Escribir en Mendoza
Por Emilio Fernández Cordón
Escribir es un asunto muy privado, personal. Un oficio de solitarios. Uno escribe de pura soledad, para acompañarse nomás. Y, por supuesto, escribe por necesidad. Para seguir con vida.
Escribir es una pasión esencial y se escribe en cualquier lugar. Si se tiene ganas, si se tiene algo qué decir, se escribe en la cocina, en el patio, en la cama, con lápiz, birome, Olivetti o computadora. Se escribe de noche, de día, a la siesta —bueno, a la siesta es más difícil—.
Se escribe a toda hora y cuando se puede. Con sueño, con insomnio —sobre todo con insomnio—, con salud o enfermedad, saciado o con hambre, en el espejo, en el cementerio —cualquier cementerio—, en el baño, cuando nieva, ebrio de ebriedad o de sobriedad, en un piquete céntrico, con ginebra, vino, café, mate, tabaco o chicle, con calor y ojalá con lluvia, en la puntita extrema del Aconcagua o a la sombra del damasco del patio.
Se escribe en todos lados siempre que uno lo desee y sienta la pulsión de inventar historias o parir poesía.
Se escribe como se puede, jamás como se quiere. Se escribe donde nos dejó la cigüeña o donde morimos. Se escribe, siempre, con la infancia en la mochila. Donde se ama, donde se ríe, donde se llora, donde se sufre. Se escribe con las entrañas y los sueños. O, mejor, se escribe con las entrañas de los sueños.
Se escribe en los bares, en la cárcel —Oscar Wilde y Camilo Blajaquis, por citar sólo a un par entre miles—, en los hospitales y en los manicomios—cientos han escrito en esos antros, y cientos de locos sin encierro—, en ayunas o durmiendo, caminando o corriendo, en talleres como el que damos con Carlos Levy, enamorado o despechado, a bordo de una mariposa o de un buitre, en la isla de un naufragio, en el lecho del final. Y, hasta, quizá, después de muerto. Ha habido —y hay— centenares de fantasmas escribiendo por ahí.
Pienso que, en el asunto de escribir, se invalida aquello de que un hombre es él y su circunstancia. Cuando escribo soy yo y yo. Yo—conmigo. Mi circunstancia, en todo caso, es mi interior, no lo que me rodea. Ya ese sabio y gran poeta llamado Fito Páez lo dice, con mucha nitidez y certeza, en su Tumbas de la gloria. Y cito: “...pero me escapé hacia otra ciudad y no sirvió de nada, porque todo el tiempo estaba yo en un mismo lugar, y bajo una misma piel y en la misma ceremonia”.
Suelo contar que, cuando tomé la determinación de escribir, me pregunté, ¿cuál sería el mejor lugar para hacerlo? Y, sin dudar, me contesté, el mar. Y allá fui. A Mar del Plata. Luego de un año de escribir solamente cartas a mis familiares, pegué la vuelta.
Insisto, entonces, no es el lugar, es uno. Si por ello fuera, todos los marplatenses, los habitantes del Trópico o de Papeete serían Premios Nobel. O los residentes de Praga, París y Cartagena de Indias. Por citar sitios favoritos.
Podría convenir que, en ciertos escritores (Faulkner, Hemingway, Quiroga, el mismo García Márquez y otros bastantes), el paisaje marca más que sus palabras. Pero, claro, no es mi caso. Soy, decididamente, un escritor urbano. En algunos de mis cuentos menciono la Peatonal, la Plaza Independencia, El Challao, Potrerillos, etcétera pero, en otra ciudad, hubiese nombrado cualquier peatonal, plaza o sitio pintoresco.
Porque, uno no escribe por inspiración, soplo divino o musas varias. Uno no escribe de lo que le cae del cielo, o del infierno. Uno escribe de lo que le sale. Y lo que sale, sale del inconsciente. Y, tal vez, de la memoria del corazón. Pero, sólo tal vez.
Además, todos escribimos de lo mismo, de cuatro temas y sólo cuatro: Vida, Amor, Soledad y Muerte. Y son cuatro temas cardinalmente universales. Que acaecen en cualquier rincón del planeta, por no decir del cosmos.
Pligia, en una charla de hace años, diez, por lo menos, comentó, y lo guardé, acaso para esta oportunidad, que “...la producción de un sujeto en su casa, con medios que él mismo puede controlar, es una cosa que a la sociedad no le gusta nada, porque en definitiva lo que hace falta es comprar un bloc de papel y un lápiz... el tipo es dueño de esos medios y la sociedad mira eso con desconfianza, no puede entender ese trabajo improductivo, algo hecho sin interés económico”. Me parece una excelente definición de un escritor. O de cualquier artista. El arte es tan incontrolable como los sueños.
Pero, quisiera detenerme en ese “en su casa” del que habla Piglia. Esa casa puede estar en cualquier sitio. Y ni siquiera serlo. Podría ser una playa, unas sábanas, un amanecer con alguien amado en los brazos, un crepúsculo, una noche de licor y melancolía, un colectivo, un viaje a Bahamas. Un beso inolvidable. Cualquier lugar (y no me digan que un beso no es un maravilloso lugar donde ponerse a escribir).
En síntesis, para mí, desde mi propio y particular punto de vista, escribir en Mendoza es igual que escribir en cualquier otro lugar del universo.
En Mendoza se escribe como en todas partes. O más.
Lo jodido en Mendoza es publicar. Lo imposible en Mendoza es vivir, materialmente, de lo que uno escribe. Pero, bueno, son otras historias.
Porque, al fin de cuentas, si no un medio, escribir es —para mí— un modo de vida.