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La noche es más larga en la guardia del Hospital Central

Una noche de viernes con poco movimiento pero muchísimo trabajo en la guardia del Central. Por qué está prohibido usar la palabra "tranquila", el baleado, el muerto en el pasillo, las corridas, y el policía que se enamoró de la enfermera. Historias que son posibles en una noche de guardia.
No hay dos guardias iguales, dicen los empleados.
"No hay dos guardias iguales", dicen los empleados.

La noche parece más larga en la guardia de un hospital público, pero a algunos empleados y profesionales se les debe pasar volando porque casi no paran de trabajar. Algunos limpian y otros atienden pacientes mientras los familiares esperan buenas noticias o desenlaces fatales. La jornada nocturna en el Central a veces es alterada y otras calma, porque los que trabajan allí -por cábala- no dicen la palabra “tranquilo/a”. Aunque en este hospital trabajan personas ligadas a la ciencia médica, paradójicamente le hacen caso a la supertición: aseguran que el sólo hecho de pronunciar el vocablo durante una noche serena es suficiente para que los astros se comploten contra ellos y comiencen a llegar heridos y enfermos. 

Nadie puede saber lo que sucederá durante la guardia. Aproximarse al hospital da la sensación de que es un lugar donde no pasa nada. Hay que entrar por la parte de abajo donde la noche parece más que oscura y solitaria; con suerte en la entrada puede haber una ambulancia, y en la sala, apenas unas pocas personas.

En el interior del centro asistencial sí hay movimiento. Son los enfermeros y médicos que van de un lado hacia el otro. Se escuchan los ruidos que hacen las ruedas de las camillas y de los transportadores de los tubos de oxígenos. El olor a detergente y lavandina también está presente durante toda la madrugada, pues el joven de la limpieza se la pasa trabajando.

Como ninguno puede predecir cómo será la noche, movida o serena, debido a que "muchos pacientes de otros departamentos u hospitales son derivados al Central”, como señaló la delegada de ATE, Verónica Cortez, y los accidentes u incidentes violentos no pueden advertirse, está todo el persona el constante alerta.

Esta situación no evita que quienes están afuera emitan quejas por distintos motivos. Como todo área de servicios públicos, la atención siempre podía ser mejor. Ya sea porque para quienes trajeron a un enfermo no lo atendieron rápido como esperaban, porque se demoran en informarles la gravedad del padecimiento o porque pasan un par de horas hasta que vuelven a ver al profesional que los recibió.

Entre la noche del viernes y la madrugada del sábado (pasado) ingresaron pocos pacientes, tal vez porque nadie dijo que era una noche tranquila en la guardia del Central. Es que en otras ocasiones las atenciones se multiplican y los profesionales no dan abasto.  Por ello se ve -poco, porque casi no hay luces encendidas- que en la sala de espera hay un puñado de personas aunque en el interior del hospital haya muchos internados y una importante cantidad de personal trabajando.

Cortez señaló que por día normalmente se atienden a cerca de 80 personas de distintos puntos de la provincia y que a la noche la situación varía, de acuerdo a las emergencias, pero la cifra ronda los 50 pacientes.

“Los martes y jueves regularmente son los días que menos gente se atiende durante la noche, es por eso que hay menos profesiones, pero el resto de los días la cosa cambia. Tenemos que reforzar la guardia muchas veces hasta con 70 médicos durante los fines de semana porque por los accidentes de tránsitos y distintos hechos llegamos a atender a más de 100 pacientes por día”, explicó la delegada gremial.

En el último fin de semana, siempre hablando de la guardia, había tres o cuatro enfermeros, dos a tres médicos por especialidad que van rotando, dos encargados de la limpieza para todo el Central, más todos los residentes conforman el equipo de guardia que va de un lado al otro toda la noche, viendo la historia detrás de cada paciente que llega, casi siempre con alguna desgracia a cuestas.

El movimiento es permanente, sólo hay minutos en los que la guardia parece vacía, pero es que cada cual está en sus tareas y cuando tienen algún instante libre -que por cierto son muy pocos aunque la noche sea tranquila (perdonen los de la Guardia por el uso de la palabra)- se reúnen en la puerta de la enfermería a conversar. En el mejor de los casos, si la noche está tranq… calma, se turnan de a uno para dormir una horita.

