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Viven de la basura: ¿qué ves cuando las ves?

Mujeres con muchos hijos que viven de tus desechos: ¿ves la cacerola medio vacía o medio llena? Aquí, una postal de las dueñas de las ollas vacías.
Foto: Ulises Naranjo.
Foto: Ulises Naranjo.

Tadeusk Kantor o Vittorio De Sica no podrían haber urdido puestas en escena más ajustadas: por el pecho de una planicie de colorida basura, dos niñas caminan lento hacia el centro del escenario con ropas ajadas y grises y la desconfianza pegoteada en sus gestos, bajo un sol evanescente y olores poco agradables, allá en El Algarrobal profundo de Las Heras, una mañana cualquiera de estas mañanas del mundo.

Así es: fuera de toda pretensión artística, por un callejón de basura caminan dos niñas, que, si fueran tuyas, serían los seres más hermosos del universo, la encarnación misma de la belleza y sus verdades y sus formas y, sin embargo, son sólo dos niñas que salen de una casucha, obedeciendo sin ganas al golpe de las palmas de mis manos, que a veces son aplausos en exquisitas representaciones líricas, a veces llamador de niñas en basurales caídos sobre el cuero del mundo, como escenarios minuciosos de artistas vanguardistas, algo así, algo asá, pero no tanto. Digámoslo así: he aquí un inequívoco basural y dos niñas indigentes, caminando hacia vos, como dos pequeños zorros domesticados por la miseria. O viceversa.

Hablo con ellas y les digo que, en realidad, busco a su madre, porque quedamos en vernos y charlar, entre otras cosas, de la obstinación de la vida en el basural, de este afán de la vida en embarazarse con cada ciclo, del milagro de vivir, al fin (bueno, no le digo esto a las niñas, apenas lo pienso). Hemos quedado en hacer una nota para un diario, como si hacer notas para los diarios de algo sirviera (sabrán ustedes, y disculpen este reparo: no muchos lectores de diarios de Internet conocen a mujeres que viven de la basura, allá, atrás del aeropuerto –del aeropuerto que la gran mayoría de los lectores de diarios de Internet sí conocen–; viven ellas, las embarazadas de lo que tiramos y hemos quedado en charlar para que ustedes, desde la seguridad y fianza de vuestras pantallas de computadoras, sepan cómo viven y saquen sus conclusiones acerca de la mitad de la cacerola vacía y la mitad llena, según la conclusión honesta e íntima de cada lector).

Aclarado esto, volvamos sobre lo mismo: ellas viven de la basura. Sus vidas giran en torno a aquello que desechamos. Nuestras sobras son, para ellas, materiales para ser comercializados (evítese, por favor, el simple morbo de imaginar hordas de indigentes revolviendo porquerías para buscar comida: ya no es así. No diremos que tal cosa no se da, porque se da en algunos casos, pero esta no es, en verdad, ellas mismas nos lo juran, una práctica extendida en estos tiempos, como lo era en otros. Insistamos, entonces, en que no repararemos especialmente en estos morbosos detalles, porque no es intención de esta columna pintar una épica de la indigencia, sino reparar en las duras condiciones de muchos mendocinos y compararla con nuestras condiciones y, si a algunos lectores les pinta dar una mano, además, como siempre, bienvenidos, si a fin de cuentas sabemos que el asunto se trata de no ejercer el cinismo de criticar el rigor de la intemperie desde una habitación climatizada).

Dos mujeres, entonces, vamos a ellas. Eli Navarro nació en el borde del basural. Aquí nacieron sus padres y sus abuelos también. Tiene 32 años y espera su noveno hijo. José, Brian y Cristina, los más grandes, ya van solos al basural, en una carretela, porque ya son grandes y saben lo que hay que traer, para procesarlo en el “patio” del rancho y tenerlo listo para cuando pase el camión. No te va a negar que, por ahí, aparece algún bagayo con pan y facturas en buen estado y se lo llevan, algún fiambre que se la banca, un queso, pero aclara Eli que en la familia la dieta no se basa en los desechos. Lo que ellos sacan de la basura es, básicamente, vidrio, plástico y cartón.

