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Lo individual y lo colectivo, y el hambre de quien no tiene redes sociales

Muchas veces creemos que somos el ombligo del mundo, sin notar los problemas de quienes conviven en nuestra misma ciudad.


Este pasado jueves 2 de julio, y con el frío incrementándose en los diferentes sectores de la provincia de Mendoza, la Dirección General de Escuelas tomó la decisión (esa misma mañana) de suspender las clases en todo el territorio provincial, ampliando la decisión del día anterior que dejaba afuera al gran Mendoza, esto es, que declaraba que sí habría clases normalmente en las diferentes escuelas del casco urbano principal de la provincia.

Y con esa decisión tomada en el mismo día en que se debía aplicar, las críticas arreciaron sobre las autoridades de la DGE, con razonamientos muy entendibles “desde el sentido común”, pero sin comprender el real contexto en el cual se tomaron esas decisiones; como que la persona que desde la lógica simplificada de quien no tiene que definir si se dictan o no clases, se preocupa por su situación personal, referida a si le resulta fácil o difícil “colocar” a sus niños en la casa de la abuela sobre la hora, pretendiendo que habría sido más fácil si se suspendían las clases desde el día anterior en toda la provincia.

De eso debería tratarse la vida en sociedad: de no encerrarnos en nuestra individualidad.

En barrios marginados, las escuela son más que educación

Me resulta difícil de creer que quien se queja de esa manera, suponga que las autoridades de la DGE no se dieron cuenta el miércoles de que el jueves iba a hacer mucho frío. Me resultaría más entendible que hubieran preguntado antes de quejarse, o que hubieran abierto su mente un poquito más, para ver qué pasa en las cabezas (y en los estómagos) de todas esas personas que no tienen datos indiscriminados en sus celulares, ni tiempo para andar mandando mensajes por redes sociales. De este modo, dejar sin clases (y sin comida) a estudiantes de mil trescientas escuelas que reciben merienda o almuerzo, no sé cómo explicarlo simplemente, no es una decisión que deba tomarse a la ligera. Así, una vez que organismos técnicos, municipios, Defensa Civil, Vialidad, equipos territoriales y de Infraestructura Escolar observaran las complicaciones del fenómeno climático (que recién se notaron en la madrugada del jueves) fue que estuvieron los parámetros suficientes para, lamentablemente, tomar la decisión de dejar sin comida a esos niños y niñas, atento a que de todos modos no estaban en condiciones de llegar a las escuelas.

Si ya se, no es tu caso. Tu hijo o hija sí pudo llegar a la escuela, con la panza llena y el corazón contento, y fue un trastorno para vos tener que llevártelo de vuelta; es una complicación, es entendible el enojo “individual” que sentiste. Pero para quienes deciden sobre la educación de todas las personas de la provincia, la definición no es tan lineal. Y me parece loable que, aún sabiendo el nivel de agresividad que iban a recibir el jueves durante buena parte del día, por parte de decenas de personas que no deciden nada, pero que de todos modos aprovechan el celu para andarse quejando, de todos modos las autoridades de la DGE tuvieran la delicadeza de esperar hasta último momento antes de definir el cierre de las escuelas del gran Mendoza.

Dejar sin clases (y sin comida) a estudiantes de mil trescientas escuelas, no es una decisión que deba tomarse a la ligera.

El que hace, (a veces) se equivoca

Así es tomar decisiones: siempre alguien se siente perjudicado. Pero también es necesario declarar que vivimos en microclimas algoritmeados en redes sociales de minorías pudientes (vos y yo entre tantas gentes) y resulta fundamental que levantemos la vista para ver la cotidianeidad del resto de quienes habitan en nuestra ciudad. Que se pueden cometer errores, por supuesto. Pero pretender que somos los dueños de la verdad revelada y que todos los gobernantes son incapaces, es una simplificación floja, que deberíamos desterrar de nuestras mentes. Para juzgar, siempre es mejor entender el contexto en el cual las demás personas toman sus decisiones (no solo los gobernantes) porque si no, corremos el riesgo de no entender el verdadero motivo por el cual cada cual es como es. Y de eso debería tratarse la vida en sociedad: de no encerrarnos en nuestra individualidad, sino de compartir, solidariamente, la realidad del entorno.

* Pablo Gómez. Licenciado en Ciencias Sociales.

IG: @prgmez