Drogas, sicarios y mafias detrás del doble crimen de Luján
Oscar Manuel Guzmán Peña siempre confió en Carmen del Pilar Honorato Azocar. Con ella se aventuró en las misiones más arriesgadas que se pueda imaginar. Ambos tuvieron un paso poco feliz por Chile hace diez años, donde fueron detenidos por tráfico de estupefacientes.
Más temprano que tarde, se supo que Guzmán Peña estaba siendo investigado por tráfico de estupefacientes y la pista del robo fue descartada casi de plano.
Su historial, como se dijo, comienza allá lejos y hace tiempo. Por caso, en 2003 la Brigada Antinarcóticos de la Policía de Investigaciones de Chile ya los había detenido en el marco de la instalación de un laboratorio para procesar pasta base y convertirla en clorhidrato de cocaína de alta pureza.
En ese operativo, los efectivos lograron decomisar 55 kilos de la sustancia ilícita.
El grupo, según publicó oportunamente El Mercurio de Chile, era dirigido por Guzmán Peña, “solicitado por narcotráfico internacional, quien iba a vender la cocaína en Europa a través de sus contactos con la mafia italiana”.
En esos días, la entonces Jefa Nacional de Antinarcóticos, Cristina Rojo, señaló que "pensaban montar aquí en Chile, en Santiago, un laboratorio para purificar la pasta base con la finalidad de llevarla con cien por ciento de pureza a Europa".
La historia completa la publicaron los periodistas Carlos Godoy y Héctor Cossio en el diario chileno "La Cuarta" en mayo de 2003. Allí, se revela que la hija de Guzmán Peña, Plaudina, estuvo casada en Italia con uno de los mafiosos más importantes del "Brazo de Milán", Salvatore Ciulla, fallecido mientras cumplía condena en una cárcel de la tierra de los tortellinis.
Así lo cuenta: "Se estableció que ‘El Vinchuca’ inició contactos con la mafia italiana, luego de que su hija Plaudina se casó en Milán con Salvatore Ciulla, hombre de mafia, quien murió mientras cumplía condena en una cárcel italiana junto a su hermano Cesare, el que sigue encarcelado. Ambos fueron procesados por el juez Giovanni Falcone, quien antes de morir en un atentado con auto bomba, en 1992, había condenado a 400 mafiosos de todos los clanes de Sicilia, muchos de ellos comprometidos hasta los tuétanos con la adjudicación ilegal de licitaciones de obras públicas, principal lavadora para el blanqueo de activos”.
Tras fugarse y regresar a Chile, Guzmán se ganó la vida enviando droga a Milán, cuya organización le mandaba plata con mafiosos que viajaban a ese país. “Respecto al origen de la droga, se informó que es peruana y se compraba en el norte. Fue en uno de sus viajes que Guzmán conoció al químico cholito, a quien contrató para que ‘limpiara’ la pasta base”, asegura el periódico.
Pero hay mucho más: ya en los años 80 Guzmán Peña venía siendo vigilado de cerca por fuerzas policiales foráneas. Basta “googlear” su nombre para encontrarse con información de sobra al respecto.
Ahora, si el hombre tenía esos elocuentes antecedentes en su haber, ¿cómo es que se movía libremente por la provincia de Mendoza? ¿Por qué a nadie sorprendió la cantidad de propiedades y bienes que ostentaba? ¿Por qué nadie le preguntó siquiera de qué vivía?
La policía tendrá a partir de ahora una compleja tarea, la de averiguar qué hay detrás de la muerte de Guzmán Peña y Honorato Azocar. No será nada sencillo, sobre todo porque las fuerzas de seguridad locales no cuentan con capacitación adecuada a la hora de resolver delitos complejos.
El peligro radica en que, si este hecho no se resuelve como corresponde, será una suerte de invitación a que siga creciendo el crimen organizado en Mendoza.
¿Qué malviviente no estaría tentado de recalar en una provincia que es casi una “zona liberada”?
Es cierto que es prematuro opinar acerca de un homicidio que acaba de ocurrir. Sin embargo, la complejidad del caso obliga a poner el foco en la posibilidad de que bandas organizadas aterricen en Mendoza si este caso no se esclarece.
No es poco.
