¿Quién fue Manuela Pedraza, "la Tucumanesa"?
Cuando “las hembras peleaban como varones”
“Con un fusil de chispas y muchas ganas / Peleó doña Manuela, la tucumana /Este triunfo, ganaron, nuestras mujeres /Las hembras que han peleado como varones”. Reconocimiento hecho copla, en la voz de otra inolvidable tucumana: Mercedes Sosa; con letra de Félix Luna y música de Ariel Ramírez. Homenaje a Manuela Hurtado y Pedraza. Soldado de “la reconquista” ante las Invasiones Inglesas. Guerrera en aquel Buenos Aires de 1806. Fusil en mano. Corajuda. Apelativo: “La Tucumanesa”, como a todas las nacidas en la amplia Intendencia de Salta del Tucumán, cuando el virreinato del Plata era conducido por el virrey Rafael de Sobremonte (1745 – 1825).
Desterrada ante el escarnio público
Manuela había nacido, presumiblemente, cerca de 1780. No hay papel que lo certifique. El primer dato concreto sobre su vida, data del 6 de mayo de 1798. Ese día se acercó a una parroquia de San Miguel de Tucumán. Pidió bautizar a su hijo con el nombre de Juan Cruz. “¿Apellido?”; le preguntaron. “Pedraza”; contesto Manuela. El asistente de la iglesia levantó la vista, e insistió: “¡el apellido del padre, le he pedido!”.
No hay nombre del padre. Aquel cobarde con sangre aristocrática se había “escondido”. Lo cubriría su abolengo y todo un cínico linaje familiar. Así eran las hipócritas usanzas de la época y del lugar. Sin embargo, la retorcida condena social la empujó a marcharse a ella, con la sola culpa de no querer abortar. Y así se fue “la Manuela” de los “pagos” del Tucumán. Precio alto que toda madre soltera, muy injustamente por ese tiempo, casi siempre debía pagar.
Era una trigueña esbelta. “China grandota”, comentaban en Tucumán. Al tranco de una mula tardó semanas en llegar a Buenos Aires. La vida porteña le ofrecerá otra posibilidad. Conoció un nuevo amor: el cabo del Cuerpo de Blandengues de la Frontera, José “el asturiano” Miranda. Y ahí se quedó. El segundo cuartel militar de la ciudad de Buenos Aires pasó a ser su nuevo barrio y su hogar.
Mientras tantos, España y sus colonias se mostraban acorraladas ante el surgimiento de nuevas ideas antimonárquicas; el acecho de potencias extranjeras; la incompetencia de sus funcionarios y la derrota de su flota marítima en Trafalgar, lo que hacía todavía más vulnerable las fronteras virreinales, sobre todo, aquellas más alejadas de la metrópoli, como fue el caso de las costas rioplatenses.
El puerto de “Nueva Arcadia” y la invasión inglesa
El Buenos Aires de ese tiempo tenía aproximadamente 45.000 habitantes. El puerto había crecido mucho, sobre todo después que la ciudad fuera declarada capital virreinal (1776). El movimiento de mercaderías y embarcaciones era intenso. El comercio marítimo multiplicó las transacciones. Las operaciones legales y también las “non santas” (contrabando, productos falsificados, comercio clandestino de esclavos, coimas, funcionarios corruptos, etc.), habían puesto a Buenos Aires en boca de todos, convirtiéndolo en uno de los puertos más rentables de América.
El virrey había solicitado refuerzos a España para la defensa de la ciudad ante la advertencia del riesgo de invasiones extranjeras. Buenos Aires se mostraba como muy tentadora. Mientras tanto, Sobremonte estaba convencido que armar batallones de criollos era un peligro ante la influencia creciente de las ideas revolucionarias americanas. Pero cuando “se quiso acordar” (“no la vio”, diríamos actualmente) los británicos al mando de William Carr Beresford pisaban las costas uruguayas. Así fue que el 24 de junio de 1806, el mayor inglés estaba en Ensenada, y al día siguiente, junto a 1.641 combatientes desembarcó en Punta de Quilmes. La defensa virreinal fue un rotundo fracaso.
Los hechos se precipitaron vertiginosamente. La historia real y la leyenda urbana se mezclaron una vez más. Sobremonte se fue a Córdoba con los caudales. Se le rompió la carreta en medio del lluvioso viaje. Perdió parte de los tesoros. La ciudad porteña quedó desprotegida, y el 27 de junio las autoridades virreinales se rindieron. Los británicos desfilaron por la Plaza Mayor (hoy, Plaza de Mayo) y enarbolaron la bandera británica por 46 días (hasta el 12 de agosto: “La Reconquista”). Casi todos los españoles del cabildo y muchos criollos (con honrosas excepciones: Belgrano entre ellos), juraron fidelidad al rey de Gran Bretaña e Irlanda: Jorge III. En tanto, Buenos Aires fue rebautizada por los ingleses como “Nueva Arcadia”, en recuerdo a aquella famosa y legendaria tierra griega.
