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Murió Ferrari, el artista más "odiado" por el papa Francisco

Murió León Ferrari, aquel cuya obra fue censurada por Bergoglio en 2004 en medio de una fuerte agitación fanática.
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Hoy, en medio de la "papamanía", resulta difícil expresar y creer que ese hombre "bueno" al que reconocemos como el papa Francisco sea realmente capaz (o lo haya sido en el pasado) de odiar a alguien.

Pero así fue. "Odio" es un término simbólico, pero útil en este caso: corría el año 2004 cuando el por entonces arzobiospo de Buenos Aires, Jorge Bergoglio, encabezó un movimiento que terminó por censurar la muestra restrospectiva del artista León Ferrari que había montado el Centro Cultural Recoleta.

“Hoy me dirijo a ustedes -dijo el ahora papa- muy dolido por la blasfemia que es perpetrada en el Centro Cultural Recoleta con motivo de una exposición plástica. También me apena que este evento sea realizado en un Centro Cultural que se sostiene con el dinero que el pueblo cristiano y personas de buena voluntad aportan con sus impuestos”. Agregó luego una convocatoria a movilizarse contra la obra de Ferrari: “Frente a esta blasfemia que avergüenza a nuestra ciudad, todos unidos hagamos un acto de reparación y petición de perdón el próximo 7 de diciembre”.

Así como nadie le puede pedir al Vaticano que elija democráticamente a sus autoridades, consolidada como una rémora del Imperio Romano, ni que acepte matrimonios igualitarios ni el aborto terapéutico, igual de inaceptable resultaba, en 2004 (y resulta ahora) que se le pida no "blasfemar", dentro de lo considerado por el canon de la Iglesia a un artista cuya obra giró en torno a lo anticlerical.

Unos y otros, en todo caso, debieron tolerar sus trapizondas y criticarse, pero evitando accionar en censura del opuesto. Así es la vida.

Pero Bergoglio, en aquel momento, aprovechó el viento en popa que tenía y, al comando de la Iglesia porteña, arremetió con toda su fuerza contra la obra que exhibía la obra de un Cristo crificado en un avión de guerra, fuertemente simbólico, pero -sin ninguna duda- con menos capacidad de daño que ese avión en tamaño y uso real y, en todo caso, que esa imagen de Cristo malusada durante tantos años por quienes dijeron defenderlo y, e realidad, lo usaron para el mal.

Al grito de "¡Viva Cristo Rey!" las legiones de católicos fanáticos entusiasmados por Begoglio entraron a la muestra, rompiendo vidrios y obras.

Hubo un fuerte tironeo en torno al tema. Víctima y victimario trocaban, según la audiencia, su rol. Bergoglio se sentía víctima. Ferrari, lo era: al fin y al cabo, estaban destruyendo su obra y él, en todo caso, estaba poniendo en duda aquello sobre lo que tenían fe otros, no más que eso.

Finalmente, Ferrari dijo, pasado un tiempo: “El cardenal Bergoglio escribió una carta en contra la muestra que leyeron en todas las iglesias diciendo que era blasfemo. La blasfemia en la religión se paga con la muerte por lapidación. Así que cuando procesaron a los muchachos que rompieron algunas obras, pensé que tendrían que haberlo condenado al cardenal Bergoglio porque él había incitado a esta gente para que las rompiera. Por suerte no me rompieron la cabeza”.

El reinado papal de Bergoglio terminó siendo el irónico marco para la muerte del artista, sucedida hoy. Pero lo que no morirá, sin duda es su arte. Ni la fe del papa en lo que cree. Lo que queda, al final de los exabruptos y la extralimitación, finalmente, son las creencias más profundas. De todos.