Repentinamente, parte de ese grupo se aboca a la atención de un joven de 20 años que fue golpeado en Las Heras durante un intento de robo. Tiene politraumatismos y mientras los profesionales lo atienden, el policía de la guardia comunica la novedad al centro de información de la Policía.

Mientras asisten a este paciente, en la puerta de la guardia estaciona una ambulancia que viene de Tunuyán. El médico, el camillero y el chofer bajan rapidamente, a un hombre (mayor), el portero les abre para que ingresen.

Había sufrido un ACV (Accidente Cerebro Vascular). De inmediato activan el dispositivo de rigor. En los pasillos se escuchó: "Está grave". La serenidad de la madrugada se vio alterada y la mayoría de los profesionales corrían, indican a otros qué hacer, proponen, caminan rápido, esquivaban a algunos familiares que bajaban de las salas de internación.

Mientras un grupo de médicos atendía a este hombre y otro al baleado, el policía de la guardia, el auxiliar Laureano Páez, relataba algunas historias, anécdotas y contaba en qué consistía su trabajo. Por suerte, había comenzado a tomar mates y también convidaba.

Este uniformado hace turnos de 24 horas y su “oficina” es un pequeño casquillete que para él es muy cómodo, incluso tiene un televisor. No se le ve el sueño en su rostro, se lo ve totalmente lúcido aunque ya había pasado 20 horas trabajando, desde las 8 del viernes.



Una enfermera pasa a cada rato por la cabina del policía, le hace algunas preguntas casuales, toma un mate y sigue. Horas más tarde Laureano contó que esa enfermera es su novia, a quien conoció cuando comenzó a trabajar en el hospital. Hace unos meses que están viviendo juntos. Historias que también son posibles en la guardia del hospital.

El joven que hace la limpieza nocturna baldeaba el pasillo de la guardia a una velocidad increíble. Los motivos son varios: tiene mucho por limpiar y todo tiene que estar listo antes de las 6, cuando comienza a llegar la gente con el nuevo turno. Tiene que evitar que los médicos, enfermeros, personal administrativo, policías, familiares y otros pasen mientras está mojado, porque deberá hacer nuevamente un trapeo. En relación a esto, debe cuidar no entorpecer el trabajo de los demás.

Otra mujer del servicio de limpieza embolsa los residuos de las habitaciones y los lleva hacia el final del pasillo y allí se pierde de vista.

En esos momentos que el hospital parece vacío, una enfermera se pone bien cerca y de espaldas a un calefactor, aunque no hace nada de frío en el Central, está muy bien calefaccionado. Esa misma maña de poner la cola a calentar la tiene este periodista y acompaña a la enfermera.

Ella primero pregunta: "¿Viste cuántas chicas hermosas?". Es cierto, las enfermeras, médicas y practicantes son lindas y jóvenes, había sido imposible no mirarlas. Y al pedirle una evaluación de su trabajo, explica que le gusta mucho pero que a veces se hace imposible atender, sobre todo los fines de semanas, a tantos heridos.

"Nos traen a los que chocaron, a los heridos de bala, a los que se pelean en las puertas de los boliches, esto es un quilombo muchas veces", dice la enfermera sólo a modo de descripción, no de queja, porque de inmediato aclara: "Igual a mi me gusta este trabajo".

La noche continúa “sosegada” y el teléfono no suena. La telefonista aprovecha y le pide algún mate al policía Laureano, quien ya debería estar de muy mal humor porque hay un sonido que no para, no cesa. Es su radio conectada al sistema Tetra por donde escucha a uniformados pasar novedades todo el tiempo. Es algo insoportable. En estos tiempos la vocación de servicio de los efectivos debe pasar por estar dispuesto -o no- a llevar encima ese aparatito demoníaco, insufrible, invasivo, indiscreto, molesto pero al fin y al cabo necesario, para ellos y para nosotros los civiles.

Había otros dos policías que hacía una hora estaban parados frente a la enfermería. No eran del Central sino que habían sido enviados desde una sede judicial a buscar una extracción de sangre. Estaban en la planta baja aguardando que el profesional bioquímico de turno bajara con la muestra.

La extracción no debían realizársela a un paciente recién ingresado, sino a alguien que ya estaba internado desde antes. Los uniformados continuaban aguardando y por teléfono le insistían a la gente del laboratorio, que debían bajar con la muestra.

