No es la toma del Palacio de Invierno de octubre del 1917, tampoco la toma de la Bastilla y el ascenso de los jacobinos franceses. Ni mucho menos la revolución del 17 de octubre del 45, cuando nació el peronismo. Hechos sociopolíticos de gran trascendencia para la historia de cada país y el mundo. Pero si hay algo que tienen en común aquellos procesos con el que se produjo en nuestro fútbol argentino, es que se sublevaron “los de abajo”. Los más pobres económicamente, los que nunca habían logrado llegar a la cima de algo. Los que históricamente fueron desfavorecidos, por la economía de los poderosos, por los jueces parciales, por los derechos de televisación, siempre a favor de las grandes economías del fútbol. Estamos hablando de una revolución bien nuestra, no política, pero sí deportiva, y porqué no decirlo, revolución de valores sociales. Los protagonistas de esta patriada atacaron la gran capital de las luces, la de los grandes, la de River y Boca, la de Racing e Independiente, la de Estudiantes y San Lorenzo, últimos campeones del fútbol argentino. Las huestes de Victoria por el norte, comandadas por el General Diego Cagna y su tropa de valientes: Islas en la retaguardia y Lázaro y Galmarini como atacantes que se su pusieron el equipo al hombro en cada batalla. Y las de Lanús, desde el sur del gran Buenos Aires, fueron cercando lentamente al centro neurálgico del poder, de la mano de Ramón Cabrero, planteando un juego de estrategas que, desde “chiquito” Bossio a Valeri, pasando por Pelletieri y Acosta, sin olvidarnos del titánico José Sand, batieron los parches de los obreros de Lanús. Fueron 19 batallas que libraron, contra ejércitos de distinto tipo, siempre en inferioridad de condiciones infraestructurales, con menos armas, con menos dinero, con menos apoyos institucionales, con menos sponsors, pero que sin embargo, con la inteligencia colectiva, lograron vencer a los grandes, a los medianos y a otros chicos.
Fútbol-juego vs. Fútbol-negocio
Lanús y Tigre, Tigre y Lanús. Qué más da quien salió primero y segundo. Los dos le ganaron al poder de la AFA, al poder del periodismo siempre motivador de los grandes nombres y las estrellas. Ganaron los obreros, los trabajadores colectivos que jugaron en grupo, socializando el juego, poniendo el corazón en la lucha de los excluidos. Ganó el fútbol, un juego históricamente llamado a la socialización de los que tienen poco individualmente, de los que la pelearon de abajo contra los nombres millonarios de los Palermo, Verón, Riquelme, Ortega, Palacio, Denis, el Piojo López. El pueblo argentino está contento con el triunfo de estos chicos, sin mucho cartel mediático, que se sublevaron del subsuelo del fútbol argentino y relegaron a los que históricamente siempre estuvieron arriba. Por primera vez en la historia, desde que nuestro fútbol es deporte en el país, dos equipos chicos, que nunca salieron campeones de la primera división, llegaron a definir entre ellos el primer y segundo puesto. Nunca pasó, y algún día tenía que pasar. Hay fiesta popular en el norte y en el sur del gran Buenos Aires, pero también en toda la Argentina, la del interior que sufre con sus equipos las desigualdades de ingresos por la televisión, por las decisiones de la AFA, por el centralismo del poder concentrado en 5 equipos que son las vedettes de nuestro fútbol. Fue la gran revolución del fútbol-juego contra el fútbol-negocio. La garra y el orden de los tigres de Victoria y la estrategia colectiva y lujosa de los pibes de la cantera de Lanús, fueron esta vez, más fuertes que las novelas de Riquelme y sus apetencia millonarias, que la novela de River con sus negociados con las barras Bravas y los vaivenes del “burrito” Ortega, más nobles que la soberbia de un Verón frío, que cada domingo hacía oídos sordos al pueblo que le cantaba “el que no salta es un inglés…”. Esa sublevación de los chicos pudo más que las asqueantes operaciones financieras y los ofrecimientos millonarios a Ramón Díaz, que los circos mediáticos de la mayoría de los programas de televisión que nos inundan de estrellas que ganan millones de euros en el exterior y que después tienen el privilegio de representar a la selección argentina, a veces, sin sentir la camiseta.
Desde los suburbios a la gloria
El Club Atlético Lanús nace el 3 de enero de 1915. Lanús, suburbio de fábricas y de industrias, de obreros y desatacadas personalidades de la cultura popular y de la música: allí nació el poeta de tango José María Contursi, allí nació el diego Maradona, de allí salió Gustavo Cordera (líder de la Bersuit) de esos barrios surgieron los babasónicos. El Lanús de casi medio millón de habitantes hoy tiene días de gloria popular, la gloria de los suburbios de Buenos Aires, la rebelión de los granates. El Lanús que también destronó la feudocracia de Quindimil: un histórico del peronismo duhaldista que impedía y frenaba el cambio con su política clientelar.
El "Club Atlético Juventud de Tigre", nace el 3 de agosto de 1902. Tigre, el partido cabecera de la zona del delta de Buenos Aires, el de los más de 300.000 habitantes que hoy sueñan despiertos por el zarpaso de sus jugadores de Victoria, hoy es un infierno de alegría que reedita “el mito del lechero ahogado en el río” y que por ello, en su cancha, se hacen imbatibles, el equipo de la leche, los lecheros como se lo apodó allá por el año 1913, según nos cuenta el periodista Alejandro Fabri (hincha de Platense) en su libro “pasión de multitudes”. Una revolución como la que protagonizó en los ´80 el Nápoli de Maradona contra el poder del fútbol italiano. Seguramente, muchos de esos gladiadores y exquisitos que hoy son la noticia deportiva en la argentina, no durarán mucho en sus clubes, ni tampoco en el país. Ya los dirigentes de los grandes, les están llamando para ofrecerles “el paraíso” y pasar a vivir del negocio. Pero ese es otro tema del que por estos días no me gustaría pensar.