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Un gran hermano para las zonas rojas

En la Mendoza insegura de nuestros días, un fantasma recorre las conciencias de la clase media. Es el pedido de mano dura autoritaria para “solucionar” la problemática de la inseguridad.
En la Mendoza insegura de nuestros días, un fantasma recorre las conciencias, especialmente las de la clase media: no es el fantasma del comunismo como rezaba Marx en el manifiesto de 1848, es nada más y nada menos que el pedido de mano dura autoritaria para “solucionar” la problemática de la inseguridad. De ese extenso reclamo, del que ya se apropiara Blumberg exitosamente en Buenos Aires hace unos años y que hoy  casi todos los políticos lo tienen como tema principal de su discurso, se ha hecho eco el establisment local.

Contra la pared

Las hordas desesperadas por el miedo y la impotencia no pueden pensar más que con el dolor y la bronca, desde la desolación y el llanto. Desde ese sentimiento, campo de cultivo de fascismos espontáneos, la gente dolida, le endilga a los defensores de los derechos humanos la responsabilidad de defender a los delincuentes. Hasta se los acusa de cómplices por pretender que aquellos sean tratados como personas con derecho a defensa. Para las hordas, los que cometen delitos no tendrían derechos humanos, porque simplemente no serían humanos por las atrocidades que cometen contra su especie. Un supuesto sentido común, que por común, carece de sentido.
El Estado asume el monopolio legítimo de la violencia para enfrentar a la violencia. Se asienta en el dolor de los desesperados para dejar caer la espada de Damocles encima de otros desesperados. Un fascismo espontáneo, peligroso y oportunista ante las consecuencias de 30 años de neoliberalismo excluyente que alguna vez apoyaron muchos de los que hoy están en el poder y del cual se beneficiaron ampliamente.  Paradojas del destino, cambalaches mundanos de los políticos locales. Vengar la sangre, no fumar y no tomar alcohol, todos somos sospechosos, especialmente los que visten como fieritas o rollingas, los que se adornan de hinchas de fútbol o los que limpian vidrios, los que entran sucios y mal vestidos a los almacenes de barrio a comprar cien de mortadela y dos bollitos de pan, los que andan en bicicleta por la noche, los que salen de la cárcel, los que se juntan en una esquina o en una plaza. A todos ellos va dirigido el mensaje de la sociedad mendocina que necesita construir y canalizar en un nuevo sheriff justiciero a lo Clint Eastwodd oficial, una patriada autoritaria. No importa ahora que se equivoquen de sospechoso o de casa en un allanamiento, están en la mira, y eso basta para saciar la sed social de venganza.

Reconstruir la sociedad

Una ciudad-panóptico, televigilada, se está erigiendo por estos días en Mendoza. Pero desde ese visor, sólo se mira hacia un lado de la sociedad. Un “Gran Hermano” para las zonas conflictivas. La gente quiere justicia, pero a modo de ajusticiamiento, de linchamiento oficial. Mientras tanto, no hay redistribución de la riqueza, no hay salarios dignos, no hay escuelas acondicionadas. No hay redes de integración social y cultural para esos pibes que a tetra y porro, a merca y birra, deambulan por la noche, en las esquinas y en las plazas, sin sentido, sin esperanzas, sin ganas. Siempre el problema de la inseguridad será un tema a largo plazo, nadie lo acepta, y la sociedad mendocina, contará los días, los seis meses que le prometieron. Por qué no convocar a todos los sectores para legitimar un shock redistributivo, una mayor inversión en políticas de empleo, asistencia social y salud?. Porqué no un plan de redistribución de las tierras sin producción y orientarlo al trabajo agrícola aunque más no sea de autosubsistencia?. ¿Porqué no se pone “mano dura” contra los que concentran la riqueza y que la pavonean por las calles impunemente, en el lujo del tránsito o en las cápsulas-countries?. ¿Porqué no hay mano dura contra lobystas y evasores de grandes complejos?. ¿No sería mejor implementar un ingreso ciudadano para los jóvenes entre 15 y 21 años, que retribuyan con tareas comunitarias, actividades socioculturales y apoyo escolar a los niños en la redes de las bibliotecas populares?. O que a esos jóvenes que lo perciban, se los organice en brigadas solidarias, para pintar escuelas y refaccionarlas?

La utilidad de la delincuencia

Ya lo afirmaba el filósofo Michel Foucault en “vigilar y castigar” (1975), los delincuentes son útiles para el poder económico y político. Sin delincuencia no hay posibilidad de sostener el aparato represivo policial. La policía, vigilante, es el síntoma del miedo latente. Las cárceles son útiles para el poder. Son, como manifestaba el filósofo francés, “una fábrica de delincuentes” que lejos de recuperarlos como gente honrada, son educados y disciplinados para luego trabajar de buchones de la policía, de rompehuelgas obreras, de barrabravas del fútbol. El delincuente es una necesidad del sistema capitalista para justificar y erigir una argamasa jurídico-política que custodie la propiedad privada. Son gente común entre gente común, viven en los mismos barrios pobres de los pobres, son lúmpenes que sirven de mano de obra para la acción de inteligencia del poder. Son testigos de allanamientos, infiltrados en las movilizaciones, punteros vecinales de los políticos. Se constituyen en la mano de obra del fascismo. Por ello, el objeto de la mano dura, no es terminar con la delincuencia, sino más bien dominarla, producirla y disciplinarla para sus propios intereses. La política de mano dura busca chivos expiatorios, necesita de ellos, de los sospechosos de siempre.