Belleza: el carcelero de la identidad

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El contacto inicial entre los seres humanos es a través de los sentidos. Nos reconocemos con otros al vernos, escucharnos la voz, darnos la mano, un abrazo o saludarnos con un beso, sintiendo nuestras pieles y oliendo nuestros perfumes. La imagen personal, es la carta de presentación, en la primera instancia de comunicación con otras personas. Incluso muchas veces direccionamos nuestra imagen, a fin de provocar los resultados más convenientes a nuestro objetivo: conseguir un trabajo, un ascenso, suscitar el interés de otra persona. Desde la presentación formal de la vestimenta en un trabajo, pasando por el atuendo o "producción" para asistir a un evento, hasta el cuidado de las formas y figura corporal, como elemento de seducción ante una potencial pareja. Explica la importancia de la estética en los vínculos.
Esto sucede en todas las especies animales. La hembra a disputarse, el poseedor del trono de "macho alfa", la competencia por obtener un lugar en la cadena reproductiva; ponen en relieve aspectos que se relacionan con el tamaño, la fuerza, los colores o el despliegue de un ritual (casi teatral), que busca la seducción y conquista, para la copula y posibilidad de continuidad de la especie.
En el ser humano se ponen en juego aspectos mucho más complejos y profundos, que un mero lugar de conquista y preservación de la especie. El "sentido del propio valor", que en la génesis de la imagen personal, se aprende desde niños, en el núcleo familiar, a través de los mensajes que los primeros referentes de cuidados nos trasmiten. Si hubo conflictos en la formación de la autoestima basal, salen a luz con fuerza durante la adolescencia, apoyándose en este caso en la mirada de sus pares y referentes externos a la familia, que vienen a suplantar a las figuras parentales ya no valoradas. Si bien no es privativo de esta etapa evolutiva, la presión de "modelos ideales" puede llegar a afectar gravemente a quienes están en situación de vulnerabilidad, reflexionando sobre quiénes son y qué buscan, poniendo en juego su autoestima. Así la "autoestima" se va gestando desde la niñez, se aprende y se puede modificar. Se requiere de la aprobación, la consideración y el reconocimiento, para alimentar la autoafirmación; a través de la respuesta externa corregimos o reforzamos conductas y conceptos acerca de nosotros mismos. La forma en que se planta ante la vida una persona que se sabe estimada, le permite generar lazos en donde se lo valore, lo cual retroalimenta la autoestima y renueva así el círculo virtuoso.
En esta época, la existencia de las redes sociales, internet y la cultura de exposición, amplía la mirada social a ámbitos antes inaccesibles. La vida privada se expone a las miradas y opiniones de miles de personas desconocidas. Este grado de exposición influye en nuestra percepción de éxito y fracaso, al compararnos con pares indiscriminadamente, generando ansiedad y frustración, sin evaluar si los ejemplos con los que nos comparamos son adecuados.
En tiempos donde la imagen y lo inmediato domina la escena mundial, la estética ha pasado a ocupar un lugar preponderante y no pocas veces, una búsqueda vacía de medidas físicas, pieles tersas, músculos hipertrofiados, pechos turgentes, glúteos de piedra y labios quirúrgicamente carnosos. A tal punto que se construyen nuevas definiciones o denominaciones estandarizadas que marcan el objetivo de estar en forma. Ponemos como ejemplo el "Thaigh Gap", un adelgazamiento que genera un espacio o separación entre los muslos, en el cuerpo de la mujer. O una nueva y peligrosa tendencia, el "Bikini Bridge", o separación que se exige lograr, entre la panza y la parte superior de la bombacha de la malla, producto de una extrema delgadez. Una enfermiza manera de llevar el cuerpo a límites de desnutrición, al borde de enfermedades de la conducta alimentaria. En pos de una admiración social que no llenará lo que internamente se carezca.
Podríamos decir que nuestra sociedad posee una dosis de frivolidad que pondera la búsqueda de una estética creciente, interminable, insatisfecha y siempre perfectible, poco sustentada pero creída al fin; donde una nariz respingada, piernas esbeltas o bíceps y tríceps voluminosos, vendrían a dar una suerte de garantía de éxito, para ser tenido en cuenta, obtener trabajo y sostenerlo, hasta incluso lograr ser mirados para postular en una pareja. Una verdadera ilusión, un literal "pensamiento mágico" o al menos, una infantil forma de jugar a las escondidas con uno mismo.
La seguridad personal no se relaciona con tener todo claro, indubitable o sin falencias. La seguridad se relaciona con la buena estima de si y esto implica auto aceptación. Angostando la brecha entre quién soy, quién aparento ser y cómo me ven. Desarrollando un mayor nivel de autenticidad y satisfacción consigo mismo, con el consecuente aumento o fortalecimiento de la autoestima. Pensar que la estética podrá ser pasaporte al destino deseado, es un acto de sumisión, banalización y cosificación de la persona. Una mera reducción a la condición de "figura estética desechable" (convengamos que no pueden ser lugares sostenidos por mucho tiempo)
No existe una "medida patrón " de la belleza, por más concursos que se desarrollen, porque es subjetiva y abstracta. Son meras convenciones sociales o arquetipos que varían en diferentes épocas y culturas. La belleza, está teñida de afecto, envuelta en cariño, admiración y aprecio. Se engrandece ante el amor, la ternura y el esmero. Nuestra pareja tiende a verse más bella cuanto más amor sentimos por ella. De la misma manera, nos sentimos más a gusto con nosotros mismos, cuanto más valoramos quienes somos, nuestros esfuerzos, nuestra perseverancia. Con lo más gustoso y lo más amargo. Lo más pulido y lo más áspero del ser. Lo que implica el trabajo de seguir creciendo y mejorando aquello que sabemos errático, con el consabido compromiso de aprender, crecer y evolucionar como personas. Los espejos nos dicen cómo nos vemos, no quiénes somos. Cuando miramos al espejo y vemos coraje, valentía, obstinación y logros. Cuando miramos a los ojos y vemos transparencia, bondad y dedicación. Aprendiendo a mirar estos aspectos al ver nuestra figura en una vidriera, advertiremos rostros alegres, cuerpos plenos, y curvas felices. La belleza se manifiesta conforme y gustosa a través de los ojos del orgullo, de ser lo que mejor podamos ir construyendo de nuestra persona, a cada paso y circunstancia de la vida.


