1816: la inédita historia del "Romeo y Julieta" tucumano
El Congreso de julio de 1816 llevó más que aire independentista a Tucumán. Escribe Gustavo Capone.
El Congreso independentista llevó a Tucumán mucho más que el aire de libertad.
Serán muchas las facetas por las cuales los primeros años del siglo XIX mostrarán su rostro independentista. Indudablemente los artistas y las manifestaciones de sus distintos lenguajes culturales irán abriendo caminos hacia la anhelada Independencia. Como protagonistas del cambio, esos artistas generarán un clima premonitorio que anticipó la pérdida de legitimación de los regímenes monárquicos, anunciando anticipadamente los nuevos tiempos de ruptura y renovación. Además resultaría importante poder vincular para la interpretación cabal de los sucesos, el escenario inteligente y transgresor que nos rodeaba en esa época, testigo directo de los acontecimientos de 1816.
Y ahí están los artistas; artífices del cambio que expresaron mucho tiempo antes los hechos políticos, económicos y sociales. Por ende, resultará imposible despegar los contextos próximos y lejanos para analizar los sucesos de 1816, siendo imperioso fijar la mirada en el revolucionario mundo artístico y cultural que cubría ese tiempo.
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Por los albores de nuestra Independencia, ya Amadeus Mozart había compuesto “La flauta mágica” (1791), dando comienzo a una trayectoria que generaría más de 600 obras, entre óperas, conciertos y sinfonías. Será el oriundo de Salzburgo (Austria) el prototipo del músico rebelde que pretendió vivir al margen del mecenazgo de nobles y religiosos, hecho que ponía de relieve el paso a una mentalidad libre respecto a las normas de la época. Su carácter anárquico y ajeno a las convenciones le acarreará la enemistad de sus competidores y le creará enormes dificultades con el poder y los poderosos.
No le irá en zaga Ludwig van Beethoven, famoso compositor alemán. La música de Beethoven representó la apoteosis del estilo clásico, mientras que su vida simbolizó la imagen del compositor - héroe del romanticismo. Su conversión intelectual, e inmediata manifestación en lo artístico, será el fruto de los tiempos que corrían. Entre 1804 y 1808 escribió la 3° y 5° Sinfonía. La “Tercera Sinfonía” estaba dedicada a Napoleón, pero luego de ser coronado emperador por el Papa Pio VII, Beethoven retirará tal dedicatoria por su reconvertida concepción anti-imperial. Su renovado compromiso libertario se manifestará claramente en 1816, al realizar el primer esbozo de la famosa y popular “Novena Sinfonía”, cuyo último movimiento será un final coral sorprendentemente, inusual en su época, que se ha convertido en símbolo de la libertad. Precisamente, una adaptación de la sinfonía, realizada por Herbert von Karajan es, desde 1972, el himno de la Unión Europea y en 2001, la partitura original de la sinfonía se inscribió en el Registro de la Memoria del Mundo de la UNESCO, donde forma parte, junto con otros sobresalientes monumentos, de la herencia espiritual de la humanidad.
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También como una señal premonitoria surgirá “el vals”; un baile en parejas que se impuso rápidamente en los sectores populares, tardando bastante en llegar a los salones de la aristocracia. Las miradas conservadoras presentarán un fuerte recelo inicial por la forma de sujetarse como en un abrazo. El vals fue un baile condenado por inmoral en algún período de la historia (allá por los años 1812 - 1813) pero posteriormente aceptado como baile de salón.
Pero si de pioneros y transgresores comentamos, será imperdonable no remitirse a Alexander Pope, quien casi 100 años antes al momento independentista, escribió el primer poema didáctico moderno que aparecía en Inglaterra: “Ensayo sobre la crítica” (1711), tras cuya publicación se retiró al campo, al bosque de Windsor, para preparar el poema con el que habría de consolidarse como escritor: “El rizo robado”, escrito bajo la influencia de Volitare, obra ingeniosa e imaginativa en la que describe y critica la vida de los salones de la alta sociedad.
En síntesis; suegirán nuevas concepciones para interpretar el mundo y la forma de organizarlo bajo el imperio de la razón, el juicio crítico, la concepción republicana y la democratización en la toma de decisiones. Desde siglos anteriores al XIX, Hobbes, Bacon, Descartes, Locke, o contemporáneos al momento emancipador: Montesquieu, Voltaire, Rousseau, Diderot, D´Alambert, Condorcet, Sieyés, Humé, o mucho antes el padre Francisco Suarez, se opondrán abiertamente a las concepciones apoyadas en la autoridad de la tradición y de lo establecido por el absolutismo. El debate ideológico sobre, en quién radica la soberanía, excede el tema político y manifiestará vanguardistamente abiertamente en terrenos como la literatura, la música y la pintura. Ejemplos cabales que vincularán la amplia dimensión cultural, y que resumirán esa época podrían referenciarse perfectamente en “Crítica a la ranzón pura”, de Kant escrita en 1781, o en Hegel con su obra “Fenomenología del espíritu” (1807) por el cual sostuvo que el saber es el fin y el objetivo de la Historia.
