¿Para qué los científicos quieren alargar la vida de los duraznos?
Un estudio internacional liderado por investigadoras de Rosario sienta las bases para prolongar la vida del durazno después de la cosecha y, de ese modo, potenciar las posibilidades de exportarlo a mercados remotos.
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El durazno cosechado suele deteriorarse rápidamente y también resulta vulnerable a las bajas temperaturas. Para intentar prevenir ese efecto y eventualmente extender su plazo de conservación, científicas del Centro de Estudios Fotosintéticos y Bioquímicos (CEFOBI), dependiente del CONICET y de la Universidad Nacional de Rosario (UNR), hallaron ciertos factores internos de la fruta que regulan su maduración poscosecha. En particular, un tipo especial de lípido de la pulpa que, producido en cantidades suficientes, parece ser eficaz para protegerlo del frío, según indicó a la Agencia CyTA-Leloir la autora principal del estudio, la doctora Claudia Bustamante.
La molécula en cuestión es un glucolípido, esto es, una grasa unida a un azúcar. Y las científicas creen que también podría participar en la respuesta al frío en otras especies frutales.
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Bustamante realizó experimentos en el Instituto Max Planck de Alemania, gracias a una beca de investigación Georg Forster de la Fundación Alexander von Humboldt. Y mediante la realización de experimentos pudo identificar los genes que regulan la producción de los glucolípidos que le confieren al durazno una resistencia al frío.
En un futuro, "nuestra línea de investigación permitirá generar herramientas que faciliten la búsqueda de variedades de durazno que produzcan frutos de alta calidad y menor susceptibilidad al daño por frío poscosecha", destacó Bustamante.
Argentina produjo 200 mil toneladas de durazno en el período 2016-2017, de los cuales exportó cerca del 4%.
Del avance también participaron Claudio Budde y Julieta Gabilondo, de la Estación Experimental Agropecuaria de INTA San Pedro, Alisdair Fernie del Instituto Max Planck, Yariv Brotman, de la Universidad Ben Gurion, Israel, y Laura Monti, María Fabiana Drincovich y María Lara, del CEFOBI.

