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“Y los empresarios de Mendoza, ¿dónde están?"
Si es verdad que la provincia transita una cuesta abajo, este hombre de negocios se pregunta cuál es el rol que están cumpliendo nuestros empresarios. Fuertemente vinculado a organizaciones sociales, Barbera honra con su labor el perfil que los más favorecidos debieran tener para con la problemática estructural que nos constituye.
Yo era un niño en Mendoza, ahora soy un empresario. Veo una foto mía a los 8 años y me estremezco, tal como dice un poema: “¿Qué pensará ese niño de mí?”. Cuando yo era niño, todos los niños comían, todos podíamos dejar la bici en la vereda, todos los niños iban a la escuela (que funcionaba como escuela), los padres tenían trabajo. ¿Adónde se fue esa Mendoza? ¿De quién es la responsabilidad de que ya no exista?
Me gustaba pensar que la responsabilidad era de los políticos. Me daba tranquilidad. Era fácil: ellos son quienes manejan lo público. Ergo: ellos son los responsables de la desaparición de la Mendoza justa e inclusiva que teníamos.
Sin embargo, ha dicho el filósofo colombiano Bernardo Toro: “Ser ciudadano implica entender que el orden de la sociedad (las leyes, las costumbres, las instituciones, las tradiciones) no es natural; el orden social es un invento, una creación hecha por los hombres y las mujeres de la misma sociedad. Y entender que si ese orden no produce dignidad se puede transformar o crear uno nuevo, en cooperación con otros”.
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Me di cuenta entonces que, si bien quienes conducen el Estado tienen responsabilidad, a mí también me cabe alguna responsabilidad. Empecinado en entender qué es la democracia, qué es lo público, seguí buscando: “Lo público es aquello que conviene a todos (as) de la misma manera, para la dignidad de todos (as). Lo público es construido por las élites. Es decir, por todas aquellas personas cuyas actividades y propósitos trascienden el ámbito de lo privado y de los entornos inmediatos. Los intelectuales, los políticos, los comunicadores, los artistas, los empresarios, los líderes sociales y religiosos. Las élites son aquellas personas o grupos de personas que con su actuación o decisión pueden modificar los modos de pensar, sentir o actuar de una sociedad”.
Esta capacidad de transformación y de influencia convierte a la persona o grupo en un referente porque puede expresar, ordenar u orientar las aspiraciones o expectativas colectivas.
Cuando una élite trabaja para producir bienes y servicios para el bien común se dice que es dirigente (clase dirigente). Cuando esas élites privatizan lo público o usan su influencia y capacidad para producir exclusiones e inequidad se dice que son élites dominantes (clase dominante). Todo cambio social requiere de élites, pero de élites dirigentes.
Esta capacidad de transformación y de influencia convierte a la persona o grupo en un referente porque puede expresar, ordenar u orientar las aspiraciones o expectativas colectivas.
Cuando una élite trabaja para producir bienes y servicios para el bien común se dice que es dirigente (clase dirigente). Cuando esas élites privatizan lo público o usan su influencia y capacidad para producir exclusiones e inequidad se dice que son élites dominantes (clase dominante). Todo cambio social requiere de élites, pero de élites dirigentes.
Ahí caí en la cuenta de que los empresarios también somos parte de la construcción de lo público. Para el bien común, para apropiarnos o para dejar que otros se apropien, pero somos parte de la construcción de Mendoza.
Entendí que vivir en democracia es mucho más que votar. La democracia se construye en el vivir diario democratizando nuestro accionar. Dentro de la empresa, en la familia, en las instituciones que participamos y fundamentalmente democratizando el acceso a oportunidades. Si así se hace, entonces, viviremos en democracia. Es nuestra responsabilidad ser parte de una clase dirigente que se anime a soñar y realizar una Mendoza inclusiva, justa y solidaria. Junto a dirigentes de los otros sectores.
Generar espacios de diálogo para reconstituir la confianza. Hacer nuestros negocios con responsabilidad para crear valor económico teniendo en cuenta el valor social y ambiental.
En fin, tomando conciencia que somos parte de los referentes que pueden colaborar en generar un nuevo orden social que genere dignidad para todos.
O podemos seguir pensando que nuestro límite de responsabilidad es la medianera de nuestra empresa. Negando que sea cada vez más difícil conseguir personal con hábitos de trabajo, que cada día gastamos más en seguridad, educación y salud privada o no participando de la definición de cómo y para qué usaremos el agua, entre otras cosas públicas.
Si lo público es de todos, si es lo que debe generar dignidad para todos, lo tenemos que construir entre todos. Un solo sector de la sociedad no puede definir qué es lo bueno para todos. Para poder participar de esa construcción colectiva, tenemos que estar dispuestos a crear espacios de confianza intersectorial, donde nosotros, los empresarios, aportemos nuestros saberes pensando en el bien común.
Si entendemos que la razón de ser de las empresas es vincularse con su entorno y si queremos cambiar el rumbo; entonces tenemos que ser parte de la construcción de lo público.
Al decir de Bernardo Toro: “Puede parecer una contradicción decir que lo público y los bienes colectivos se pueden producir desde el interés privado”.
No obstante, cuando las empresas y el mercado producen bienes y servicios bajo un criterio ético (que contribuya a hacer posibles los derechos humanos) están contribuyendo a favorecer el interés común. Esto es lo que se llama la responsabilidad social empresarial.
