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Historia de un músico, una quena y un golpe de Estado

Camilo Jiménez, fundador del grupo musical Amauta y ex militante del Partido Socialista chileno, relata cómo vivió la negra noche del 11 de septiembre de 1973 y su exilio en Mendoza.
Foto: Gentileza Horacio Silva
Foto: Gentileza Horacio Silva

El pasado 15 de junio, Amauta presentó su nueva obra Los secretos del viento, en el Espacio Cultural Julio Le Parc. En el centro del escenario, apoyada sobre una mantilla roja, una solitaria quena presidía el concierto.

Al término del espectáculo —un profundo planteo musical sobre los orígenes de la música andina—, Jiménez contó la historia: “Es una quena que tenía, casi olvidada, en mi casa; la quena con la que me vine desde Chile, a los veinte años, cuando tuve que exiliarme”. El viejo instrumento, de ese modo, obró como un disparador de recuerdos.

Días de vino y rosas

Hacia 1969, Chile —como toda Latinoamérica— estaba convulsionada; la inminencia de un cambio social de proporciones, casi podía palparse en el aire. La Unidad Popular, encabezada por Salvador Allende, se hallaba en plena campaña por la conquista del poder, a través de un método no intentado por las izquierdas hasta entonces: la vía parlamentaria, pacífica, de transición al socialismo.

Camilo Jiménez era un inquieto adolescente que cursaba los últimos años de la secundaria en su pueblo natal, San Vicente de Tagua Tagua, unos 150 km al sur de Santiago, cuando decidió inscribirse en los Campamentos de Trabajo Voluntario, organizados por los estudiantes universitarios.

Se trataba de ir, en época de vacaciones, a las zonas más empobrecidas del país, para ayudar a construir casas, policlínicos, y organizar a los vecinos; todo eso, por supuesto, con un fuerte contenido político e ideológico”.

Para Jiménez, la cosa no pasaba de ser una aventura estudiantil, una suerte de pic-nic ampliado. Destinado a la provincia de Arauco, en el sur de Chile, su grupo encaró la construcción de una casa de madera para una hilandera mapuche, pero nadie sabía cómo hacerla. No obstante él, que había aprendido de su padre el oficio de carpintero, supo dirigir con éxito la tarea.

El contacto directo con la pobreza no era novedoso para él, que vivía con su familia en un rancho de adobe, con piso de tierra, sin agua corriente ni luz eléctrica.

Fueron dos experiencias vitales, las que marcaron un hito en su vida durante ese campamento; una de ellas, el descubrimiento de la política y del socialismo, como forma de resolver los problemas sociales. La otra, ocurrió con motivo de la visita al campamento de un grupo de música andina, que lo impresionó vivamente: “yo nunca habia visto una quena... y quedé fascinado con eso. De tal manera que, al regresar a casa, corté una caña y me fabriqué una, muy elemental, una quena zanjonera”.

La esperanza al poder

El 4 de noviembre de 1970, Allende asumía la presidencia de la Nación. Poco después el joven Camilo —ya un convencido miembro del ala izquierda del Partido Socialista— se trasladó a Santiago, por necesidades de la militancia, incorporándose al movimiento de los estudiantes secundarios.

Allí su figura creció, llegando a compartir la dirección del sector con personalidades tales como el actual senador Camilo Escalona, hoy arrepentido de su pasado revolucionario.

Por entonces comenzaba a extenderse una ola de atentados de extrema derecha, destinados  a desestabilizar al gobierno de la Unidad Popular. Jiménez pasó a formar parte del Frente Interno del partido, responsable de la autodefensa, y como tal fue encargado de atender el área del Cordón Industrial Vicuña Mackenna.

Su tarea consistía en dar charlas políticas e instrucción para la autodefensa —en particular en las fábricas tomadas que debían resistir las órdenes de desalojo judiciales—, y organizar guardias para prevenir los atentados con explosivos a las empresas.

El grupo musical chileno Amauta.

Y en medio de ese torbellino, “yo iba a todas partes, con mi quena y mi nunchaku... estaba ávido de tocar, pero no encontraba ni el momento ni el lugar”.

Al terminar la secundaria, Jiménez consiguió trabajo en una empresa transportista, que había sufrido la voladura de cuatro buses: “empecé a trabajar en Recepción, pero pronto tuve que ir como custodia en los micros; todos los días pasaba algo, tiraban clavos miguelito en las rutas, esas cosas”.

Ya en 1973, la situación se agravaba día a día. El Partido necesitaba reforzar la zona industrial de Concepción, unos 500 km. al sur de Santiago, y allí fue enviado Jiménez, que obtuvo el pase en la empresa, y que se anotó en la carrera de Sociología.

Al rendir la prueba de aptitud en la Universidad saqué un alto puntaje, que significaba una beca con hospedaje, comida y algo de dinero. Pero era casi imposible estudiar; el golpe era inminente y todo era militancia, salir a las dos o las tres de la mañana a hacer requisas de huevones que escondían mercaderías, buses, camiones; y luego conducir a la gente en esos buses, hasta sus lugares de trabajo”.

Los escasos y breves momentos de distensión se daban cuando tocaba en soledad, en el baño del bungalow de la universidad, “que era circular, y tenia una acustica excepcional”. En esos días conoció a un joven músico, formado por los Quilapayún, y que conservaba una quena de ellos: “Fue tanto el entusiasmo que vio en mí, y como vio que yo no tenía una buena quena, me dijo: «te voy a regalar esta quena, que era de los Quila»”.

