Presente. La vida en un instante
Por: Carina Saracco y Mauricio Girolamo
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Hay frases hechas que se corean muchas veces sin sentido, en modo "piloto automático". Se repiten sin reparar que, para cada frase hecha que afirma algo, hay otra que la niega. Se escucha a menudo: "Hay que vivir en el presente", que más allá de ser una frase inspiradora, encierra tanto verdades como dificultades prácticas. El cerebro pasa casi la mitad del tiempo divagando con pensamientos automáticos y repetitivos, que son el caldo de cultivo para la rumiación, la ansiedad, la preocupación o la depresión, dejando la mente asentada en el pasado o en el futuro, en lugar de afirmarse en el presente.
El sentido subjetivo del tiempo hace que tengamos una noción de pasado, presente y futuro. Lo utilizamos para entender el curso y la duración de los acontecimientos, situarlos en su momento y generar expectativas sobre ellos. Pero la percepción subjetiva del tiempo depende mucho de la situación emocional en que nos encontremos. Nada sorprende al pensar que se vive en una época de tiempos vertiginosos, de apuros, de exigencias y cumplimientos. Las enseñanzas de la infancia y el miedo a la equivocación son factores que colocan la mente en el futuro y no dejan gozar de las vivencias actuales. Vivir así, significa un alto costo en términos de salud física y mental.
Se vive con tanta exigencia, que en ocasiones no se repara en lo que ello genera. Siempre falta algo. Y ello implica que hay que estar pensando constantemente en la próxima instancia, sin siquiera valorar la meta recién alcanzada. Pensamiento fundamentalmente futurista, controlador de lo que pueda escaparse de las manos. Corre el eje del presente, hacia a un escenario hipotético, que es altamente ansiógeno, inundando de ansiedad, una realidad aún inexistente, para la cual todavía no se cuenta con los recursos necesarios para hacer frente. La mayoría de los pensamientos futuristas están orientados a lo negativo, catastrófico y posiblemente errático. Gatillando una cascada de emociones y conductas coherentes con esa negatividad. Un proceso cognitivo que puede ser muy lógico, pero que al partir de una premisa errónea, concluirá indefectiblemente en un resultado equivocado. No está mal planificar, ensoñar, visualizar nuestros proyectos; pero siempre sabiendo que estoy imaginando, parado en mi presente, posibles pasos a dar en un futuro, a modo de planeamiento de mis próximas acciones. Diferente es anticiparse, intentando buscar soluciones a problemas aún inexistentes, considerando ese hecho como real y alejando de este modo, aún más, el presente que convoca y sobre el cual se pueden hacer los movimientos necesarios para justamente no llegar a ese futuro supuestamente tan aterrador. Cuando se deja de pensar en lo que pueda pasar, es cuando se comienza a disfrutar de lo que está pasando.
Por otro lado, movernos constantemente hacia el pasado en ese tren mental, no hará otra cosa que vivir de recuerdos, de memorias que aferran o encadenan las mismas emociones de aquel momento. Volviendo a pisar melancólicamente las huellas, que llevarán inexorablemente al mismo oscuro lugar. No está mal recordar, aprender de pasos erráticos o conmemorar en el presente experiencias importantes. Recuerdos de hechos que ayudaron a construir este presente, pero que son solo la base de algo que uno puede continuar en la misma o variada dirección, para no repetir interminablemente una realidad que ya mutó, por el paso propio del tiempo.
El cerebro no distingue entre fantasía y realidad. Se puede sentir el placer del recuerdo de un paseo por la playa, o imaginar la gloria de ganar millones de dólares, sufrir por figurarse el accidente probable de un ser querido o experimentar goce al fantasear una relación sexual. Sin embargo, aunque nada de ello esté ocurriendo fehacientemente en el presente, se puede sentir, vivenciar y experimentar tales sensaciones como actuales, por el solo hecho de componerlas en el pensamiento. Buena parte de las percepciones experimentadas son posibles gracias a receptores especializados del organismo que captan los estímulos correspondientes y los convierten en señales eléctricas que envían al cerebro. Pero, para percibir el tiempo no se dispone de ningún órgano especializado. Por esta razón es importante, estar atentos a lo que se piensa, sin confiar demasiado, ya que puede ser tan sublime como peligroso. Tan potencialmente inspirador, como traicionero. Tan claramente fáctico, como elucubrador. Cuestionar los pensamientos, ponerlos en tela de juicio, corroborarlos, valerse de los otros sentidos, que me contactan con el presente, abrir bien los ojos para explorar el contexto actual, escuchar, mirar, gustar y sentir con todo el cuerpo lo que sucede en el aquí y ahora; y recién ahí volver a pensar, con la información actualizada en el presente, para ver si es necesario "resetear" el pensamiento que venía en curso.
Sabemos que la experiencia modela el cerebro, lo que en neurociencias se llama "neuroplasticidad". Si se logra mantener un entrenamiento sostenido durante cierto tiempo, en nuestra mente se pueden generar ciertos encendidos neuronales que decantarán en pensamientos más saludables. La mente atenta, se sitúa en el presente con actitud de aceptación, sin desear que las cosas sean de tal o cual forma, o maldiciendo el pasado; sino reconociendo el límite del control de los hechos, aprendiendo a transitar cada instante. De este modo se puede ir librando de preocupaciones, temores y ansiedad; promoviendo un círculo virtuoso que incluye la tolerancia, la paciencia y la legitimidad. Si se vive en el pasado, hay una gran tendencia a sentirse deprimido; si se vive con el foco en el futuro, aparece la ansiedad y el estrés, solo cuando se está en el presente es que se consigue experimentar paz y tranquilidad, recuperando la capacidad de maniobra, reconociendo que es en el único tiempo en que puedo accionar.
En esta vida tan occidentalizada, divorciada de los saberes milenarios del oriente, no se para de pensar y vivir a destiempo. Lo cual lejos de resolver, tiende una trampa. La vida transita en actos racionales, pero también emocionales, espontáneos, relajados, triviales, de ensoñación, de distensión, de percepción, de sensaciones y de fluidez. Aprender a posicionarnos en el presente es todo un reto. En el presente se vive toda la vida, por ende "aprender a vivir en el aquí y ahora" quizá sea el mayor desafío de estas épocas. Implica riesgo, incertidumbre, aventura y por sobre todo confianza en uno mismo. Conlleva enfrentar miedos, atravesar instancias, resolver situaciones y darnos cuenta que seguimos en el camino, acumulando experiencia. Un ejercicio absolutamente forzado en sus inicios. Concienzudamente repetitivo en el proceso. Arduamente trabajado en su desarrollo. Y ampliamente disfrutado en sus resultados. Siendo conscientes que "hay dos días en los que no se puede hacer nada; ayer y mañana". Soltar el pasado, apoyado en los aprendizajes, conectar con el presente, en toda su magnitud y transitar hacia el futuro, que en su remota existencia, no será otra cosa que la construcción día a día de una vida evolucionada, mejorada y perfectible.