El amor y “la reconquista”
La rebeldía criolla siempre fue un bien preciado. Entre balas y cañones, no todos se doblegaron ante el dominio extranjero. Se peleó con las armas que había. En la escuela nos contaron que ante el avance de los soldados ingleses les respondíamos a piedrazos y con aceite hirviendo que tirábamos desde los balcones. Fue cierto. Pero también hubo más.
En una de esas escaramuzas por recuperar Buenos Aires, Manuela Pedraza vio como una bala inglesa perforaba el pecho de su marido. José Miranda yacía en el piso y moría lentamente. Ella sin dudarlo, corrió a enfrentar a ese inglés que pertenecía al cuerpo de “dragones ligeros”, y que había disparado contra su amado. Le arrebató el fusil en un enfrentamiento cuerpo a cuerpo; miró fijo al matador británico y avanzó con los ojos llenos de fuego y furia. El invasor dudo un instante, y ese fue el tiempo suficiente para que Manuela le reventara la cabeza de un escopetazo. Miró atrás. Un charco de sangre rodeaba a Miranda. Retrocedió y lloró junto al finado, mientras dos criollos la desprendían de la escena, llevándosela a la rastra para protegerla.

“Manuela Pedraza, la Tucumanesa, se sumó a la lucha en torno a la Plaza Mayor en agosto de 1806. Según el informe enviado a la Corona por Santiago de Liniers, jefe de las fuerzas que recuperaron la ciudad, era ‘la mujer de un cabo’ que ‘combatiendo al lado de su marido con sublime entereza mató a un soldado inglés del que me presentó el fusil’ (escribe Liniers). No hay muchos datos sobre esta mujer, salvo que una real cédula de febrero de 1807 le otorgó el grado de subteniente de infantería, con goce de sueldo de por vida, lo que no deja de ser interesante porque es uno de los pocos documentos en los que el rey le concede sueldo y grado militar a una criolla. Esto no impidió que, tras la Revolución, viviese en la miseria”. (Felipe Pigna: “Mujeres tenían que ser. Historias de nuestras desobedientes, incorrectas, rebeldes y luchadoras”. Planeta. 2011. Pág. 180).
La historia conocida y las vidas tristemente desconocidas
De ahí en más vistió como un soldado. Y de luto. De los testimonios que se conservan, a nadie le sorprendió el hecho que la viuda se hubiera “despachado” a un soldado enemigo. Ese inglés no fue el primer muerto que ella cargaba consigo. Eran tiempos de guerra, inimaginable en nuestra época, donde hasta los niñitos pedían armas para incorporarse a las guerrillas.
Una carta de Liniers (ascendido a virrey tras “la reconquista”) dirigida al rey Carlos IV, hará que éste, conceda a Manuela el cargo de subteniente de infantería, mientras el Cabildo la nombrará “Soldado del Cuerpo de Artillería de la Unión”.

Nada menguó la pérdida de su amor. Y como siempre pasa en nuestra historia, al poco tiempo, la heroína sucumbió ante el olvido de sus pares contemporáneos y la negligencia de muchísimos futuros historiadores. Es habitual leer documentos en que las invisibles mujeres luchaban con “virtudes sensibles”, mientras que los hombres poseían un marcado “profesionalismo militar” (palabras de Cintia Oliverio).
Muchos de aquellos “profesionales”, a lo largo de nuestra historia ostentaron una exagerada y tendenciosa buena prensa, mientras que mujeres como “la Tucumanesa”, de no ser rescatadas por la literatura, las novelas o la música popular, hubieran brillado eternamente por su ausencia. Injusticia presente. Y de ayer también. Ella se cansó de pelear para que le pagarán el sueldo prometido. Fue desalojada de la pieza del conventillo donde vivía en dos oportunidades, sufriendo juicios con el cargo de usurpación. Terminó zaparrastrosa y desquiciada. Humillada. Tirada en la calle.
Mira hasta dónde hemos llegado. Ayer; siempre. Es que a veces, necesariamente pendientes de la durísima coyuntura, nos olvidamos de revisar nuestra historia. “La Tucumanesa” murió en 1850. Yo que sé dónde está enterrada. Se perdió en los recovecos del pasado. En el fondo, es la perra vida de otra triste mujer olvidada. Es la cruel historia argentina.