Un dato relevante a considerar: Eli no estaba en su casa cuando la buscamos, porque había ido a hacerse un control de salud, con vacunación incluida. Otro dato: todos sus niños en edad escolar van a la escuela y reciben controles sanitarios periódicos (un comentario casi fuera de lugar para algunos pocos cabrones que nunca faltan: nadie apuesta a tener hijos para vivir de los planes sociales; si tal estrategia es viable para alguno, que la practique, que deje su trabajo y estilo de vida y se ponga a parir y después nos cuente cuánto cobra de Asignación Universal y cuánto le sale por mes criar hijos; si no, mejor ese alguien quédese callado).

- ¿Necesitás algo, Eli, para que se lo pidamos a la gente que leerá la nota, comida, ropa?

Estaría bueno un cochecito para el bebé… No sé y un colchoncito o ropita, no sé, fíjese usted… La comida siempre viene bien...

- ¿Tienen bicicletas, juguetes, libros, útiles escolares..?

- No.

Eli Navarro y su familia han sabido estar muy mal: sin comida, sin abrigo, sin salud, sin escuela y sin horizonte distinto a futuro, al igual que ahora, eso no cambia (todo indica que sus hijos seguirán reciclando desechos). Ahora, ella reconoce que vive mejor. ¿Qué hacemos con el testimonio de Eli? ¿Vemos la cacerola medio vacía o la cacerola medio llena?

Marisa Quiroga tiene apenas 18 y espera su tercer hijo. Tiene a María de tres y a Dardo de 16 meses. Su pareja trabaja también la basura y ella lo hacía, pero ahora es auxiliar en el jardín maternal “Manaslú”. Hizo hasta tercer grado y después, no pudo seguir, porque, antes, muchos de los niños del basural, sin más, dejaban la escuela.

- Ahora los chicos van todos a la escuela.

Igualmente, no habrá de negar lo difícil de vivir acá. “Si hasta por ahí llegan cosas limpiecitas y cerraditas en  bolsas cerradas, con ropa o con facturas. A veces, encontramos teléfonos, algún anillo y Dardo una vez se encontró cien pesos”, dice Marisa.

- ¿Necesitás algo, Marisa?

- Puede ser ropa de bebé, un cochecito, pañales… Toda la ropa que yo tenía se la regalé a otra señora que tuvo un bebé

- ¿Te puedo sacar una foto?

- Nunca me han sacado fotos…

Hace un tiempo, a Marisa y Dardo les robaron la carretela. Ahora, alquilan a otros para llevar las cargas hasta su rancho (no pediremos que donen un carretela y un fatigado caballo, pero tal vez alguien tenga una bicicleta con carrito atrás, tal vez, algo así…). ¿Qué hacemos con el testimonio de Marisa? ¿Vemos la cacerola medio vacía o la cacerola medio llena?

Cualquier persona de bien, no debería privarse de ver siempre en estos casos la mitad vacía de la cacerola. Yo debo confesar que he ido muchas veces a este lugar en los últimos veinte años. Si bien las cosas han ido cambiando para mejor, el paisaje nunca es agradable y los testimonios son siempre dolorosos.

No obstante, da cierta esperanza ver a chicos con guardapolvos o campañas sanitarias que se concretan o el amor con que distintos profesionales trabajan con alto compromiso en el jardín maternal Manaslú, donde hay comedor, aulas, talleres para oficios y mucho amor puesto en el trabajo, cada día.

¿Qué hacemos, entonces, vemos la cacerola medio vacía o la cacerola medio llena? Este que escribe no gambeteará su respuesta: sean como sean las cosas, tengamos la valoración que honestamente tengamos, nadie puede estar contento, mucho menos satisfecho. La única salida es seguir, hasta que la olla esté repleta y para eso hace falta ser parte de la solución, que ya lo somos del problema.




Ulises Naranjo.




Posdata necesaria: quienes quieran colaborar con estas dos mujeres embarazadas y otras familias de la zona, pueden llamar a la agente sanitaria Luciana Pescarmona al número 2613005933 y coordinar con ella o bien acercar sus donaciones a Mdz, Bandera de los Andes, 350, de Guaymallén, casi frente a la Terminal de Omnibus. Nosotros nos comprometemos a entregarlas. Muchas gracias.