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La trampa del streaming

El streaming prometía ser un formato audiovisual revolucionario. Pero las carencias de profundidad, la autoreferencia permanente y modelos de negocio extraños generaron un ciclo de vida corta.

Javier Milei en Carajo. El Presidente es visitante frecuente de ese canal de streaming. 

Javier Milei en Carajo. El Presidente es visitante frecuente de ese canal de streaming. 

El streaming era la promesa de una nueva televisión; un modelo revolucionario más "libre, económico y desfachatado. Sin editores, sin pauta tradicional, sin la rigidez de un "noticiero de las ocho". Canales como Carajo y Blender se instalaron como ícono de ese fenómeno emergente, con miles de espectadores en vivo, community managers agresivos y una capacidad de instalar agenda en las redes que se convirtió en la envida de los canales de aire.

Pero basta analizar a fondo y ver los sucesos que hubo para entender que ese modelo tiene fecha de vencimiento. Los escándalos de las últimas semanas no son una anécdota. Despidos masivos en Blender, pantallas que se van a negro en pleno vivo y la revelación de que medios antagónicos responden al mismo dueño desangelaron al streaming, formato que, tal como está planteado hoy en la Argentina, tiene techo bajo y vida corta.

Cuando la grieta es el mismo negocio

El caso resulta ilustrativo por lo evidente. Carajo se presenta como el streaming libertario, el búnker de referentes como el Gordo Dan y de sectores alineados con Santiago Caputo. Blender, en cambio, construyó una identidad progresista, informal, con Tomás Rebord como cara visible y gestos políticos relevantes, como recibir con calidez a Máximo Kirchner.

Agustín Marini es el dueño de canales de streaming antagónicos desde el punto de vista editorial, pero que facturan para la misma billetera. La grieta como negocio.

Agustín Marini es el dueño de canales de streaming antagónicos desde el punto de vista editorial, pero que facturan para la misma billetera. La grieta como negocio.

Dos marcas que compiten por audiencias ideológicamente opuestas. Pero ambas fueron constituidas el mismo día, en el mismo domicilio y responden al mismo empresario: Augusto Marini. Se trata del dueño del holding que, además, acaba de quedarse con la concesión del Canal de la Ciudad ofertando muy por encima de la competencia. Grieta en la pantalla, pero ganancias para el mismo bolsillo. El dinero no tiene ideología.

La crisis salió a la luz cuando trabajadores de Blender reclamaron paritarias y garantías básicas. La respuesta fue una tanda de despidos y guardias de seguridad esperando afuera del estudio. Incluso una conductora cortó la transmisión en vivo para denunciarlo. Ese quiebre no solo expuso una interna salarial. Dejó a la vista que detrás de dos "editoriales" enfrentadas hay una sola billetera, sostenida con negocios y contratos cruzados que poco tienen que ver con la audiencia. La grieta, como espectáculo, es rentable independientemente de qué lado gane.

Por qué el contenido se agota tan rápido

Ahí aparece el primer problema estructural. Cuando un canal nace con el objetivo explícito de instalar una agenda —política, comercial, personal— y no de entretener o informar genuinamente, el contenido deja de tener motor propio. No entretiene, porque no está pensado para eso, sino como vehículo de un mensaje. No informa, porque no hay repregunta, chequeo o contraste; no se incomoda a quien no conviene y menos a quien paga o sostiene el proyecto. Es propaganda con estética de charla de café, sea con un político, un desarrollador inmobiliario, alguien que vive de la motovlogging y necesita sostener su personaje.

En ese contexto, los formatos y estilos se confunden; simulaciones periodísticas, liviandad en los temas y un abuso de la opinión, la anécdotas personal y los lugares comunes.

Blander vive una crisis profunda.

Blander vive una crisis profunda.

Ese formato funciona un tiempo por el efecto novedad. Pero enseguida se topa con un límite que en ciudades como Buenos Aires es mucho más estrecho que en Nueva York, Los Ángeles o Londres. El pool de historias reales, de personajes dispuestos a exponerse con algo genuino para contar es limitado. No existe la escala poblacional ni la diversidad de industrias para renovar el material todo el tiempo. Entonces el contenido empieza a circular sobre sí mismo: los mismos invitados, los mismos temas, la misma dinámica de shockear o validar a la propia tribuna.

El negocio real no está en la pantalla

El otro factor, tal vez el más determinante, es económico. Gran parte de estos proyectos no se sostiene con un modelo de ingresos genuino sino con aportes privados de personas y organizaciones que buscan construir marca personal, instalar un relato político o legitimar socialmente a una figura pública, antes que ser parte de la industria de la comunicación. Es plata que entra por fuera del circuito publicitario tradicional. Muchas veces en negro, con poca trazabilidad. El objetivo no es el rating sino el posicionamiento de quien financia.

Ese sistema de financiamiento tiene una lógica distinta a la de un medio que necesita ser creíble, confiable y entretenido para retener audiencia y, así, sostenerse con un ecosistema comercial que lo haga rentable. En el streaming como está concebido en Argentina no hay incentivo real para invertir en producción e investigación. Alcanza con sostener el clima, la agenda y el personaje del día. En el momento en que el financista pierde interés, cambia de bando o directamente entra en conflicto con sus propios empleados —como pasó ahora—, la estructura se cae. Esa es la explicación más simple de por qué el formato se agota. Producir contenido en serio —investigación, buena tecnología, equipos estables, periodismo con respaldo— es caro, y ese costo no lo cubre lo que el streaming factura genuinamente en Argentina.

