reconfortantes que son los premios. 

Claro que es poco para su titánico esfuerzo. Arnold dio la vida por el teatro y para comprender esto en parte es necesario leer su libro La rama en el techo, de Ediciones Culturales de Mendoza que, para colmo, se editó meses después de su fallecimiento.

Pero como decimos al principio, recordarlo es volver a vivir esa fascinante lucha que fue su vida, plena de realizaciones concretas, de intensidad impar en la actuación y en la dirección, tanto cuando era un galán de voz recia como cuando la madurez le puso el pelo blanco, pero no le quitó su carácter de gallo de riña, sino que le dio aplomo y sabiduría.

Recordarlo es vernos a cada uno de nosotros imitándolo, intentando nuevamente batirnos con molinos de viento, porque si, finalmente, caemos heridos, habremos sido Quijotes. Y eso fue Arnold. A quince años de su muerte, ocurrida en 2003, lo sentimos más presente que nunca, al servicio, como nadie, de la vida.