Armas y policías: una nueva y dolorosa advertencia
Las áreas de seguridad de los gobiernos más preparados analizan sistemáticamente la forma en que sus uniformados utilizan las armas de fuego.
No se trata de “atarles las manos” ni mucho menos, sino que se estudia el impacto que tener a su cargo una herramienta que sirve para matar puede tener.

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El uso contra otros y contra sí mismos de las armas que el Estado les da para trabajar es un tema que requiere un abordaje serio y urgente.
En Mendoza, hay un historial de mal uso de las armas de fuego por parte de policías. Muchas veces, contra otras personas y en el cumplimiento de su deber de modo ilegal. Pero también se registran casos de suicidio y, fundamentalmente, de amedrentamiento en el interior de sus familias.
Estos últimos casos abundan en los gruesos expedientes que circulan, fundamentalmente, por los tribunales de Familia. No llegan a las portadas de los medios porque no llegaron a la instancia final que siempre en estos casos de violencia familiar es la muerte. Pero existen.
En algunos lugares, se crearon “guarderías de armas”. Sin ir muy lejos, así ocurre con la Policía de Investigaciones de Chile, que mantiene un casillero para cada uno de sus hombres y mujeres dejen el arma oficial cuando terminan la jornada laboral. Y son absolutamente responsabilizados por su condición y utilización.
Pero fundamentalmente lo que debe atenderse es al o la policía como persona, como ser humano. El manejo de personal, en esta época, es un tema clave, ineludible para cualquier plan de seguridad que se precie de tal.
Hechos dramáticos y dolorosos como los de hoy deben ser un profundo llamado de atención sobre cómo se enseña a utilizar y a cuidar las armas, bajo qué condiciones psicológicas el Estado le entrega un arma de fuego a una persona y qué recaudos se toman para que fuera de los horarios laborales ese arma se transforme en un verdadero peligro.

