Sofía y Natascha, desaparecidas: alguien debió haberlas visto
Sofía Herrera estaba en un camping en Tierra del Fuego junto a sus padres y amigos, de pronto alguien preguntó por ella y nadie supo responder dónde estaba. Allí comenzó una vertiginosa búsqueda que se prolongaría a lo largo de más de mil días.
Cuando están por cumplirse tres años de la misteriosa desaparición de esta pequeña, sus padres y la Red Solidaria pusieron en marcha una nueva campaña para tratar de encontrarla, ya que esta pequeña integra la lista de más de 442 argentinos desaparecidos sin tener información sobre ellos, 125 de los cuales son niños.
En el sitio web que sus familiares armaron (www.sofiaherrera.com.ar) está publicada esta foto de la niña; la primera es al momento de desaparecer, la segunda es una proyección de cómo sería Sofía ahora, tres años después.

Los 1.000 días de Sofía
"Yo sé que te acordás. Todos nos acordamos", dice Ricardo Darín a la cámara en el video que acaba de grabar para tratar de reactivar la búsqueda de esta niña. "Hoy hace 1.000 días que Sofía Herrera desapareció de al lado de sus padres", continúa diciendo el actor. "No se la puede haber tragado la tierra. Alguien tiene que haber visto algo. No tengás miedo. Si viste o sabés algo, sacate ese peso de encima y llamanos al 0800v222 SOFI".
Los 3.096 días de Natascha: una desaparición con final feliz
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Si conocer una noticia sobre cómo una niña o niño han sido abusados una o dos veces, peor es padecer un secuestro, aislamiento, abusos sexuales y vejaciones de distintos tipos durante diez años.
Esa fue la experiencia que tuvo que soportar Natascha Kampusch cuando fue secuestrada el 2 de marzo de 1998 en Austria, cuando sólo tenía diez años. Las crónicas policiales de la época relataron que “la niña vestida con un anorak rojo fue obligada a entrar en una furgoneta blanca”, sin embargo la pista que indicaba precisamente esto, nunca fue investigada en profundidad.
“3.096 días” es el libro presentado recientemente, en el cual Natascha cuenta paso a paso lo que sintió, lo que pensó, lo que soñó y dejó de soñar antes y durante su cautiverio.
La niña fue mantenida en un “zulo” (recinto clandestino para mercadería o para mantener cautivas a personas), ubicado en un garage, detrás de muebles y estanterías, bloqueado con una gran puerta de cemento imposible de movilizar desde el interior. En el lugar no había ventanas ni ningún tipo de salidas: era rectangular, tenía 2,70 de largo, 1,80 de ancho y a penas 2,40 de alto, “once metros de aire agobiante”.
Natascha Kampusch Zulo kidnapped zulo por farshad
Natascha fue encerrada allí apenas fue capturada, sin luz, sin comida, sin agua. Ella gritó, pateleó y golpeó las paredes, pero nadie apareció, tampoco nadie la escuchó. Los primeros días fueron duros, muy duros, pero no tanto en comparación con lo que se le sucedería más tarde.
La pequeña pasó sus largas, larguísimas jornadas leyendo algunos libros que su captor le facilitó. Luego consiguió un televisor. Más tarde algunas manualidades intentaron atenuar el paso de los días.
Hasta que sobrevino el verdadero horror, las hambrunas, las dietas a sólo zanahorias, con 16 años pesaba sólo 38 kilos. Y luego los abusos físicos. Golpes constantes y abusos sexuales.
“Mi cuerpo mostraba evidentes secuelas de la falta de luz y comida”, dice Natascha en un párrafo de su libro. “Sólo tenía huesos y piel, y me aparecieron unas manchas en tono negro azulado en las pantorrillas. No sé si se debían al hambre o a los largos períodos sin luz, pero resultaban inquietantes: parecían manchas cadavéricas”.
La niña anotó muchas de las cosas que le sucedían, llevaba algo así como un diario. Entre los 13 a los 18 años los tormentos físicos fueron terribles y ella escribió: “Puñetazos brutales en la cabeza, el hombro derecho, la tripa, la espalda y la cara, así como en los ojos y los oídos. Empujones por la escalera. Intentos de estrangularme, sentarse encima de mí y taparme la boca y la nariz, ahogarme. Sentarse en mi codo y apretarme con la rodilla en la muñeca, apretarme los brazos con las manos. Tengo en los antebrazos hematomas con la forma de sus dedos, y arañazos y rasponazos en el antebrazo izquierdo...”.
