Encuentro con pibes de la calle que ni se enteraron de la Gripe A
A Pablo y a Diego los encontramos la noche que en Mendoza se cerraron casi todas las discos por la emergencia sanitaria. Estaban en Octano “jodiendo”, mientras un hermano de Diego trabajaba en la estación de servicio y la abuela de Pablo daba vueltas por ahí y nos miraba con mala cara. Al hermano tampoco le gustaba que un desconocido hablase con los chicos, lo demostraba con algunos insultos que emitía desde un surtidor en el que enjuagaba un trapo con agua helada porque estaba lavando autos.
Éste chico, de 13 años, y la abuela tendrían razón sobre el contacto con extraños sino fuera porque en realidad no les gusta que nadie se entere sobre las vidas de los dos niños.
Estos pibitos no tienen una vida ni parecida a las de muchosque tienen sus mismas edades. A modo de ejemplo, y sin ningún tapujo, cuentan que no comen todos los días. Lo dicen y se empiezan a enredar cuando quieren aclararlo, porque, sin dudas, sienten algo de vergüenza. “Sí, comemos todos los días, bueno, no, casi”, así responden mientras bajan la mirada.
Aquella noche era muy fría para estar a las 2 de la madrugada caminando por ahí. Estos chicos están acostumbrados a soportar las bajas temperaturas y también otros embates de la vida. Para volver a sus casas, que están en el Oeste de Godoy Cruz, deben tomar un colectivo, pero no tienen dinero para el viaje, y si lo tienen, prefieren utilizarlo para otras cosas.
Pero ya se la saben rebuscar sin miedo. Suben al micro y se mandan para el fondo, no importa lo que el chofer les diga, deben regresar a sus casas y no les importan los retos del conductor para que paguen o se bajen; de prepo llegan a sus casas. Ah, para llegar a su barrio deben esperar el primero colectivo del día que pasa alrededor de las 5.15, es decir, aún tenían, esa noche, tres horas por lo menos al intemperie para seguir “jodiendo”.
En ese tren de joda (¿qué otra cosa mejor tenían por hacer?) nos dedicaron algunos minutos; como no son tontos sino sólo pobres, la charla costó $2 que reclamaron de inmediato cuando dijeron “chau”.
En el video cuentan que no saben leer ni escribir puesto que no van a la escuela y no es algo que se plantean como una necesidad. Posiblemente, por lo que cuentan, se volverán pillos y se principal objetivo sea siempre encontrar el modo de regresar a sus casas, donde no todos los días habrá comida.
Aquí te dejamos el diálogo con Pablo y Diego.