Entre el deseo y su realización...
Un malestar difuso que lo invade todo, un sentimiento de vacío, una incapacidad de sentir las cosas y las personas…
Hedonismo. ¬ Consumismo. ¬ Permisividad .Relatividad.
El consumo de la propia existencia. Vaguedad existencial en y por abundancia de modelos. El hombre light enhebrado en el materialismo: dinero, poder, éxito, sin límites y sin restricciones. Todo se torna etéreo, leve, volátil, banal, permisivo.
Excesos de estímulos a la sensorialidad por la cultura de las apariencias. Pérdida de los límites entre lo público y lo privado. La exposición excesiva a la desnudez. La sexualidad igualada a la pornografía.
Parece que el placer cuanto más se muestra al alcance de todos, más se aleja.
El consumo de la propia existencia. Vaguedad existencial en y por abundancia de modelos. El hombre light enhebrado en el materialismo: dinero, poder, éxito, sin límites y sin restricciones. Todo se torna etéreo, leve, volátil, banal, permisivo.
Excesos de estímulos a la sensorialidad por la cultura de las apariencias. Pérdida de los límites entre lo público y lo privado. La exposición excesiva a la desnudez. La sexualidad igualada a la pornografía.
Parece que el placer cuanto más se muestra al alcance de todos, más se aleja.
Las conquistas técnicas y científicas han traído logros evidentes y en su contracara nos encontramos en un mundo lleno de imágenes, de información, que distrae, satura; parece liberar pero encierra en las murallas de la indiferencia y la superficialidad. Hemos visto tantos cambios, tan rápidos y en un tiempo tan corto, que no sabemos a qué atenernos. La cultura actual con el avance sin precedentes de la tecnología creó nuevas ilusiones. El carácter fugaz de las modas y de los objetos de consumo crea una visión del mundo como un lugar “lleno de objetos descartables”. El vínculo humano no escapa a esa regla y se torna como cualquier otro objeto de consumo, algo de lo que se espera una satisfacción inmediata, instantánea, y que se rechaza si no satisface, creándose una transitoriedad y una inestabilidad en los vínculos que genera un nuevo malestar en la cultura.
Parece que todo en la vida tiene que ser en el “aquí y ahora”. El aplazamiento de la satisfacción del deseo perdió su fascinación. Impera la intolerancia a la frustración, a la espera y a la incertidumbre. La gratificación inmediata, del presente, donde la historización y la postergación al futuro ceden su espacio, afecta el desarrollo de la imaginación creativa y la consecuente inscripción de los conflictos en el territorio psíquico.
A la fluidez de las relaciones se suman la sustitución de los vínculos humanos: los sujetos, adolescentes o no, se refugian en relaciones virtuales; el otro interesa en tanto satisface mi necesidad. Frente al encuentro con estos imperativos culturales surge el dolor psíquico y el sufrimiento. Y como es esperable estos tienen que ser eliminados tanto como sea posible, “medicalización de la emoción”, y su contraparte en el uso masivo de drogas lícitas e ilícitas. La euforia y la anestesia psíquica se vuelven un mecanismo estimulado por la cultura.
El sujeto no alcanza una experiencia de satisfacción por no poder transformar lo crudo de la cultura de la imagen y la velocidad de la información, en pensamientos: no puede desarrollar un proceso simbólico. Los actos que no pasen por la elaboración simbólica se transforman en placer sin satisfacción, pura descarga, condenada a la compulsión adictiva por la imposibilidad de elaborarlos en el espacio psíquico. ¿Será que todo esto y tanto más nos conducen en parte a las perturbaciones en el ámbito del deseo y del placer? ¿Quedamos expuestos sin pensarlo, casi condenados por la cultura que creamos y sostenemos?
O tal vez podamos hacer algo si nos cuestionamos en qué lugar nos colocamos frente a estos imperativos.
A la fluidez de las relaciones se suman la sustitución de los vínculos humanos: los sujetos, adolescentes o no, se refugian en relaciones virtuales; el otro interesa en tanto satisface mi necesidad. Frente al encuentro con estos imperativos culturales surge el dolor psíquico y el sufrimiento. Y como es esperable estos tienen que ser eliminados tanto como sea posible, “medicalización de la emoción”, y su contraparte en el uso masivo de drogas lícitas e ilícitas. La euforia y la anestesia psíquica se vuelven un mecanismo estimulado por la cultura.
El sujeto no alcanza una experiencia de satisfacción por no poder transformar lo crudo de la cultura de la imagen y la velocidad de la información, en pensamientos: no puede desarrollar un proceso simbólico. Los actos que no pasen por la elaboración simbólica se transforman en placer sin satisfacción, pura descarga, condenada a la compulsión adictiva por la imposibilidad de elaborarlos en el espacio psíquico. ¿Será que todo esto y tanto más nos conducen en parte a las perturbaciones en el ámbito del deseo y del placer? ¿Quedamos expuestos sin pensarlo, casi condenados por la cultura que creamos y sostenemos?
O tal vez podamos hacer algo si nos cuestionamos en qué lugar nos colocamos frente a estos imperativos.
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