¿Cómo fue la vida de Josefina de Beauharnais antes de conocer a Napoleón?
Había nacido en el archipiélago de las Antillas Menores, precisamente en la volcánica isla Martinica, un 23 de junio de 1763. Su nombre: Marie Josèphe Rose Tascher de la Pagerie, apodada “Yeyette” para la familia, aunque todos en la historia la recordarán como Josefina, “emperatriz de Francia”, por haber contraído matrimonio en 1796 con Napoleón Bonaparte.
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La famosa emperatriz Josefina también ostentará otras ponderaciones nobiliarias. Ya antes de conocer a Napoleón era vizcondesa y después de separarse de Napoleón adoptó el título de duquesa. Pero como bien dijo el fabulista de la Antigua Grecia, Esopo, “no todo lo que brilla es oro”. He aquí algunos detalles que quizás pocos conozcan.
Alta, trigueña y con complejos
La isla Martinica, “la perla de las Antillas”, fue durante mucho tiempo una colonia francesa de esclavos que trabajaban en las plantaciones de tabaco y azúcar. Joseph Gaspard Tasche, el millonario padre de la futura emperatriz, poseía una extensa propiedad llamada “La Pagerie” donde sus antepasados habían sido algunos de los primeros colonos franceses que se radicaron en Martinica. Será en esa región caribeña, poblada mayoritariamente por esclavos traídos de Guinea, donde Josefina vivió sus primeros años de vida.
Era esbelta, alta, de tez trigueña, muy llamativa, pero con un complejo que la acompañó gran parte de su adolescencia. Tenía sus dientes de color amarillento y plagados de caries, por lo cual escondía tras su presunta seriedad, el truco de hablar poco y prácticamente no sonreírse para no mostrar su dentadura. ¿La causa?; seguramente haberse criado masticando dulces cañas de azúcar desde muy niña.
Mientras vivió en la plantación, dicha característica no fue traumática. El problema surgió cuando fue a estudiar al aristocrático colegio de monjas “Damas de la Caridad” en plena capital de Martinica. Si imagen de mujer de campo contrastaba claramente con la refinada alcurnia de niñas educadas en ámbitos acomodados y urbanos. Su apariencia imponente, su dentadura y sus caries, la convirtieron en el centro de las chanzas, a lo que se agregaban los problemas económicos que su familia sufría. Un terrible huracán destruyó prácticamente su casa y el vicio empedernido de su padre por el juego de cartas, el alcohol y las mujeres, los dejó prácticamente en la ruina.
Josefina y el casamiento “arreglado”
Una alternativa familiar para escaparle a “la yeta” fue casar a una de las hijas del juerguista y derrochón Joseph Gaspard Tasche con alguien adinerado. La oportunidad fue brindada por la tía Désirée, quien estaba casada en Paris con el aristócrata François V, Vizconde de Beauharnais, Barón de Beauville, Marqués de La Ferté-Beauharnais y de Henriette Pyvart de Chastillé, quien por ese entonces poseía una enfermedad terminal. Obviamente, con semejante abolengo, esa era una oportunidad para no desperdiciar. Lo cierto fue que, en 1778 la salud de François de Beauharnais, empeorará rápidamente. Había que apurarse; entonces la tía casamentera hizo unos arreglos para que la hermana de Josefina, Catherine, se comprometiera con el hijo de François: Alejandro, vizconde de Beauharnais y oficial de la marina francesa, quien era hijo de Marie Anne Henriette Françoise Pyvart de Chastullé, la primera esposa de François V.
Pero no todo salió como se pensó. A la tía Désirée, nunca le dijeron que Catherine había fallecido de tuberculosis dos meses antes. Entonces para satisfacer los anhelos familiares decidieron enviar a Manette, hermana menor de Josefina de 11 años. Pero la niña enfermó de malaria antes de partir. No había más opciones, la enviada obligadamente a casarse sería Josefina, quien no quería saber nada con el plan familiar porque estaba enamorada, según las crónicas, del teniente Scipion du Roure.
En fin; finalmente Josefina tuvo que obedecer y se casó en Paris con Alejandro de Beauharnais, el 13 de diciembre de 1779, en una pequeña iglesia de Noisy-le-Grand. El matrimonio tuvo dos hijos: Eugénie y Hortensia.
Josefina vivió una vida muy desdichada en Paris durante ese primer tiempo de casada. Recién nacido su primer hijo se enteró que Alejandro era amante de su prima hermana, Laure de Girardin de Montgérald, con quien también tuvo un hijo al mismo tiempo que había nacido Eugène. El matrimonio atravesará fuertes crisis, mientras Alejandro viajaba por campañas militares o cuestiones políticas.
En medio de esos tantos viajes de su marido, Josefina volverá a quedar embarazada, naciendo en forma prematura, Hortensia, cuando Alejandro estaba en una plena campaña por Maguncia. Para mayores complicaciones, la amante de Alejandro (Laure), la acusará a Josefina de infiel, siendo expulsada de la casa donde residía en Paris bajo el cargo de adulterio y obligándola a alojarse en la abadía de Pentemont, destinada a las antiguas amantes de los reyes, duquesas díscolas que se ocultaban allí durante el embarazo de algún hijo fuera del matrimonio, hijas a las que sus padres recluían cuando se ausentaban de casa para que no estuviera en riesgo su honor o, como Josefina, mujeres repudiadas.
En contacto con sus nuevas compañeras de abadía aprenderá modales y “tácticas” para ser atractiva, templará su carácter y enterrará sus complejos para siempre. Junto con la revolución francesa había nacido también una nueva Josefina, asesorada por aquellas mujeres que le habían “abierto el ojo”. Luego de esa estadía “marginal”, pero aleccionadora, regresará temporariamente a Martinica.
El regreso del Caribe que la condujo a Napoleón
Tras la experiencia en su tierra natal volverá a Paris (1791). Una sublevación de esclavos en el Caribe, hicieron que huyera para salvar su vida. La capital de Francia por ese tiempo era un caos, mientras se instauraba la Primera República Francesa. En el medio de tal convulsión llegará “el Régimen del Terror” y Alejandro de Beauharnais, su ex, morirá en la guillotina acusado de traición a la patria.

En tanto, la renovada Josefina (muchos la tildarán de “arribista”) había comenzado una ascendente carrera social, no exenta de controversias y dificultades. Su forma de vincularse con la sociedad parisina le ofrecía ciertas garantías, pero también en medio de tanta confusión, algunos riesgos inesperados. Será amante de influyentes hombres (Jean-Lambert Tallien y François Barras, principal líder del Directorio en 1795); estará presa en El Carmes, y en ese cautiverio conocerá al joven general Lazare Hoche, de quien se enamorará perdidamente. Nos cuentan algunas historias que cuando conoció a Napoleón estaba todavía muy enamorada de Hoche, hecho que la hizo dudar de casarse con ese joven campesino y militar que luego terminará siendo rey.
Josefina saldrá en libertad ayudada por sus amigos influyentes. Su círculo de vinculaciones se ampliará considerablemente: Louis Fréron, Emmanuel-Joseph Sieyès, Jean-Baptiste Louvet de Couvray, Jean-Frédéric Perregaux, Gabriel-Julien Ouvrard, entre muchos políticos, millonarios y aristócratas. Pero será Paul Barras (quien llamaba a Josefina: “la viciosa criolla”), su amigo, protector y circunstancial amante, quien le presentará a Napoleón Bonaparte. Y ahí comenzará otra historia bastante más conocida.


