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La Cather, una periodista que dejó huella

A Catherina Gibilaro difícilmente se la recuerde sin hacer mención a su pasión por el oficio, su desparpajo y una personalidad avasallante. Hoy nos dejó físicamente. Tal vez esta semblanza sea una forma de amortiguar el impacto. ¡Chau querida Gringa!
Foto: Alf Ponce / MDZ
Foto: Alf Ponce / MDZ

Imposible recordar a la Cather sin una sonrisa ante la catarata de anécdotas que generaba a cada paso en virtud de su extrovertida personalidad, como también por aquellas de cosecha propia que gustaba compartir con quienes a lo largo de los años trabajamos con ella en una redacción. 

Solíamos decirle en broma que era un reality caminando. Todo en ella tenía gracia natural. Impacto. Su osada elegancia y su carisma hacían que nunca pasara inadvertida. Eso no significaba que no tuviera su costado serio. Era una persona sumamente sensible que podía llorar a mares por el drama humano que había encontrado detrás de una noticia o por el dolor de algún ser querido, lo que la impactaba como el crimen más atroz. En esos excesos de humor y tristeza fluía sin medias tintas su sangre italiana. 

Tal era el volumen de historias que había acumulado en sus décadas en el periodismo, que desde hace años la conminaba a que cuando le llegara la temida jubilación, y ya sin la mochila de la coyuntura, se dedicara a escribir esas memorias que me contaba una vez que pasaba la tensión de la hora del cierre y las rotativas sacaban chispas.

Contar, por ejemplo, sus comienzos en el diario Los Principios, de Córdoba, cuando se sentaban en una plaza junto a la luego reconocida periodista y política Norma Morandini a comer un sandwich y hablar con fruición de un oficio al que ambas amaban.

O su paso por el Vaticano, adonde fue enviada como corresponsal de la agencia Télam en los años '80. Allí fue testigo privilegiada del atentado al papa Juan Pablo II, en marzo de 1981. Por lejos, la cobertura periodística más importante de su carrera. Sus recuerdos de aquellos días entre sotanas mayores y menores eran realmente desopilantes. 

O el detrás de escena de las notas policiales a las que siempre iba con pasión de principiante. Sus "tácticas" para llegar hasta el centro mismo de los hechos deberían figuran en los planes de estudio de periodismo. Con respeto, pero con firmeza y, sobre todo, mucha picardía, la Tana lograba su objetivo. Y a la par, la admiración y el odio (envidia, sería más apropiado) de sus colegas. 

A fines de los años 80 regresó de su periplo europeo junto a su marido, Luigi Gibilaro. Primero trabajó en medios de San Juan, luego fue el turno de Radio Nihuil y finalmente recaló en Diario UNO donde trabajó durante 20 años, hasta comienzos de 2017 en que más resignada que predispuesta se jubiló.

Hace unos meses volvimos a encontrarnos. Otra vez en una redacción. En esta ocasión, en la de MDZ. Llegó como invitada del programa Mesa MDZ, donde repasó su larga trayectoria y recibió como merecido eco numerosos llamados de oyentes, colegas y lectores que le ofrendaron una de sus últimas gratificaciones.

A partir de ahora, ya sin su presencia física, no me imagino hablando de ella con lágrimas, evocándola con tristeza (aunque escriba esto con un nudo en la garganta).

Me hiciste reír mucho, enbroncar otro tanto con tu terquedad, pero también me diste lecciones de valentía en un oficio que cada vez cuenta con menos Catherinas en sus trincheras.

Se te extrañará, eso seguro.