La empresa contribuye a lo colectivo y a lo público de diferentes formas:
a) En la producción y distribución ética del valor agregado: en la transferencia (compra) a terceros. En el pago de salarios adecuados. En el pago de los impuestos estipulados.
b) Cuando aumenta el capital social: construyendo infraestructura, mejorando el urbanismo y la arquitectura, cuidando el medio ambiente, apoyando las organizaciones cívicas y abriendo nuevos mercados y relaciones internacionales.
c) A través de la calidad y durabilidad de los productos: planificando la obsolescencia y abundancia de los productos básicos en favor de la dignidad humana y el cuidado del consumo de energía.
d) A través de los precios: precios al alcance de las mayorías y mercados que lleguen con servicios adecuados a las zonas pobres o apartadas permiten ir superando la existencia de dos economías: la de los pobres y la de los ricos.
e) Promoviendo la organización interna de la empresa a través de la participación y la organización externa apoyando la organización social.
f) Aumentando las externalidades positivas: fondos para investigación y desarrollo tecnológico; difundiendo información científica y técnica y fomentando los comportamientos éticos en los contratos y licitaciones públicas.
En fin, si queremos ver una Mendoza como la que tuvimos en nuestra infancia, si queremos que nuestros hijos (o el niño que llevamos adentro) esté orgulloso de nosotros, tenemos que pasar de empresaurus (empresario del siglo pasado) a ciudadanos empresarios.
¿Cómo? Haciendo empresas que generen valor económico junto al valor social y ambiental, participando de organizaciones empresarias y sociales y, fundamentalmente, construyendo capital social para que entre todos los sectores podamos hacer de la cuestión pública el verdadero espacio para generar dignidad.
Entendí que vivir en democracia es mucho más que votar. La democracia se construye en el vivir diario democratizando nuestro accionar. Dentro de la empresa, en la familia, en las instituciones que participamos y fundamentalmente democratizando el acceso a oportunidades. Si así se hace, entonces, viviremos en democracia. Es nuestra responsabilidad ser parte de una clase dirigente que se anime a soñar y realizar una Mendoza inclusiva, justa y solidaria. Junto a dirigentes de los otros sectores.
Generar espacios de diálogo para reconstituir la confianza. Hacer nuestros negocios con responsabilidad para crear valor económico teniendo en cuenta el valor social y ambiental.
En fin, tomando conciencia que somos parte de los referentes que pueden colaborar en generar un nuevo orden social que genere dignidad para todos.
O podemos seguir pensando que nuestro límite de responsabilidad es la medianera de nuestra empresa. Negando que sea cada vez más difícil conseguir personal con hábitos de trabajo, que cada día gastamos más en seguridad, educación y salud privada o no participando de la definición de cómo y para qué usaremos el agua, entre otras cosas públicas.
Si lo público es de todos, si es lo que debe generar dignidad para todos, lo tenemos que construir entre todos. Un solo sector de la sociedad no puede definir qué es lo bueno para todos. Para poder participar de esa construcción colectiva, tenemos que estar dispuestos a crear espacios de confianza intersectorial, donde nosotros, los empresarios, aportemos nuestros saberes pensando en el bien común.
Si entendemos que la razón de ser de las empresas es vincularse con su entorno y si queremos cambiar el rumbo; entonces tenemos que ser parte de la construcción de lo público.
Al decir de Bernardo Toro: “Puede parecer una contradicción decir que lo público y los bienes colectivos se pueden producir desde el interés privado”.
No obstante, cuando las empresas y el mercado producen bienes y servicios bajo un criterio ético (que contribuya a hacer posibles los derechos humanos) están contribuyendo a favorecer el interés común. Esto es lo que se llama la responsabilidad social empresarial.
La empresa contribuye a lo colectivo y a lo público de diferentes formas:
a) En la producción y distribución ética del valor agregado: en la transferencia (compra) a terceros. En el pago de salarios adecuados. En el pago de los impuestos estipulados.
b) Cuando aumenta el capital social: construyendo infraestructura, mejorando el urbanismo y la arquitectura, cuidando el medio ambiente, apoyando las organizaciones cívicas y abriendo nuevos mercados y relaciones internacionales.
c) A través de la calidad y durabilidad de los productos: planificando la obsolescencia y abundancia de los productos básicos en favor de la dignidad humana y el cuidado del consumo de energía.
d) A través de los precios: precios al alcance de las mayorías y mercados que lleguen con servicios adecuados a las zonas pobres o apartadas permiten ir superando la existencia de dos economías: la de los pobres y la de los ricos.
e) Promoviendo la organización interna de la empresa a través de la participación y la organización externa apoyando la organización social.
f) Aumentando las externalidades positivas: fondos para investigación y desarrollo tecnológico; difundiendo información científica y técnica y fomentando los comportamientos éticos en los contratos y licitaciones públicas.
En fin, si queremos ver una Mendoza como la que tuvimos en nuestra infancia, si queremos que nuestros hijos (o el niño que llevamos adentro) esté orgulloso de nosotros, tenemos que pasar de empresaurus (empresario del siglo pasado) a ciudadanos empresarios.
¿Cómo? Haciendo empresas que generen valor económico junto al valor social y ambiental, participando de organizaciones empresarias y sociales y, fundamentalmente, construyendo capital social para que entre todos los sectores podamos hacer de la cuestión pública el verdadero espacio para generar dignidad.