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Drogas: Un fallo que es puro humo

¿Cambiará en algo la realidad argentina el fallo de la Corte que despenaliza el consumo personal de drogas? No. Tampoco cambiará la vida de los adictos. Se ha creado la falsa sensación de "libertad y progresismo", una tardía Woodstock argentina.
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La Corte generó jurisprudencia y, a partir de un fallo que se conoció este martes, consumir estupefacientes en un ámbito privado no será delito.

Hasta allí la información que ocupó la mayor cantidad de espacios posibles en los medios de todos los idiomas.

Sin embargo, salvo algunas cuestiones muy puntuales e individuales, la incidencia de este fallo en la vida de la sociedad argentina no tiene, ni por asomo, la dimensión que se le pretende dar.

¿Para qué servirá?

- Para que quien antes se drogaba en un ámbito no público lo sigan haciendo, sin más.

- Para que un pibe al que le encuentran un porro en el bolsillo no termine ocupándole tiempo y recursos a la policía, pero siempre que se le instruya correctamente a la policía que esto debe ser así.

- Para fomentar una serie de debates necesarios de contenidos médicos, sociológicos, educativos y políticos.

- Para que los sectores más exaltados tengan motivos para exaltarse una vez más por los vicios ajenos.

- Para que los sectores más liberales y/o progresistas sientan esta falsa sensación de libertad o progresismo que se está transmitiendo.

Nuevamente se pretende hacer creer –erróneamente- que la vida de la gente puede ser regida a cuentagotas mediante la emisión de fallos judiciales.

Como un “Gran hermano penal”, la Justicia se erige en rectora de lo que se puede y lo que no se puede, cambiando cada tanto de opinión para alimentar el monstruo burocrático del cual viven centenas de miles de personas que tienen en sus manos decidir cosas tales como, por ejemplo:

- Cuánto es “una pequeña cantidad” de marihuana. ¿Es un gramo? ¿Diez gramos? ¿Un gramo doscientos? Estas preguntas –que no fueron respondidas en el fallo de la Corte- serán alimento de cientos de miles de nuevos expedientes que se formarán al respecto, para interpretar, claro está, el antecedente emitido el martes.

- Cuál es el “ámbito privado”. ¿Lo es un bolsillo? ¿Lo es, aun transitando por la calle? ¿Lo es en un VIP de un boliche, en la casa de un amigo? ¿Es privado consumir drogas en el privado ámbito de un baño de un estadio? Más insumos para el debate jurídico que vendrá luego de, por supuesto, detener, procesar y someter al “Gran hermano penal” a muchos de quienes hoy están festejando el supuesto inicio de la era Flower Power en la Argentina.

¿Qué es lo que no cambiará?

La vida seguirá igual, o peor, si no se trabaja sobre cuestiones que regulen la coexistencia colectiva y no sólo casos particulares.

Lo que falta: una nueva legislación de drogas, la determinación de qué áreas específicas del Estado deben trabajar y cómo en la prevención, bajo qué enfoque único y premisas homologadas. ¿Deben ser las áreas de salud?, ¿educación?, ¿las áreas juveniles?, ¿las fuerzas de Seguridad? Hoy lo hacen todos y cada uno a su manera. Cada manera, contrapuesta a la del otro.

Lo que no cambia: el avance de la pasta base (el paco, crack), la falta de lugares en donde informar y atender consultas de los “primerizos” en materia de consumo de estupefacientes, la ausencia de sitios de tratamiento para adultos adictos al alcance del bolsillo, las escasas y contadas oportunidades de ofrecerles tratamiento a niños y jóvenes.

Tampoco cambia mucho que digamos, para ser francos, la realidad de los consumidores que creen que a partir de ahora vivimos en una Argentina con estilo holandés. No es así. Nadie se animó a plantearlo en serio, más allá de las amenazas publicitarias del Gobierno que lo único que lograron fue, por oposición, darles aire a los rectores de la moral ajena.

Pero si hay algo dramático que no sufrirá alteración será, sin dudas, la estructura del tráfico y distribución de estupefacientes, el verdadero cáncer social que mata más que el consumo de drogas y que condiciona la vida de miles de personas cada día, con la inseguridad.

Es que así como los microtraficantes y sus cómplices silenciosos de los barrios han encontrado en esta tarea su estrategia de supervivencia (por lo menos, hasta alcanzar la mayoría de edad, poco antes de que mueran en manos de algún competidor en los clásicos “ajustes de cuentas”), los grandes dealers de la droga también tienen sus cómplices silenciosos. Pero ellos no mueren, no van a la cárcel y, además, ganan el dinero que se les hace humo de las manos a los pibes de aquí a la vuelta.