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Ni Reinas ni Vírgenes

La Vendimia (fiesta), en Mendoza, es cara para los mendocinos (cara en dos sentidos). ¿Quién podría atreverse a cambiar, a proponer otra cosa?
Foto: Ulises Naranjo.
Foto: Ulises Naranjo.

 El Concejo Deliberante de la ciudad bonaerense de Chivilcoy aprobó ayer 15 de diciembre, una ordenanza que prohíbe los concursos de belleza, como la elección de la Reina del distrito, al entender que "colocan a las mujeres como objetos de exhibición". En los fundamentos, los promotores del texto explicaron que este tipo de competencias toma por ciertos "los estereotipos de belleza impuestos hegemónicamente" y afirman que esos concursos incurren en un tipo de violencia, sancionada en la Ley 26.485: la violencia simbólica, con el agravante de ser promovidas y legitimadas por el Estado, en este caso el municipal.


Es verdad que a muchos les va a molestar esta postura. Es verdad, indudablemente, que varios se despacharán con alguna violencia anónima, como es habitual en los comentarios sobre las notas y es verdad que a veces, ante eso y otras cosas, una cree que mejor hubiera sido seguir viviendo calladita la boca y “Dejar hacer, dejar pasar”.

Pero qué le vamos a hacer. Aportar opiniones, aunque sean criticadas por malas o por buenas, es necesario para todos. De paso, podría crearse una buena polémica, una evolución quizás útil.

La Vendimia (fiesta), en Mendoza, es cara para los mendocinos (cara en dos sentidos). La tradición, las uvas, los “duendes”, la acequias, los caballos, los inmensos esfuerzos económicos y de Personal, desde Cultura, para que el turismo sea beneficiado, en fin. Pero es “cara”, como hemos dicho, y tristemente tradicional, más bien, atávica. ¿Quién podría atreverse a cambiar, a proponer otra cosa, a perfilar el festejo desde otros paradigmas sociales, políticos y culturales? Ya se ha planteado esto hasta el hartazgo. Misión casi imposible. Porque suena el Himno a Mendoza y todos andamos al ritmo de marcha por las veredas, se quiera o no.

Podría ser hasta gracioso por la imagen, pero no es así. Desde el más alejado lugar de la provincia hasta el mayor en población y riquezas, se toma esto tan en serio, que da para opinar y no para reír con complacencia. Es un festejo, sí, gran festejo, para las grandes empresas, las grandes bodegas, las bodegas boutique, los inmensos viñedos, los acuerdos y desacuerdos políticos. Pero no lo es, en absoluto, para las antiguas bodegas familiares, para los pequeños productores, para los esclavos crónicos de Irrigación, donde la única reina que ni siquiera pueden coronar es la miseria.

En fin, estas cosas masivas que nos estimulan a andar a ritmo de marcha hacen a la cultura y hacen cultura, por eso no es ninguna cosa banal, tengo para mí, por lo menos.

Entonces, más allá de la Fiesta, con sus reglamentos y sus obligaciones temáticas, el despliegue de danzas y cuadros dramáticos y un mejor o peor guion (las más de las veces imposible de saberlo y seguirlo por tanta parafernalia) y de aquello sobre la situación de los pequeños productores que solo hemos enunciado, hay dos cosas más que hora va siendo de analizar y cambiar. Por atávicas, por discriminativas, por epiteliales, por snob, por autoritarias y antisociales.

Una de ellas (esperen que me pongo el yelmo), la aparición y las oraciones a la Virgen de la Carrodilla, que no por tradicional es menos unilateral y ortodoxa. Otros credos y ateos, a joderse.

Y la otra (ajustame bien el yelmo, por favor), la elección de la reina, acto casi comparable a “Bailando por un sueño”, de un formador de gustos que disgustan.

Vamos a los antecedentes para analizar esto: supimos por los medios que la ciudad de Chivilcoy decidió, entiendo que por ordenanza, no realizar elecciones de reinas de belleza por considerarlo un hecho discriminador, de exposición de la mujer. Aplausos.

En las entrevistas que nos permiten conocer a las “soberanas”, las chicas hablan de diversas cuestiones y lo que harían o harán durante el tiempo que dura eso. Nada y todo está bien, eso no importa. La cosa va más allá: ¿qué es la belleza?, ¿por qué “esta sí y esta no”? ¿Qué “cosa” es la mujer? Yo qué sé. Es algo tan descalificador, tan antisocial, tan poco importante.

Se hacen ingentes esfuerzos y reclamos por el lugar real (y no Real) de la mujer en la sociedad y conductas al respecto; se hacen campañas por la inclusión y la no discriminación. Y resulta ser que un acto tradicional echa por tierra toda campaña, todo avance, todo minúsculo paso en adelante para que dejemos de aplaudir las monarquías atávicas y corruptas (al fin y al cabo, mucho de monárquicos llevamos a cuestas) y se deje de ver a la mujer como objeto y, en tantos casos en el mundo entero y sin que se le mueva un pelo a nadie, a sabiendas de que es un posible paso para ser prisionera de intereses sectarios, económicos, perversos, masificadores.

Iniciamos una campaña en las redes sociales con una frase que sabiamente dice: “Los ideales de belleza lastiman”. Si así es, y es así, por qué no cambiar esto, por qué no ser “progresistas” si les asusta la palabra “revolucionarios” y hacer un verdadero cambio cultural para que seamos una buena sociedad, veraz, equilibrada, no contradictoria, explotadora del exitismo y la necesidad de brillar en lo menos importante que el ser humano tiene: facciones y cintura.

Nunca, creo, he escrito algo más al “cuete” que esta nota. Pero sé y lo asumo, que quienes administran y legislan no deben mantener el statu quo, que eso no hace al engrandecimiento como humanos en la sociedad, sino atreverse a abandonar lo que daña, lo que excluye, lo que anula, lo que embrutece, y tener la valentía suficiente para entender que la no discriminación no se declama, sino que se consigue con hechos concretos.

Fue, en estos días, un buen momento para releer Los pasos perdidos, de Alejo Carpentier. Me detuve en este incomparable final de capítulo: “Un día, los hombres descubrirán un alfabeto en los ojos de las calcedonias, en los pardos terciopelos de la falena, y entonces se sabrá con asombro que cada caracol manchado era, desde siempre, un poema”.

Sonnia De Monte, Febrero de 2015, Bowen, Mza.