Pero no les contestan el llamado y dejan el mensaje en el contestador. Era una situación extraña: tanto tiempo esperando una muestra de sangre y llamaban por teléfono para recordar que los efectivos la estaban esperando. “A los de bioquímica no les gusta que les golpeen la puerta, por eso los llamamos”, contó alguien mostrando su malestar por esa disposición que deben cumplir.

Una hora y media en total esperaron esos dos efectivos. Noventa minutos parados en una guardia sin hacer absolutamente nada, y sus caras demostraban malestar. “Esos policías podrían estar en la calle trabajando. Movilizar una patrulla, recurso humano y hacerles perder tanto tiempo no tiene sentido. Perfectamente podría llamar el bioquímico a la sede fiscal cuando esté lista la extracción y los efectivos vienen a buscarla. Pero no, no hacen eso acá, es todo al revés, y los pobres tipos estos al pe… una hora y media”, reflexionó un médico.

Al fin los policías pudieron irse con la extracción. En ese momento apareció un cadáver en el medio del pasillo. Quedó allí varios minutos, frente a la casilla del uniformado de la guardia del hospital. Después aparecieron dos mujeres, una señora y otra, que parecía su hija. Lloraban y se comunicaban por teléfono con alguien.

Luego, la más joven pedía alguna explicación al cielo o al techo de la guardia, porque miraba hacia arriba y preguntaba: “¿Por qué, por qué?”.

El razonamiento era bastante sencillo, pero corroborado una vez que el cadáver pasó por adelante de la joven que lloraba: era su padre.

Otro momento de lamentos se producía en esa guardia tranquila. Al chofer de la ambulancia de Tunuyán le robaron la mochila con sus documentos, ropa y teléfono del interior del rodado. Y eso que estaba estacionado detrás del auto de los policías.

El chofer (de azul en el video siguiente) después de contar que le habían robado, le dice al médico que el paciente que había traido del Valle de Uco tenía PAMI. El corto diálogo con el médico es interesante, porque éste le cuestiona que si posee el hombre una obra social por qué no lo llevaron al centro asistencial contratado en vez de hacerlo atender en un hospital público.

La mañana está por llegar. La comida que sobró de la cena ya está también en la guardia. Al igual que el personal de la salud que comienza a descender desde los pisos superiores para saber si el cafetero ha llegado.

Todos se querían ir rápido porque en pocas horas comenzaba el partido entre las selecciones de Argentina y Alemania, y la noche ya casi terminaba.

Pero antes de finalizar el turno aparece un joven de 24 años todo ensangrentado.

Una enfermera lo lleva a una sala y atrás va el policía. Laureano vuelve y cuenta: "Se peleó con alguien en Radio Punta y tiene toda la cara cortada, dice que le dieron un botellazo".

Una media hora después sale ese joven de la habitación con su cara llena de parches. Al preguntarle qué le había sucedido, cuenta la misma versión que le dio a Laureano, pero cuando ve que hay intenciones de filmar su rostro y testimonio dice: "No, no me filmés, no me escrachés". Estaba muy borracho y no había posibilidades de negociación.

Sin embargo, cuénta a medias qué le sucedió: "Me pegaron no pero sé si era más de uno o dos; me dieron con una botella y qué sé yo, ya ni me acuerdo". Estaba de pie y bastante mareado. Era extraño que no recordara bien.

- Estás muy boracho, por eso no te acordás ¿Cuánto tomaste?

- "No sé, ni me acuerdo, vos sabés cómo es el baile, o vos nunca fuiste al baile y te ponés hasta la pi...".

En ese momento entra al hall una pareja con un joven que vestía una remera en una noche tan fría. Lo llevaban tomados de los brazos pero no lo conocían, se lo habían encontrado tirado en los jardines de la Terminal porque no podía caminar. "Le han echado gas pimienta en los ojos", cuenta la chica.

El joven, de unos 25 años y también con signos de haber bebido considerablemente varios fernet y unas cuantas cervezas se queja: "No sabés cómo arde esto, es impresionante, no puedo ver nada, y este pu... (por el portero) que no hace nada para que me atiendan".

Estuvo más de media hora parado en la entrada solicitando ser asistido pero la respuesta era siempre la misma: "Esperate cinco minutos".

Quizá no lo atendieron especulando para que sean los del turno mañana quienes lo hagan. Y ahora sí, todos se van cansados, porque han trabajado mucho, a pesar de que -y perdonen otra vez el uso de la palabra- ha sido una noche tranquila.

 

Información gremial: Rodrigo Núñez