La bella infelicidad de los artistas en su nube de pedos
Hay artistas que viven en la más tupida nube de pedos. Nada los roza. Como si fueran ciudadanos de una comunidad de evasores protegidos por una burbuja de seda. Los quiero acompañar, y para eso, me voy a poner extensiones de rastas y aros en el pupo. Voy a preparar un trago de revista y saldré, caminando, con mi máscara de oxígeno. La gente y la realidad contaminan.
Hay artistas que viven en la más tupida nube de pedos. Nada los roza. Como si fueran ciudadanos de una comunidad de evasores protegidos por una burbuja de seda. Los quiero acompañar, y para eso, me voy a poner extensiones de rastas y aros en el pupo. Voy a preparar un trago de revista y saldré, caminando, con mi máscara de oxígeno. La gente y la realidad contaminan.
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Tirarse a muerto, “acostarse”, dormir un sueño eterno y, “desaparecerse” en el más disimulado de los olvidos, puede que sean legítimos riesgos que asuma cualquier sujeto de este fuckin mundo. De ello se han hecho gala cientos de pintores, poetas y escritores, perfeccionado su pincel y su pluma, para “no formar parte” del mundo material y la realidad cotidiana. Sin embargo, el mercado los necesita más desaparecidos que nunca, más somnolientos y evadidos, desprevenidos en su “bella infelicidad”. Como a los intelectuales o académicos. “Que acumulen prestigio, pero que no jodan”.
Reitero, es legítimo que lo hagan. Y a muchos les va de puta madre mirando cómo dos palomas coquetean, para luego decir: “dos palomas flirtean ataviadas por las tímidas hojas de la púber primavera”. ¿Suena no? Entonces va. Se imprime. Beleza, pura beleza.
Ahora mismo recito el poema, me tomo dos botellas de vino de la concha de su madre y me voy con la más linda de la noche. “Soy un ganador, en el mundo al revés. Donde todos juegan a ser el más perdedor, soy el más ganador de los perdedores. Todo mi capital está invertido para la derrota más exitosa”. Microclima del arte por el arte. Parece dulce de leche, pero no, es mierda. Con todo respeto.
En tanto, entrecruzás con un humano un par de palabras sobre lo que nos pasa y no se me ocurre más que repetir lo que más a mano tengo: la parafernalia mediática, el nuevo discurso único versión electrónica siglo XXI. Mientras, pido un subsidio al gobierno que critico para editar mi librito de cuentos o poesías, o para el catálogo de mi muestra, dejo que pongan el logo, y ya. El arte trasciende en sí mismo. ¿Trasciende en sí mismo?
Nunca me ensucio, soy más bien pulcro. Es más, llevo el bienaventurado alcohol en gel en mi mochila poética que coloco hasta en mis pelotas que, aunque arda, limpia y purifica. Deprimido estoy, asíque no me hace falta impostar letra. Y como no tengo un mango, puedo ir a golpear la manito de hierro en la puerta del Parnaso, con mi aspecto “listo pal cachetazo”. ¡Ay, ay caramba! Que fácil se me pone esto de agachar la cabecita por el subsidio y el logo, es ya una habilidad en mí, un arte precioso de artista bohemio y fatal. Respiro otro aire. Como lo hacía Sandro. Y de ahí no salgo, porque si me descubren respirando polvo común, no seré más artista. En todo caso, artesano, carpintero, plomero. Gente común.
El vulgo no entenderá jamás, porque no vuela, y yo, si. Pero resulta que me toca escribir lo que pienso o deliro. ¿Qué pienso o deliro? Bueno, eso no importa. Sólo intento bellas metáforas, y lo demás, es menor. En este mundo se trasciende por las formas y no por el contenido, así es. El mundo está moldeado, formateado, y la imagen y las formas, tal vez, sean ya su contenido.
Después llenamos el tanque con nafta común o súper, o Fangio. ¿Qué más da? Sucede como en la pasarela de las modelos. Las minas muestran el orto y las tetas, en revistas y en You Tube. Con eso da para un programa de televisión el domingo a las ocho de la noche. Estrictamente banal. Nadie es subversivo en mi mundo. Los subversivos están en otro lado, y mejor, ni rozarlos. Porque encima me acusan de superficial porque mi música es electrónica y el rock ya no existe. “Quiero ser en el insectario el bicho más raro”. Es palabra de Dios, ¿Te alabamos
Nunca me ensucio, soy más bien pulcro. Es más, llevo el bienaventurado alcohol en gel en mi mochila poética que coloco hasta en mis pelotas que, aunque arda, limpia y purifica. Deprimido estoy, asíque no me hace falta impostar letra. Y como no tengo un mango, puedo ir a golpear la manito de hierro en la puerta del Parnaso, con mi aspecto “listo pal cachetazo”. ¡Ay, ay caramba! Que fácil se me pone esto de agachar la cabecita por el subsidio y el logo, es ya una habilidad en mí, un arte precioso de artista bohemio y fatal. Respiro otro aire. Como lo hacía Sandro. Y de ahí no salgo, porque si me descubren respirando polvo común, no seré más artista. En todo caso, artesano, carpintero, plomero. Gente común.
El vulgo no entenderá jamás, porque no vuela, y yo, si. Pero resulta que me toca escribir lo que pienso o deliro. ¿Qué pienso o deliro? Bueno, eso no importa. Sólo intento bellas metáforas, y lo demás, es menor. En este mundo se trasciende por las formas y no por el contenido, así es. El mundo está moldeado, formateado, y la imagen y las formas, tal vez, sean ya su contenido.
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