Fueron 3.096 días de auténticos tormentos para un adulto, mucho más para una niña que incluso sólo logró la libertad por sus propios medios, ya casi nadie la buscaba, nadie nunca pudo seguir una pista fehaciente en torno a su desaparición.
De la autoliberación a la acusación
Para Natascha no fue fácil al salir del cautiverio. La noticia fue mundial y el acoso periodístico incesante. Pero lo que nadie le perdonó a la joven fue que no “condenó al secuestrador como la opinión pública esperaba. Nadie quería oírme decir que no existe el mal absoluto, que nada es blanco o es negro”, afirma en su libro.
Esto es lo que se denomina Síndrome de Estocolmo. Es un estado psicológico en el que la víctima de un secuestro desarrolla una relación de complicidad con su secuestrador. En ocasiones, los prisioneros pueden acabar ayudando a los captores a alcanzar sus fines o a evadir a la policía.
Según el psicoanális el Síndrome de Estocolmo sería entonces una suerte de mecanismo de defensa inconsciente del secuestrado, que no puede responder la agresión de los secuestradores y que se defiende también de la posibilidad de sufrir un shock emocional.
El síndrome ha sido llamado de este modo desde el robo del banco Kreditbanken en Norrmalms (Estocolmo), Suecia, ocurrido entre el 23 al 28 de agosto de 1973. En este caso, las víctimas -tres mujeres y un hombre- defendieron a sus captores incluso después de terminado su secuestro, que duró seis días. Mostraron también una conducta reticente ante los procedimientos legales. Se dice incluso que una de las mujeres secuestrada se habría comprometido con uno de los captores.
La fortaleza de una niña de sólo ocho años
Nadie ayudó a Natascha. La buscaron, la rastrearon, pero sin resultados. Ella esperaba paciente el ingreso de sus rescatistas y detrás de ellos, sus padres, para abrazarla y alzarla, imaginaba cómo sería ese momento, qué haría, qué diría, le pediría perdón a su madre, porque el día en que desapareció había discutido con ella. Nada de eso pasó.
La rigidez de su madre durante su crianza y su propia autodefensa hicieron que pudiera afrontar esos tormentosos años. Y cuando sus brazos comenzaban a caer, leía en voz alta algo que ella misma había escrito para sí misma, para darse ánimo:
“Palabras de aliento que buscaba cuando estaba en lo más bajo y que luego me leía a mí misma en voz alta. A veces eran como un silbido en el bosque oscuro, pero funcionaban.
-mantenerse firme cuando dice que eres demasiado tonta para todo
-mantenerse firme cuando te golpea
-no hacer caso cuando dice que eres una inútil
-no hacer caso cuando dice que tú no puedes vivir sin él
-no reaccionar cuando apaga la luz
-perdonarle todo y no seguir enfadada
-ser más fuerte
-no rendirse
-no rendirse nunca, nunca...”
Conocimos lo vivido por esta niña el 23 de agosto de 2006, cuando ella logró su autoliberación. Pero debieron pasar cuatro años más para que la pequeña, ahora una joven de 22, pudiera realmente sentirse libre, tras relatar los momentos vividos en un libro que resume el tormento vivido durante el secuestro.
“Y la libertad empieza justo ahora, cuatro años después del 23 de agosto de 2006. Sólo ahora, con estas líneas puedo poner fin a todo aquello y decir la verdad: soy libre. Sentí alivio. Wolfgang Priklopil (su secuestrador) ya no existía. Se acabó. Soy libre”, afirma Natascha.
Sofía Herrera y Natascha Kampusch, dos historias similares que se cruzan aún a miles de kilómetros de distancia, una en Tierra del Fuego, Argentina, otra en Austria. Ellas sólo desaparecieron, nadie vio nada. Y nos preguntamos si esto es algo habitual, desaparecer sin dejar rastro, y la respuesta es horrible, sí. Natascha desapareció en 1998, diez años después fue Sofía, una pasó 3.096 días en cautiverio, la otra lleva poco más de mil.
Alguien debío haberlas visto...
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Lic. Viviana García Sotelo
En Twitter @vgarciasotelo