Javier Milei en Carajo

Javier Milei en Carajo

Ningún proyecto, sea un canal de streaming o cualquier otro negocio, puede financiarse a pérdida de manera indefinida. Cuando la diferencia entre lo que cuesta sostener el estándar y lo que el mercado efectivamente paga la termina cubriendo un tercero con intereses ajenos a la audiencia, el canal no tiene un modelo de negocio.

Mendoza: la versión chica del mismo problema

Si en Buenos Aires el negocio se sostiene con contratos comerciales de peso y recursos de organizaciones políticas, en Mendoza el fenómeno tiene una escala mucho más artesanal. Pero el vicio de fondo es el mismo. Acá no hace falta un holding con oficinas y socios cruzados. Con una cámara, una casita convertida en estudio y un monotributo para facturar es suficiente. La estructura de costos es mínima. De esa manera el canal puede sostenerse mucho tiempo sin necesidad de una audiencia real, porque tampoco necesita facturar demasiado para justificar su existencia.

El problema es que la monetización genuina, la que depende de YouTube, de la publicidad tradicional, de un mercado que mida audiencia, es baja en cualquier plaza chica. En Mendoza directamente no alcanza para vivir de eso. Entonces el financiamiento efectivo termina viniendo, otra vez, de aportes privados y muchas veces por goteo. La empresa de seguros, la concesionaria de autos, el estudio jurídico, el desarrollador inmobiliario de turno, entre otros, que ponen plata no para publicitar un producto de forma transparente sino para construir la marca personal de quien conduce el canal. Es la distorsión más grave, pues la información que se ofrece no está pensada para que los ciudadanos tomen decisiones informadas sino para crear artificialmente la reputación y el negocio de quien financia. No es información, es un aviso clasificado disfrazado.

Dos de los líderes de los canales de streaming más populares.

Dos de los líderes de los canales de streaming más populares.

A esa lógica se le suma un problema de escala humana. Son círculos muy chicos, con egos que ocupan mucho más espacio del que el proyecto puede sostener. Alcanza un round de likes y compartidos entre el mismo grupo de conocidos para que el canal parezca relevante durante unas semanas, amplificado por el propio entorno en redes. Es un anabólico, una expansión artificial y efímera. El resultado es un ecosistema de streams mendocinos con ciclos de vida cortísimos, que se replican todo el tiempo con caras distintas pero el mismo guion. Hay bajo presupuesto, alta dependencia de un puñado de sponsors interesados, y la independencia editorial, la verdad o la repregunta directamente no entran en la ecuación. Esos valores quedan como un accesorio secundario frente a lo que el negocio necesita sostener.

Pinceladas sin volumen, paradigmas de cristal

Lo que termina de definir a este tipo de proyectos, ya sea en Buenos Aires o en Mendoza, es la combinación entre magnitud económica mínima y velocidad extrema de rotación. No es un negocio con volumen real que tenga un modelo sustentable. Es casi una pincelada personal. Sin estructura sólida, el contenido se vuelve repetitivo y ese vacío se llena con el propio conductor como protagonista permanente. El narcisismo como motor central del formato.

La combinación de baja base económica, cero profundidad y mucho ego explica también la velocidad pasmosa con la que se arman y se destruyen paradigmas dentro de este ecosistema. Del otro lado, la audiencia cambia. Al principio el enganche se genera con el impacto; la frase fuerte, la locura, el exabrupto que se viraliza. Después viene una segunda etapa, donde el conductor empieza a jugar el personaje del que "sabe", del especialista informal que explica lo que otros aparentemente no comprenden. El público, con el tiempo, se vuelve más perceptivo y empieza a notar el interés comercial detrás de cada recomendación y la subjetividad absoluta que atraviesa cada análisis. Esa toma de conciencia es el principio del fin de cada ciclo. Cuando la gente asimila que no está recibiendo información sino un comercial disfrazado de contenido, el canal pierde la única moneda que realmente tenía, que es la confianza.

La misma trampa, distinta liga

Vale la pena separar los planos, porque no es lo mismo. En Buenos Aires el nivel profesional y empresarial del streaming es de otra escala: hay producción, hay equipos con oficio periodístico, hay canales que en términos de calidad de contenido le compiten de igual a igual a la televisión tradicional. En ese caso el problema no es la falta de profesionalismo, sino la sostenibilidad económica y la dependencia editorial. Son proyectos que, aun con calidad, no cierran solos desde lo financiero y terminan funcionando como usinas de la grieta.

En Mendoza el fenómeno es distinto porque no hay ese nivel de despliegue y la disputa ideológica no tiene la escala relevante como ocurre a nivel nacional. El eje pasa mucho más por la marca personal y por intereses creados. El canal existe para instalar a alguien o a algún negocio, no para pelear una batalla cultural. Menos grieta, más comercial encubierto.

Nada de esto quiere decir que el streaming no tenga lugar en el ecosistema de medios. Lo tiene y probablemente crezca. Pero el modelo que se impuso tanto en Buenos Aires como en plazas más chicas como Mendoza tiene una vida útil corta casi por diseño. Son mercados distintos, pero la lógica es idéntica y el resultado también.

Cada canal que explota, factura fuerte unos meses o gana notoriedad en su círculo y después se derrumba o simplemente se apaga sin ruido, deja la misma enseñanza. Sin genuina propuesta de valor para la audiencia, sin historias nuevas y sin condicionamientos respecto de quien financia, el streaming argentino —de la escala que sea— corre el riesgo de convertirse en una sucesión de fuegos de artificio antes que en una industria sostenible.