Sueño de una noche de teatro
Sabemos lo que somos, pero aún no sabemos lo que podemos llegar a ser. William Shakespeare.
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- "¡Ay de mí, que me hallo desprovisto del manto divino que debiera insuflarme dicha y bonanza! Tal y como Flaubert; no fui hecho para el oficio de vivir". -el cariz derrotista que afectaba al actor protagonista de la obra, hubo calado en lo más hondo del corazón de quienes hallábanse como espectadores, allí en el Gran Teatro Imperial de San Petersburgo.
- <<¡Qué va!, a mí no me engañas. Me crees tan crédula como los demás, pero te equivocas. Pretendes que aún me trague el cuento de que el destino se burla de ti, y que por ventura, busca hacerte perecer. Siempre tan timorato y en exceso fatalista. Si no fuese porque eres el hijo del regente, ya te hubiésemos echado desde hace un buen tiempo a la calle. Tu estadía aquí, no nos ha causado otra cosa más que fuertes dolores de cabeza. Te las arreglas muy bien para no pasar desapercibido, y en cuanto encuentras la más mínima oportunidad, armas un espectáculo que da que hablar. Ya ha sido suficiente por hoy. Has rebasado mi paciencia, así que ten un poco de recato, y retírate a tus aposentos, que ya iré a desearte las buenas noches y a colmarte de besos que no te has ganado>>. -así se dirigió la actriz que se encontraba interpretandoel papel de una vieja criada, por demás insulsa y resignada ante su suerte. Sus portentosas dotes artísticas, le hubieron permitido agenciarse un lugar en el bien consumado mundo del arte; mas allí hallábase su derrotero existencial. Sentíase la mujer más consagrada de entre todas, y en ello se cifraba su augusto espíritu, al momento de tener que apropiarse de los matices de un personaje; pues investía con su persona toda, cada una de las disposiciones que el mismo requería.
- (Entra a escena un enano bufón, montando una gran algarabía). ¡Oh! ¡Oh! ¡Oh! Pero qué tenemos aquí. Por un lado, a una vieja decrépita de aspecto fantasmagórico, con más arrugas que una pasa, y por el otro, a un joven flemático y nervioso, presa de una turbación sin igual. Me pregunto qué saldría de la mezcla de ambos caracteres. Preciso es que os entretenga y os haga reír en demasía, mas es un pedido que me ha hecho vuestro preciado rey, por lo que debo cumpliros todo cuanto a éste le venga en gana ordenar. (El histriónico bufón comienza a saltar dando tumbos por el aire, mientras los demás lo observan estupefactos). ¿Qué tanto osan mirarme cual si fuese un lunático o un don nadie? ¿Eh? Si acaso supiesen del abatimiento que se halla consumiendo mi alma, no os reirías de ese modo. Engañarlos no deben sus ojos, pues no siempre observan lo que es meritorio observar. -dicho esto, el bufón rompió en sollozos en un rincón bien apartado del escenario.
Entretanto, el público hallábase por completo obnubilado, a causa de las muchas y variadas emociones que despertara dicho espectáculo. Nicanor, por su parte, se hubo conmovido desde el momento a priori en que comenzara la obra; aun cuando el telón hallábase todavía dispuesto en el escenario, y la muchedumbre continuaba llegando al teatro. Ello sólo podía explicarse por la consabida tendencia a que brotasen de su sazonado corazón, los más bellos y purpúreos sentimientos; aun cuando dicho discurrir no pareciese coincidir del todo con el momento actual en que pudiese hallarse sumido. La gravedad de todo cuanto bullía en sus adentros, posábase en el brillo de sus ojos esteparios, a la vista de todos; y mayor era su complacencia, cuando el mundo se disponía a ofrecerle un poco de su miel, pues para entonces, todo a su alrededor se embellecía mucho más que de costumbre.
- ¿Puedes advertir cómo los personajes se adentran en la vastedad de uno? ¿El tono con que se ve el mundo entre estas cuatro paredes?-inquirió el amigo de Nicanor.
- Pues, es la razón que conmueve a mi corazón, y le obliga a ser partícipe aquí y ahora. Tal efecto, cuyo origen me resulta difícil discernir, transgrede todos mis sentidos. Creo que la posibilidad de ser otro, pues en el mundo del arte somos otra cosa, mas no lo que el resto pueda llegar a pensar, es lo que nos conduce una y otra vez, a ese irrefrenable deseo de pensarnos diferentes de lo que somos, o creemos ser. -dijo Nicanor con suma gravedad, mientras los fervientes aplausos del público resonaban en cada uno de los rincones de la inmensa sala.
- ¡Magnífico! ¡Loable! -vociferaban con gran excitación las mujeres y hombres que se hallaban dispuestos en las butacas aledañas al escenario.
- Ser otro... ¿Quién no hubo deseado ser otro alguna vez? Naturalmente, somos proclives a desear todo aquello que a nuestro discurrir, al otro pareciere sobrarle en demasía. En el teatro, así como en muchas otras esferas de la actividad humana, cada quien juega a representar algo que no es, adoptando así un rol con características sumamente discordantes a las propias. ¡Pero mira qué actuación más sobria! ¡Bravo! ¡Bravísimo! ¡Magistral! -el buen amigo de Nicanor, hallábase gozoso de espíritu, y de ánimo dispuesto. Todo a su alrededor hubo adoptado un cariz de ensueños, y en sus ocupados pensamientos, no cabía lugar sino, para aquel mundo fantástico en que se hallaba absorto. Todo marcha a pedir de boca, querido Nicanor. Nada reviste mayor placer para el espíritu, que los latidos de un corazón rebosante de júbilo. -sus ojos se posaron fugazmente en los de su amigo.
- Dispenso, mi buen amigo. El teatro, con sus múltiples acervos, no ejerce sino, un influjo por demás fructuoso; y cuyo principal benefactor, es el espíritu de uno que se adscribe a los baluartes que el arte tiene para ofrecerle. -se expresó sosegado Nicanor, que al igual que su amigo, hallábase trastocado por el espectáculo. Pasado un momento, tomó de nuevo la palabra.
Quizás la vida del hombre sólo pueda verse colmada en el transcurso de su propia obra de teatro. -sentenció, y a continuación, el telón se hubo cerrado.La función de cada quien, debía continuar en otra parte.
Manuel Arias

