1810: 25 de mayo, moda y mujeres
Un repaso por el 25 de Mayo, las mujeres y la moda rioplatense de 1810 marcada por el Estilo Imperio.
El cabildo el 25 de Mayo.
Archivo MDZObviamente que en esta nota no aparecerá Miranda Priestley, aquella editora famosa en el mundo de la moda europea con su revista “Runway” (una especie de “Vogue” en la ficción), interpretada magníficamente por Meryl Streep en la película “El diablo viste a la moda” para ayudarnos con esta semblanza sobre los usos de las tendencias femenina en mayo de 1810. Tampoco estarán Andrea Sachs (Anne Hathawway), ni Nigel (Stanley Tucci) en el reparto de nuestra escena. Aunque si debemos comenzar expresando que la moda rioplatense de 1810, en ciertos sectores acomodados de la sociedad, tenía una marcada influencia europea, apoyado en lo que se conocía como “Estilo Imperio”, cuyo look estaba lejísimo de nuestro recuerdo infantil sobre aquellos románticos actos escolares, cuando muchas de nuestras compañeras del colegio representaban a las infaltables “damas antiguas”.
La tendencia durante ese revolucionario tiempo que terminará consagrando al primer gobierno patrio estaba atravesado por usanzas provenientes de España, Francia e Inglaterra. Agregaremos también que los convulsionados años emancipatorios, no solamente produjeron cambios sociales y políticos, sino además transformaciones en la moda, accesorios y prácticas de higiene.
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Mucho hemos hablado sobre el papel relevante en los acontecimientos revolucionarios que ocuparon las mujeres, a pesar de que en los relatos históricos tradicionales quedaron prácticamente invisibilizadas. No en estas reseñas de MDZ, donde casi todas las mujeres que nombraremos tuvieron una nota particular en su momento.
Nunca estará de más volver a resaltar nombres, como la salteña “Macacha” Güemes, la porteña Mariquita Sánchez, las “Patricias Mendocinas” y Remedios Escalada, las tucumanas Manuela Pedraza y Águeda Tejerina de Posse, la heroína boliviana Juana Azurduy, la parda María Remedios del Valle, la bonaerense Francisca Silveira, la cuyana Martina Chapanay, y tantas otras que se destacaron por su coraje y pasión patriótica.
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Aunque en paralelo, también diremos que había mujeres en ese 1810 que marcaban “tendencia”, destacándose conjuntamente además de su patriotismo, por su porte y elegancia. Será el caso de Casilda Igarzábal de Rodríguez Peña, deslumbrante por su belleza y su intensa actividad política, apoyando a su esposo Nicolás Rodríguez Peña, uno de los líderes revolucionarios del momento; María Guadalupe Cuenca, otra mujer inteligente y bellísima, esposa de Mariano Moreno, quien escribió aquellas famosas cartas que nunca llegaron a destino y reflejarán el pensamiento de la época; y Juana Moro Aguirre, conocida como la "rubia de la patria", patriota salteña de gran belleza, que actuó como espía y mensajera, arriesgando su vida por la independencia.
Pero habíamos manifestado que la moda femenina en 1810 estaba marcada por el “Estilo Imperio”, tendencia que llegó al Río de la Plata influenciada por la Revolución Francesa y el imperio napoleónico. La histórica “influencer” de ese “outfit” (atuendo) fue Josefina de Beauharnais, la primera esposa de Napoleón Bonaparte, procurando una onda más simple y libre, en contraposición al lujoso rococó de la corte de María Antonieta de Austria.
El “Estilo Imperio” se caracterizaba por vestidos de talle alto, con la falda cayendo debajo del busto, lo que eliminaba la necesidad de corsés ajustados y marcaba una silueta más natural. Estaban confeccionados con telas livianas como gasa o algodón. También de muselina, muy fina y casi transparentes (aún en invierno), llevando debajo del atuendo solo una enagua de la misma tela, de allí que la enfermedad más común entre las mujeres de ese momento fuera era “el mal de la muselina”, por las bronquitis aguadas que llevaban hasta la muerte.
Los tonos predominantemente eran pálidos: blanco, marfil, pastel u ocre, cabal reflejo de sobriedad. Por ende, he ahí un cambio que vinculará la moda y las nuevas ideas. Afuera quedarán aquellos postulados donde los voluminosos miriñaques, con sus estructuras de aros que ensanchaban las caderas, y esos ceñidos corsés que marcaban la cintura de manera extrema, cederán espacio al nuevo tiempo que acarreará un abierto rechazo al lujo excesivo asociado con la monarquía. Cunden los tiempos de libertad, igualdad y fraternidad.
Las faldas, bien holgadas, llegaban hasta los tobillos (no tocaban el piso). Los escotes eran amplios, a menudo cuadrados, y se usaban frunces para resaltar el busto, presentando mangas cortas e infladas o en ocasiones largas y ajustadas.
La bijouterie y sus riesgos
La bijouterie siempre fue un símbolo de status. Por ejemplo, “la peineta” que acomodaba un peinado recogido, generalmente en forma de rodete. A veces esas peinetas estaban adornadas con perlas o camafeos. A través de los años irán cambiando sus materiales y su tamaño. De hecho, para 1810 las peinetas que encontrábamos eran pequeñas. Estaban fabricadas con astas de animales o con caparazones de tortugas, aunque por ser construidas con materiales orgánicos podían presentar un riesgo bastante desagradable: el olor que emanaba de esos elementos cuando el tiempo empezaba a descomponer sus partes.
