El vínculo madre-hijo, clave para un crecimiento saludable
El período de mil días, que se inicia en la concepción e incluye el embarazo de la mamá y los dos primeros años de vida del bebé, constituye un tiempo crucial para el desarrollo del potencial de ese niño y de su futuro. Particularmente es en ese período donde más se desarrolla el cerebro y, si bien la buena nutrición juega un papel fundamental, la neurología y la psicología nos indican que un buen vínculo madre-hijo contribuye también a producir modificaciones favorables en el cerebro. En contrapartida, un mal vínculo dejará cicatrices emocionales que podrían durar toda la vida.
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“Si una persona forjó en su primera infancia un vínculo saludable con su madre, favorece las chances de convertirse luego en un adulto seguro de sí mismo y que confía. Los niños que no desarrollan un vínculo pleno con su madre vivirán esa primera etapa de su vida en estado de alerta y es muy probable que todo ello impacte en su adultez. La madre brinda la contención sin la cual al niño le cuesta armarse emocionalmente”, explicó Maritchu Seitun, licenciada en Psicología, especializada en orientación a padres.
En ese vínculo con el bebé se va a instalar un modelo que se llama de ‘apego seguro’ o de ‘confianza básica’, que es la mejor base posible para que aprendan los niños, quienes tienen dos modalidades de funcionamiento: la modalidad crecimiento y la modalidad defensa. Cuando el niño se está defendiendo porque la mamá se va a enojar, porque tiene miedo de que el papá le pegue o porque no sabe si va a haber comida en la mesa, está defendiéndose, entonces no puede crecer emocionalmente en su máximo potencial. Para desarrollarse sano y fuerte, física y emocionalmente, hace falta no estar protegiéndose.
“La persona que se va a ocupar de que el bebé esté en modalidad crecimiento la mayor parte del tiempo es, idealmente, la mamá. Claro que en situaciones excepcionales adonde la madre no está, otras personas pueden reemplazar ese rol de forma muy satisfactoria. Lo que va logrando un bebé en modalidad crecimiento con la mamá es este vínculo de ‘apego seguro’, que se traduce en sentir la tranquilidad de que hay alguien que se ocupa de mi supervivencia, entonces yo puedo salir a jugar”, subrayó la especialista, quien es Integrante y Coordinadora de los Equipos de Psicología de Niñez y Adolescencia del Centro Médico ‘Domingo Savio’ en San Isidro.
El impacto de esta relación de apego con la mamá es determinante, ya que para que el chico crezca y prospere tiene que sentirse seguro. Podemos vislumbrar el estilo de apego al separar al nene de la mamá. Un chico con apego seguro se va a alejar por un rato sin inconvenientes, pero al rato va a llorar y a reclamar a la mamá. No es necesariamente bueno que al niño no le cueste nada desapegarse de su madre; de hecho, eso podría ser un indicador de aspectos negativos de ese vínculo.
Los mil días se cumplen al iniciarse la ruptura de la simbiosis madre-hijo; hasta ahí el niño no termina de interpretar que es una persona separada de su mamá. En contrapartida, el papá tiene en toda esta etapa una tarea fundamental, que es justamente la de asumir el rol de venir a abrir ese vínculo simbiótico, y es muy importante que él cumpla con esa tarea. El papá le muestra al niño todo lo fascinante que existe más allá de la mamá: otro estilo de juego, otra forma de alzarlo, otra manera de acariciar, otros aromas, texturas. Si no hay papá, la mamá debe encontrar otra persona, no hace falta que sea un hombre: puede ser la tía o un amigo de la familia, pero el bebé tiene que saber que existe un mundo más allá de la mamá.
“También es importante para la relación madre-hijo la historia de esa mamá y su vínculo con su propia madre. Uno cuida con el cuidado que recibió, pero si esa mujer tuvo un mal vínculo de apego en su crianza, un vínculo de apego no seguro, existe cierta evidencia científica de que se produce un impacto a nivel genético, que en cierta medida condicionaría el tipo de apego que ella podrá ofrecer a su hijo” destacó la Lic. Seitun.
La vuelta al trabajo
En muchos casos, la madre debe reinsertarse rápidamente en su vida laboral. Aquí es necesario aclarar que el apego seguro no sólo se nutre de la cantidad de tiempo compartido madre-hijo, sino –fundamentalmente- también de la calidad de ese tiempo. Las caricias, los juegos, el baño a última hora o acostar a tu hijo son momentos que representan mucho para el nene en términos de ese apego seguro.
Es mejor que las madres que tienen que salir a trabajar se hagan responsables de su decisión, en lugar de sentirse culpables (la culpa no ayuda a tomar buena decisiones). Es importante que se ocupen de elegir bien quién cuidará a su hijo mientras no esté, para que esa persona siga ofreciéndole todos los estímulos necesarios para un crecimiento saludable.
Recomendaciones para volver al trabajo y no afectar ese vínculo madre-hijo
• Traspaso. Que ese proceso sea gradual, para que tanto la mamá como el bebé comiencen a confiar en la persona que oficiará de cuidadora.
• Horarios flexibles. Comenzar yéndose de la casa pocas horas e ir aumentándolas paulatinamente.
