El largo calvario de Ramón Orozco, el músico linyera
¿Cómo es eso de que vivimos, pagamos el sustento en cuotas y un buen día caemos a un foso y a otra cosa mariposa? ¿Cómo es que estos dolores, estas maravillas, estos afanes y aprendizajes se levantan para caer como un remolino del Zonda?
No dejará de maravillarnos la fugacidad de los días y la tensión de la nada. En medio, nos hacemos tres o cuatro preguntas que valen la pena, no mucho más; y nos vamos, desnudos y breves, pájaros sin plumas, ovillados gatos viejos, tartamudos, olvidados.
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¿Cómo es, entonces, que se cuentan las historias? ¿Qué es eso de introducciones, desarrollos y desenlaces, cuando no hay desenlace o cuando, como en “Malone muere”, de Samuel Beckett, todo es una lentísima agonía sin mayor sentido y ni siquiera apetito de finales?
He aquí, amigos, y disculpen, en la palma de la mano, otra vez la historia de Ramón Orozco, el músico linyera, el noble obrero de lomo combado, el anciano novio del olvido, el hombre caído contra sí mismo, el exacto abandonado, ahora, en el piedemonte, ardiendo dentro de una carpa con un principio de gangrena, pero, bueno, la vida no es fácil para nadie, por qué lo sería para Ramón.
Hace años que venimos contando la historia de este hombre. Venimos contando que vivía en los galpones del ferrocarril, por muchos, muchos años y que trabajaba en jardines y en la construcción y que todos los vecinos lo querían, porque si hay un hombre bueno en el mundo, ese es Ramón.
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La Ciudad Maravillosa decidió ampliar su pastito hasta debajo del árbol de Orozco y, entonces, volvieron a echarlo. Gracias a distintos vecinos que han venido tendiéndole una mano, no terminó muerto esa vez y ahora sobrevive en el asentamiento ilegal “Néstor Kirchner”, que está detrás de La Favorita, el oeste, digamos, del oeste.
Hasta allí hemos ido a visitarlo, a llevarle cosas, a preguntarle cómo está, a escucharlo llorar y llorar mientras toca la armónica y verlo mirar para abajo como un esos árboles que… bueno, ustedes ya saben.
Ahora, estamos sentados en torno a una mesa con dos guapas señoritas que intentan que Ramón tenga, finalmente, en su lotecito, una pieza donde pasar inviernos y veranos, soledades y soledades.
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Eugenia y Carla, buscan ayuda para ayudar a Ramón. |
Por eso, pensando en Ramón, sucede que Eugenia Trefontane y Carla Locatelli nos necesitan para que, entre todos, consigamos lo que hay que conseguir para que Ramón tenga un hogar. Dice Carla: “Ramón sigue viviendo en una carpa y no la está pasando nada bien. Queremos hacerle una pieza y un baño antes de que se venga más todavía el calor”.
Y completa Eugenia: “Nosotras no pertenecemos a ninguna institución. Queremos ayudarlo y nos hace falta materiales y mano de obra para construir una habitación”, comienza Carla.
Si bien hubo buenas gentes que le acercaron ya materiales, hace falta: tres metros de arena, tres metros de ripio y tres metros de piedra bola. Además, se necesitan 1000 ladrillones, machimbre de ¾ y alambre para cortar y para el encofrado, siete kilos de cada uno. Finalmente, hacen falta brazos para levantar el hogar, pero descontamos que seremos muchos los dispuestos a ponerlos, toda vez que se consigan los materiales.
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Claro que todo esto sería más simple si alguien donara una habitación y un baño premoldeados, una pequeña prefabricada usada u otra solución habitacional por el estilo. Para quienes puedan ayudarlo, aquí van los teléfonos de las señoritas: 2613405551, 2613181003 y 4202736.
¿Es mucho pedir? Seguro que no. Imaginemos que esto se concreta y que este hombre querido por muchos, pueda pasar las fiestas de fin de año bajo techo… Imaginemos también lo bien que vamos a sentirnos, cuando nos llegue el momento de dar las gracias por algo y de sentirnos satisfechos por algo.
Dele, dele, llame ya. Si llama dentro de los próximos treinta minutos, le duplicamos el abrazo.
Ulises Naranjo.