Los abanicos, todo un ícono de la coquetería femenina, se elaboraban con varillas de madera o marfil y telas pintadas. Las joyas, como collares de perlas, pendientes y pulseras, completaban el look de las damas patricias.
También la mantilla (de origen español) generalmente era de encaje calado. Fue un accesorio imprescindible para concurrir a misa o alguna celebración en el cabildo. Los zapatos casi siempre de tela, frecuentemente blancos o negros, y serán las mismas damas quienes los cosían y bordaban con mostacillas, para luego los zapateros colocarles las suelas con bajísimos tacones. Algunos zapatos eran importados de Europa (también los de caballeros), tenían grandes hebillas de bronce y eran carísimos. Por tanto, será anacrónica la imagen que tenemos en el imaginario popular del 25 de mayo de 1810, donde las mujeres usaban inmensos peinetones, miriñaques y tacos altos.
¿Sombrillas y/o paraguas?
Las sombrillas representaban un símbolo de poder, porque tener la cara con la piel curtida o quemada por el sol era algo menospreciado por estar asociado al trabajo manual. En otras palabras, la antipatía ante el bronceado respondía a cánones de belleza de las clases altas, donde la palidez era el último grito de la moda. Estar tostado era síntoma de pobre. Por consiguiente, la sombrilla (no el paragua, todavía) era un elemento de lujo, patrimonio exclusivo de las clases pudientes.
Los primeros (mal llamados) paraguas que se observaron en suelo criollo fueron exportados de Londres. Más bien, eran sombrillas para contrarrestar el efecto del sol. Fueron de tela permeable, que poco podían proteger de las gotas de lluvia. Es improbable que durante las jornadas de mayo los paraguas hayan estado presentes, pues era un atributo expresamente femenino, y por esa época, que una mujer anduviera por la calle no era bien visto, ni aun siendo acompañada por su esposo. Menos en tiempos de revolución. Sí existirá una especie de paragua “nacional” (ocupado en las haciendas o en la guerra), que consistía en una carpa cuadrada sostenida de un palo, pero sumamente pesado, y eran los esclavos - sirvientes quienes acompañaban a su patrón sosteniéndole el accesorio.
Otro antecedente sobre la muy exclusiva existencia de los paraguas en el Río de la Plata fue aquel documento que se conserva en el Archivo General de la Nación, sobre un inventario de mercaderías de una tienda porteña de 1795. Entre los artículos inventariados se destacan 27 paraguas de hule que se vendían a 4 reales cada uno. Pero también en la aduana del puerto quedaron “durmiendo el sueño de los justos” un lote de 12 paraguas franceses que un importador nunca retiró. Pero esto databa de 1837, cuando esa moda del paragua de caballero recién se había impuesto en Paris.
La ropa de la mazamorrera
Toda aquella mercadería “caliente, para que te quemen los dientes”, pregón mediante, resultará simpática a la imaginación, aunque será absolutamente increíble que se haya suministrado en ese momento candente. Los vendedores ambulantes de leche, velas, leña, agua hervida (que era carísima) o mazamorras, provenían de los suburbios alejados del centro neurálgico. Generalmente eran afrodescendientes que representaban casi la mitad de la población de Buenos Aires. En paralelo, para corroborar ese absurdo, consideremos: lluvia, distancia, largos viajes, que seguramente habrían hecho perder el calor propio del producto emanado del horno, la parrilla o la olla. Entonces, de caliente, casi nada.
Pero además en tiempos de pleno conflicto revolucionario, será muy poco probable que “los infernales chisperos” de French y Beruti, quienes tenían la expresa misión de controlar celosamente el ingreso a la Plaza de la Victoria (hoy, Plaza de Mayo), hayan dejado pasar a esa señora de tez morena, más allá de la calidad de sus productos y de su bonhomía. Mucho menos aún, considerando que esos hipotéticos vendedores ambulantes eran esclavos y dependían directamente de “sus amos”, quienes tampoco, seguramente, jamás los hubieran autorizado salir de la propiedad, mucho menos sobrellevándose en Buenos Aires una revolución.
Y para romper abruptamente la imagen que quedaba en nuestro imaginario de aquellos tiempos colegiales, siempre en función de la verdad histórica, concluiremos expresando que esas "negritas" de mayo de 1810, nunca usaron polleras rojas a lunares blancos. Lamento desilusionarlos. Esas señoras, protagonistas ineludibles de nuestros actos, utilizaban vestimentas con telas lisas, o a lo sumo a rayas. Las telas con lunares llegarán al puerto de Buenos Aires aproximadamente hacia 1900, es decir 90 años después de la Revolución de Mayo. De todas formas, ese fervor escolar y aquel recuerdo patrio, jamás borrará la pasión nacional que emanó siempre de nuestras escuelas, a partir de las representaciones propuestas por queridas y comprometidas maestras, que con tanto patriotismo gestaron (gestan) esos actos escolares, génesis indiscutida del mejor recuerdo que nuestra memoria colectiva guarda de la historia argentina.