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Bruno, la muerte civil de sus padres, los "nadie" y los "cualquiera"

"El Estado, cuando aborda cuestiones tan fundamentales como las vinculadas a la vida y la muerte, no debe cometer errores. Constituido por personas que lideras áreas específicas, los entes de control –si los hay, si funcionan- no pueden permitir que éstas resulten superficiales, incoherentes, ajenas a su tema".
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Ahora resulta que los asesinos del niño del barrio Suárez no lo son; que las mordidas de pericotes que tenía no fueron tales; que las quemaduras de cigarrillo en su cuerpo que alguien vio y contó a la prensa para que esta lo hiciera público, no estaban al momento de la revisión; que los padres abandónicos que la sociedad condenó de manera sumarísima, no abandonaron a nadie, sino que le dieron al niño–mal o bien, pero le dieron- lo poco que su cultura y su bolsillo les permitió darle.

(Menos mal que no existe la pena de muerte y que ese tipo de decisiones no están en manos del voto popular ni de la prensa; menos mal que sus inspiradores no son las “fuentes” judiciales y policiales que alimentaron al monstruo del “Caso Bruno”. ¿Podríamos resucitar después de tremenda condena a esos padres que todos vimos ser empujados por policías con el rostro tapado mientras otros, nadies, cualquieras, se encargaban de darle la última despedida a su bebé muerto? No.)

Nadie puede hoy devolverles el momento íntimo y único del duelo más doloroso e inclasificable que pueda existir para un ser humano: el último adiós a un hijo.

Lo mismo con sus otros hijos/hermanos: fueron separados e internados, en una decisión de escritorio, alevosamente, sin saber qué pasaba con su hermanito menor ni con sus padres, presos. Sin saber qué sería de ellos mismos.

Repasando el caso, veremos que la noticia primera indicó que un niño, Bruno, de dos meses de edad, había muerto en instancias en que sus padres lo llevaban al hospital Notti. Allí los esperaba la Justicia, que decidió imputar y detener a los padres al mismo tiempo en que les avisaban que su hijo no había logrado sobrevivir.

Inmediatamente después, el escándalo. Voceros de la Justicia y de la Policía filtraron información a la prensa y luego, otros intentaron hacerlo. En definitiva: todos aquellos brazos del estado que estuvieron ausentes hasta ese momento, aparecieron como por arte de magia, cual superhéroes de historieta y se mostraron prestos a hacer justicia.

Los medios hicimos justicia: “Culpables”, dijimos. La sociedad muy, pero muy conmovida, obviamente, habló: “Culpables”, señaló. Y hasta algunos caraduras/funcionarios dijeron: “Yo les avisé, pero no me dieron bola”. Todos, indefectiblemente, creyeron que el Estado había llegado a salvar una situación, pero casi nadie cayó en la cuenta que lo que estaba quedando en evidencia era algo radicalmente diferente: su ausencia, tardanza, torpeza, desconexión, todojustificación. Y hasta su sobreactuación para limpiar culpas propias.

La trampa simplona y maniquea de los mendocinos

Nos quedamos tranquilos.

Insólitamente, por unos días pensamos que “está bien” que esos padres vayan presos; que “está mal” que sean tan pero tan pobres; que “está bien” que los otros chicos hayan sido separados y que seguramente, estarían “mejor” en una dependencia en donde el estado guarda chicos para “protegerlos”. Creímos que “está bien” que esos chicos crezcan en otro lado, lejos de sus padres y nadie reflexionó que “está mal” que lo hagan desarraigados, traumados, amontonados, despersonalizados, desamados. Desmadrados.

Así de simplones, señalando qué está “bien” y qué está “mal”, todosabedores, nos embarcamos con este y muchos otros casos y los dejamos pasar.

Pero hay que detenerse un minuto, al menos, y pensar qué fue lo que funcionó mal. ¿Los padres? Es probable, pero ¿nadie los vio antes; ni un vecino ni alguno de los centenares de psicólogos, médicos, trabajadoras sociales, nutricionistas y promotores que el estado tiene a sueldo debatiendo minuto a minuto “cómo debería ser una política de protección de derechos”, aunque sin lanzarse a poner en práctica media idea?

Un caso; mil casos

Bruno no era el único chico de Mendoza que vivía en condiciones de pobreza. Las cifras dan cuenta que deben ser unos cuantos miles, sino decenas de miles, los que viven igual.

También es cierto que muchos, muchísimos de ellos son víctimas de maltrato que a veces es detectado y otras no. Pero también es cierto que si ponemos a contraluz al Estado veremos gigantescas áreas que tienen como misión “detectar y prevenir” los abusos, maltratos, la indigencia. Con gente a las que se les paga por dar vuelta la realidad.

Podríamos citar mil casos de buenos ejemplos. Pero la mirada de conjunto, lamentablemente, es tremendamente deprimente.

El Estado, cuando aborda cuestiones tan fundamentales como las vinculadas a la vida y la muerte, no debe cometer errores.  Constituido por personas que lideras áreas específicas, los entes de control –si los hay, si funcionan- no pueden permitir que éstas resulten superficiales, incoherentes, ajenas a “su” tema.

En el reino de la mediocridad, no reina quien sobresale ni va a la vanguardia, sino aquel que acredite deméritos opuestos a estos. Así, nadie organiza ni “mueve” a las masas de “especialistas a sueldo” en la materia. Y, por lo tanto, nos conformamos con placebos, excusas, soluciones fáciles y explicaciones vagas.

¿Alguien contará con aquellos mismos detalles de la primera excursión judicial-policial-periodística a la humilde casa del barrio Suárez cómo están viviendo hoy esos padres y esos otros hijos?