¿Por qué el Pro?
En un contexto de polarización (kirchnerismo vs. mileísmo), lo difícil —y necesario— es frenar la comodidad de las respuestas simples y preguntarse qué modelo de país es sostenible en el largo plazo. Esta es, en el fondo, una invitación a repensar el rol del partido que debería estar liderando esa conversación.
Mauricio Macri junto con Jorge Macri y Soledad Martínez en la cumbre del PRO.
Prensa PROEl PRO probablemente sea el partido más profesional de la Argentina. Es el que más ha intentado basar sus políticas en evidencia, el que más ha invertido en formar a sus dirigentes y el que más ha trabajado en pensar soluciones de largo plazo para mejorar la vida de los argentinos. Tiene una identidad clara.
El problema es que esa identidad hoy no se traduce en representatividad. Y ahí aparece una explicación muy conocida: La Libertad Avanza logró captar ese electorado combinando dos elementos muy eficaces. Por un lado, resultados económicos concretos, especialmente en la baja de la inflación. Por otro, una estrategia comunicacional directa, emocional y, en muchos casos, de lógica populista.
En ese esquema, el PRO jugó —y sigue jugando— un rol clave. Buena parte de la capacidad técnica del actual gobierno proviene de sus filas. Eso permitió implementar reformas económicas profundas con un nivel de consistencia que difícilmente se hubiera logrado sin ese respaldo profesional. 5 de los 9 ministros del gobierno de Milei gobernaron con Macri, y una innumerable cantidad de funcionarios de segunda línea también.
Ahora bien, lo que en el PRO fue siempre una fortaleza —su apego a lo institucional y su rechazo a simplificar la complejidad— también funcionó como límite. Cuando fue gobierno no logró construir la legitimidad social necesaria para avanzar al ritmo que su propio diagnóstico indicaba. En cambio, el gobierno actual prioriza resultados y subordina la comunicación a ese objetivo, utilizando herramientas más efectivas para captar atención y sostener apoyo.
Ahí aparece un riesgo. En el entusiasmo por la efectividad, se puede caer en la tentación de descuidar la calidad institucional. Y eso no es un detalle menor: sin reglas claras, incentivos estables y acuerdos que trasciendan coyunturas, las reformas tienden a ser reversibles.
Esa advertencia no es nueva. Está bien desarrollada en “Por qué fracasan los países”, de Acemoglu y Robinson, economistas que ganaron el Nobel en el 2024, donde se explica cómo los procesos de cambio que no se apoyan en instituciones sólidas suelen derivar en ciclos de avance y retroceso. Argentina, de hecho, es un caso bastante representativo de esa dinámica.
El desafío del PRO
El PRO, con sus aciertos y errores, ha tendido a moverse dentro de esa lógica institucional. Incluso cuando eso implicó costos políticos, el Pro es “acemoglurobinsista”. Pero el contexto actual no favorece ese enfoque. Hoy no cotiza la moderación ni la complejidad. Cotiza el mensaje corto, directo, emocional, diseñado para captar atención inmediata en un entorno saturado que satisfaga con un shock dopamínico de 3 segundos en un reel de Instagram. Hoy cotiza quien entienda el algoritmo.
Y eso plantea una pregunta incómoda: ¿cómo compite un partido que apuesta por el análisis y la planificación en una época que premia la simplificación extrema?
Si el modelo económico actual se consolida, es probable que el crecimiento se apoye principalmente en sectores como el agro, la energía y la minería. Eso puede fortalecer la macroeconomía y generar divisas para el mediano plazo, pero su impacto no será homogéneo en todo el territorio. Muchas zonas urbanas, especialmente aquellas alejadas de esos polos productivos, pueden tardar en percibir mejoras concretas en su vida cotidiana. Los datos de consumo serán desalentadores al lado de los de la inversión y las exportaciones.
Ahí puede abrirse una ventana. Un espacio para reconstruir representatividad desde lo cercano, desde lo concreto.
Tal vez el camino para el PRO sea replegarse estratégicamente y volver a consolidarse desde lo local. Demostrar capacidad de gestión en ciudades y provincias, formar nuevos liderazgos y volver a conectar con demandas reales, sin necesidad de caer en simplificaciones vacías.
No se trata de competir en quién grita más fuerte, sino en quién brinda mayor esperanza en un nuevo contexto de desilusión. De construir legitimidad desde resultados concretos donde se es oficialismo y desde perfiles precisos, suspicaces y profesionales cuando se es oposición. No se puede permitir que el péndulo de la representatividad se mueva hacia el kirchnerismo, hay que frenarlo antes.
El diferencial sigue siendo el mismo: método, diagnóstico y propuesta. Pero aplicado con inteligencia estratégica en el nivel donde puede generar impacto visible.
En ese proceso, puede surgir una nueva generación de dirigentes, formada, con vocación de gestión y capaz de interpretar el malestar social sin recurrir al atajo del populismo.
En última instancia, la supervivencia del PRO no es solo un problema partidario. También es una cuestión sistémica. Porque, más allá de sus límites, es uno de los espacios que puede contribuir a que las reformas no dependan únicamente de liderazgos coyunturales, sino que se sostengan en instituciones capaces de perdurar. Que los beneficios de la gestión económica de Milei sean perdurables y que se apalanquen sobre la intervención inteligente del Estado a futuro dependen de la materia gris que el PRO tiene.
Y ahí está, quizás, su principal desafío. Y también su mayor responsabilidad.
*El autor es secretario legislativo del Senado y dirigente del PRO.