Tucumán: sacudiendo el polvo y los nuevos tiempos que se avecinan
Aquellos congresales que llegaron a San Miguel vinieron, seguramente, y hasta sin proponérselo, a sacudir la habitual rutina de un pueblo habituado a otros usos y costumbres. No solo Tucumán pasó a ser el centro de la escena política de todas las Provincias Unidas de Sudamérica, sino también fue la caja de resonancia, social y cultural, de éste costado de América.
No será de extrañar que prontamente hubieran comenzado a convivir los tradicionales ritos sociales lugareños con los que el protocolo y la camaradería imponían para atender y halagar a los “ilustres” visitantes de otros “pagos”.
Pues además de los debates políticos, ya por aquellos tiempos, para estar cerca del poder, no siempre fue necesario contar con jefes de prensa o consultoras que midieran la imagen. En ocasiones, y el Congreso no fue la excepción, las posibilidades de acceso al poder con la posibilidad de mejorar el status social estaban dados por las posibilidades de “lobby” y relación que brindaban estos encuentros.
La principal devoción hasta los tiempos del Congreso en Tucumán era la fiesta conmemorativa al patrono San Miguel. También estaba la conmemoración a la Virgen de La Merced, que se remonta a la fecha de la fundación del viejo Tucumán durante 1565.
Pero el trascendente Congreso trajo más que la Independencia a Tucumán. Sacudió la vida de la provincia; y así aquella cotidianeidad de las mujeres marcadas por la religiosidad: misa diaria, novenas y todo tipo de actos devotos, dio lugar además a bailes, encuentros sociales, furtivas relaciones sentimentales y separaciones matrimoniales que terminaron, en ocasiones, en duelos ante caballeros involucrados que pretendían saldar su lastimado honor por medio de las armas.
En los habituales bailes durante los tiempos del Congreso, las damas y caballeros danzaba al son de guitarras: “el pericón” (importado de la pampa húmeda), “el cielito” y “el cuándo”, aunque los más audaces como Manuel Belgrano, ya se animaban a introducir el vals entre los criollos, enseñando sus pasos básicos a los presentes, pero también trayendo las partituras para que los músicos tucumanos aprendieran a interpretarlos. En las casas había diversos instrumentos musicales: arpas, violines y pianos, lo que simplificaba un poco las cosas.
Independencia, una reina y el primer concurso de belleza
Como una brutal contradicción del destino, el primer baile oficial, plagado de algarabía y regocijo, en consonancia por los festejos de la Independencia concluyeron con la designación de una “reina” al otro día del juramento trascendente. Aclaramos, ironía de por medio, que la reina fue electa por su belleza (concordando republicanos y monárquicos), y surgió en medio de un baile que reunió en Tucumán a la máxima flema política y social de todas “las provincias unidas”.
El miércoles 10 de julio, amaneció con un clima festivo, confluyendo como pocas veces nobleza y plebe, llenando las plazas y las galerías adyacentes. El Convento de San Francisco rebozaba de gente. Todo el establishment del momento, encabezados por las máximas autoridades: Laprida (Presidente del Congreso), todos los congresales y Bernabé Aráoz (gobernador tucumano) concurrieron desde temprano a la misa de rigor.
Pero lo trascendente pasó en la noche. En ese baile fue elegida Lucia Aráoz (“la rubia de la patria”, según Paul Groussac) como la Reina de la Independencia. La bella dama pertenecía a la familia del gobernador y fue electa por unanimidad. Será consagrada en el primer certamen de belleza de la Argentina independiente. Fue la primera “Miss”, aunque las dudas reinaron en la noche. ¿Fue por su belleza o por los alcahuetes del gobierno que querían acomodarse con los Áraoz?.
Pero siguiendo con el costado frívolo; tiempo después, y nuevamente con Lucia como protagonista de una renovada novela, emulando a William Shakespeare, quien siglos atrás escribió “Romeo y Julieta” (componiendo una especie de secuela de Capuletos y Montescos), la “rubia de la patria” venciendo íntimas y domésticas resistencias, concedió su mano al nuevo gobernador Javier López, hasta entonces enemigo mortal de toda la familia Áraoz, dando tregua a los odios políticos entre unitarios y federales. Fue así como los acérrimos contrincantes, pero venerables burgueses de Tucumán reeditaron la magnifica obra literaria del “bardo de Stratford-upon-Avon” en la extraordinaria tierra de Alberdi, Avellaneda, Álvarez Condarco, Monteagudo, Roca, Marcos Paz, Lola Mora, Matienzo, Mercedes Sosa, el arquitecto Pelli, los Tucu – Tucu, los mejores sandwich de milanesa, la fortaleza del maul en rugby, la pelea a cabezazos, “las manos largas” y otras yerbas.