• Disponibilidad. Volver a casa y ofrecer diversos momentos de encuentro madre-hijo.
• No ofenderse. Tolerar amablemente las manifestaciones del hijo por las ausencias de la madre.
• Renuncias. Dejar de lado otras actividades para priorizar la presencia materna/paterna durante los primeros mil días.
• Teléfono/Webcams. Hoy la tecnología permite estar, inclusive a la distancia.
• Ajustar agendas. Acordar con el padre que cada uno salga más tarde y vuelva más temprano un par de días de la semana para acortar el tiempo sin papá y/o mamá.
Otros expertos atribuyen algunos de los males que hoy enfrentamos a un cambio cultural que nos hace criar ‘en serie’ a nuestros hijos: antes se criaba en paralelo, entre la mamá, la abuela y las tías, todas en cierta medida haciéndolo en simultáneo. Ahora, cuando se va la mamá, entra la abuela; cuando se va la abuela, entra la empleada; cuando se va la empleada, entra de nuevo la mamá; pero no tienen contacto entre sí los adultos que crían, entonces no pueden enriquecerse unos de otros. Lo mismo sucede con el papá y la mamá cuando los dos trabajan: entra uno y sale el otro, y el desafío es poder hacer un intercambio rico entre ellos.
Es muy importante promover ese cruce de información, experiencias, reacciones entre lo que cada uno de los cuidadores ve y percibe. Consensuar pautas, establecer límites, compartir la evolución del bebé en respuestas a estímulos, muestras de cariño, consignas lúdicas; prestar atención a diversos procesos emocionales y de expresión de la criatura son aspectos clave en los cuales los cuidadores deben funcionar como un equipo.
Cambio de paradigma en la crianza
“Generaciones anteriores criamos y nos criaron para desarrollar un ‘nene bueno’: bueno, respetuoso, trabajador, ordenado y generoso. Hoy la psicología tiene un paradigma nuevo y es que el nene -antes de lograr esas ‘virtudes’- en su inmadurez es egoísta, egocéntrico, todo yo, todo ya. No obstante, esta situación va a ir evolucionando, es como si fuera un vasito a llenar por sus padres y otros cuidadores. Si la mamá le da amor, cuidado, le da de comer y lo hace sentirse seguro, cuando ese niño se sienta lleno de amor, cuidado y seguridad, va a poder ser así también con otros”, insistió La Lic. Seitun.
“Ser bueno, respetuoso o responsable no es algo que se adquiere erradicando el egoísmo e instalando la generosidad, erradicando el enojo e instalando la alegría, sino que un chiquito de tanto ser atendido, amado y cuidado, luego puede convidar y compartir sus juegos, e inclusive a su mamá. Este lado luminoso de la personalidad del niño es un subproducto de la oscuridad que en un principio trae consigo. Primero viene la oscuridad y, una vez que el niño fue atendido, cuando le sobra amor recibido, tiene amor para dar. El buen crecimiento viene del chiquito que fue atendido hasta que dijo ‘suficiente, tengo de más’. Cuando vuelve a necesitar, le vuelven a dar, porque esto es un proceso que no se acaba nunca. Hablo de amor, valoración y presencia, no de objetos”, concluyó la especialista.
Todo este proceso de desarrollo se da a partir, y fundamentalmente, en el marco de estos primeros mil días de vida, adonde el niño tiene una plasticidad muy particular para incorporar herramientas emocionales que le permitan convertirse en un adulto seguro. Todo lo que sucede desde la concepción hasta los primeros dos años deja una huella que impacta en la vida futura, por eso es un período tan sensible en la vida y al que hay prestarle una especial atención.
Recomendaciones para una mamá durante los primeros mil días
1) Embarazo óptimo: Propiciar las condiciones óptimas durante los 9 meses de gestación para disponer todo de manera de poder establecer el mejor vínculo posible con el recién nacido desde el primer momento.
2) “Esto no es eterno”. Los primeros meses pueden ser traumáticos y producen cierto desencanto. La mamá se siente algo sola, toda su realidad se dio vuelta y vivió una revolución hormonal. Ella necesita saber que esta etapa no dura para siempre y se supera.
3) Vínculo seguro. Promover ese vínculo seguro que le dé toda la confianza al niño para que pueda comenzar a desenvolverse en el mundo como un individuo pleno es el mejor regalo que una mamá le puede hacer a su bebé. Así, ella está disponible para su hijo, para potenciar su personalidad y el bebé confía en ella. Esa “mamá buena” y ese vínculo seguro se internalizan y lo acompañan por el resto de su vida.
4) Tiempo de Calidad. Las mamás que dejan la casa varias horas para trabajar tienen que aprovechar cada oportunidad de encuentro con su bebé y disponer de alguien que pueda seguir ofreciéndole todo lo que necesita.
5) Disfrutar del bebé. Ante el nacimiento del primer hijo, la mamá es inexperta, involuntariamente se equivoca más y todo le cuesta mucho. Con los siguientes nacimientos, todo se vive en forma menos traumática y una aprende de sus errores, capitaliza la experiencia. Pediatra, abuela, y amigas son indispensables para sortear esos primeros momentos difíciles y poder disfrutar un poco más.
Oribe Prensa