La misma quena que, 40 años después, presidía el concierto de Amauta, en la por entonces lejana ciudad de Mendoza.

La negra y larga noche del Golpe de Estado

El día 11 de septiembre nos agarró ahí, en las cabañas que la Universidad tenía arriba en los cerros, en Concepción. De repente alguien grita: «¡Golpe de Estado, Golpe de Estado!». Nosotros estábamos preparados, sabíamos las tareas que teníamos que hacer; pero a las 7 de la mañana teníamos a todo el Ejército ahí, apuntándonos con la «0.30», las tanquetas, diciendo por altavoz: «¡Bajen con las manos en la nuca, en fila india!». Pero el oficial que nos recibió ahí abajo, sorpresivamente, nos dejó ir: «Váyanse de acá, y no vuelvan nunca más», nos dijo”.

Al verse libre, el grupo de Jiménez —compuesto por 14 socialistas—, se dirigió a la posición establecida para el caso de golpe de Estado: el pueblo de Lota, distante unos 37 km. al sur de Concepción, donde debía organizarse un foco de resistencia con los mineros del carbón. “Allí nos debían entregar las armas de defensa; armas, que nunca aparecieron”.

Sorpresivamente, toda la estrategia de oposición a la asonada militar, se había derrumbado: “Estábamos con un nivel de inseguridad e incomunicación increíble, porque habíamos quedado totalmente aislados de todo el mundo”.

En esa incertidumbre, el grupo recibió la noticia de que las armas serían entregadas en la aldea marina de Colcura, cinco km. más al sur, “donde los soviéticos estaban construyendo un puerto”.

Se trasladaron a pie, en la noche, atravesando bosques, hasta llegar a una cabaña de madera en la que les esperaba un pescador: “esperen acá, muchachos, que voy a traer las cosas”, les dijo.

Pero el pescador no volvió a aparecer: “Tiempo después nos dijeron que le habían encontrado muerto, tirado en un bote”.

Pero lo que sí apareció en el mar, al amanecer, fue un soberbio navío de guerra; la situación era insostenible, y se produjo una discusión en el grupo sobre qué hacer. Jiménez y otros más optaron por intentar el regreso a Santiago, para hacer contacto con su dirección política, y pedir instrucciones.

De esa manera emprendieron el viaje a pie hasta Concepción, donde Jiménez permaneció un tiempo escondido, durante el cual pudo ingresar subrepticiamente a su cuarto en la universidad, y recuperar la preciada quena de los Quilapayún.

Finalmente, cuando se restableció el servicio de micros y trenes, Camilo Jiménez pudo viajar a Santiago y reunirse con su familia, la cual ya desesperaba de volver a verlo con vida.

Acto seguido logró contactarse con sus responsables políticos, quienes le instaron a abandonar el país de inmediato, para lo cual le consiguieron algo de dinero.

No había otra manera de intentar la fuga que a través de los micros de línea hacia la Argentina. Jiménez decidió arriesgarse, junto con un compañero, y ambos sacaron pasaje para Mendoza. Y a pesar de las numerosos puestos de requisa militar que había en el camino, los viajeros lograron finalmente llegar a destino, el 24 de noviembre de 1973.

Una vez alojados en el hotel, al abrir su bolso, Jiménez desenvolvió cuidadosamente la quena de los Quila, que había llevado escondida en el fondo; pero su compañero, con una sonrisa triunfal, sacó del suyo algo infinitamente más comprometedor: una bandera roja, con la insignia de la Juventud Socialista de Chile.

Dos días después, el Ejército chileno allanaba la casa natal de los Jiménez, en San Vicente de Tagua Tagua.

El exilio de un quenista

En esos días, la izquierda argentina estaba conmocionada por el golpe militar en Chile, y ofrecía a los exiliados —en algunos casos, sin distinción de color político— apoyo y solidaridad. A Camilo Jiménez le ayudó un militante de Vanguardia Comunista, de nombre Ricardo, quien lo alojó en su casa y le consiguió un empleo.

Una vez que se sintió algo más seguro, Jiménez volvió a su pasión por la quena: “Entonces formé un grupo andino, que era malísimo; pero como acá todavía no había grupos que tocaran con quena, fuimos uno de los primeros, de modo que igual llamábamos la atención”.

En 1975, hace ya 38 años, Camilo Jiménez formó su actual grupo, Amauta, integrado originalmente por músicos chilenos y argentinos. De todos ellos, sólo permanecen el mismo Jiménez, y Roberto Tristán.

Los años fueron pasando, y Jiménez no podía regresar a Chile, donde el dictador Augusto Pinochet parecía eternizarse en el poder. Con el paso del tiempo se unió en pareja a la poeta y docente trotskista Nora Bruccoleri, con quien tiene tres hijos.

Hace apenas unos meses, Camilo Jiménez se reencontró con la vieja quena de los Quilapayún: “Esta quena nunca estuvo muy bien afinada, pero me encantaba el sonido que tenía. La fui dejando de lado, y la encontré rota entre mis cosas. La lijé y la restauré, aunque no quise arreglarle el sonido; no la quiero arreglar, porque ha sufrido ya demasiado”.

Acaso estas últimas palabras encierren todo un homenaje al sufrimiento del pueblo chileno, fusilado y escarnecido desde la aciaga tarde en que su Presidente, Salvador Guillermo Allende Gossens, partiera con la dignidad de su propia mano, en vuelo certero hacia la eternidad.

Redacción periodística de Horacio Ricardo Silva