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Las dádivas de Manuel Adorni frente al ejemplo de Elpidio, un argentino ejemplar

"A la patria no se le cobra". La frase de Elpidio González grafica su estilo de vida y contrasta con los hechos de la política contemporánea.

Elpidio González, un político con actitudes ejemplares. 

Elpidio González, un político con actitudes ejemplares. 

Elpidio González (1875 – 1951) acuñó una frase ejemplar en el marco de la política argentina: “A la patria no se le cobra”. Su expresión viene a cuenta, y contraponiéndose claramente, a las noticias que rebalsan la agenda diaria. Una vez más, creo oportuno recurrir al pasado para mostrar otra cara ética de la dirigencia social. “La historia es un ejercicio que se hace desde el presente”; lo repetiré una vez más. Esta nota será una semblanza que encumbra a la política en su correcta expresión: la historia de Elpidio González.

"No espero recompensas, ni la deseo"

Parece un cuento, pero es real. Y sucedió en la Argentina. Resulta que aquel vicepresidente de Marcelo T. de Alvear, le escribió una carta al por entonces presidente argentino, durante 1938-1942, Roberto Marcelino Ortiz. Decía textualmente:

"Habiendo sido promulgada la Ley que concede una asignación vitalicia a los Ex Presidentes y Vicepresidentes de la Nación, cúmpleme dejar constancia al Señor Presidente, que tiene a su cargo la Administración General del País' de mi decisión irrevocable de no acogerme a los beneficios de dicha Ley.

Entregado desde los albores de mi vida a las inquietudes de la Unión Cívica Radical, persiguiendo anhelos de bien público, jamás me puse a meditar, en la larga trayectoria recorrida, acerca de las contingencias adversas o beneficiosas que los acontecimientos podían depararme. No esperaba, pues, esta recompensa, ni la deseo y, al renunciarla, me complace comprobar que estoy de acuerdo con mis sentimientos más arraigados.

Confío en que, Dios mediante, he de poder sobrellevar la vida con mi trabajo, sin acogerme a la ayuda de la República por cuya grandeza he luchado y que, si alguna vez, he recogido amarguras y sinsabores me siento recompensado por la fortuna de haberlo dado todo por la felicidad de mi Patria. Saludo al Señor Presidente”. (6 de octubre de 1938).

El cajón de serafina

Elpidio González fue ministro de Yrigoyen en sus dos presidencias, diputado nacional, jefe de policías y vicepresidente durante la gestión de Alvear (1922-1928). Participó en la revolución radical de 1905 y fue un preso político por dos años tras el golpe de estado de 1930. Estuvo detenido en el mismo barco con Yrigoyen y trasladado a la Penitenciaría Nacional en la isla Martín García. Cuando quedó libre, volvió a su viejo oficio de vendedor ambulante de anilinas, tinturas, pomadas y cordones de zapatos. Era un trabajador más en la histórica fabrica “Colibrí”. También regresó a su tradicional morada en la Avenida de Mayo. Aquella pensión donde había vivido de joven, ya que le habían ejecutado la hipoteca que pesaba sobre su casa.

Elpidio González renunció a sus privilegios. Fue un destacado dirigente radical. Foto: Archivo.
Elpidio González renunció a sus privilegios. Fue un destacado dirigente radical. Foto: Archivo.
Elpidio González renunció a sus privilegios. Fue un destacado dirigente radical. Foto: Archivo.

Un radical de cuna. Rosarino. Nacido en 1875. Su padre fue el coronel Domingo González, soldado federal de “Chacho” Peñaloza, que participó en la revolución radical de 1893 en Rosario. Su madre: doña Serafina lo acompañó siempre. Cuando estudiante en Córdoba y en su estadía en Buenos Aires. Cuando doña Serafina murió, marchó sentado y solo, junto al cochero de la carroza fúnebre. La muchachada partidaria y sus amigos lo seguía en bicicleta. No tenía “un mango” para contratar otro carruaje. Un amigo carpintero le regaló el cajón mortuorio y los correligionarios del barrio le compraron la pintura negra para que él mismo pintara el féretro de su mamá.

El dato mata al relato

Esto también lo dijimos siempre. Se hizo evidente en el pasado reciente: “no son lo que decían; son lo que hacían”. La justicia determinó que eran corruptos. Muchos están presos.

Hoy, nuevamente la agenda cotidiana demuestra crudamente que existen certezas que golpean el corazón de los discursos sobre la austeridad. Lejos de la magnitud notoria que diferencia y contrasta tiempos recientes de gobiernos anteriores con la actualidad, una investigación judicial en curso señala al jefe de Gabinete, Manuel Adorni, y avanza con nuevas medidas de prueba, advirtiendo sobre las sospechas ante el financiamiento de viajes e indagando sobre el supuesto crecimiento de su evolución patrimonial.

La causa se originó a partir de la investigación de cómo se habría pagado, Adorni y señora, un viaje a Punta del Este. El piloto del vuelo de regreso declaró que Marcelo Grandío (conductor y productor de la TV Pública, que dependía de la jurisdicción de Adorni) fue el que pagó los viajes, contradiciendo al propio Adorni, que había establecido que los había pagado él. La justicia está actuando y será esta quien finalmente determinará el límite entre lo legal y lo legitimo. Muchas veces es legal, lo que paralelamente adolece de legitimación social, pues al quebrarse el plano ético se viola el contrato moral ante los ciudadanos con que un funcionario público sostiene sus relatos y se compromete previamente.

Volviendo a Elpidio

Así era Elpidio González: petisito; chueco; casi siempre de traje negro; un tipo culto; soltero; empleado de la empresa “Anilinas Colibrí” desde 1911; curtido contra el “régimen” encarnado por los liberales y conservadores de su tiempo, pero también en el fuego virulento entre las pujas sangrientas de “personalistas” y “antipersonalistas”. De veterano, usaba larga barba y se movilizaba ayudándose con un bastón. Era un político de raza. Radical. Un hombre cabal.

Cuando Yrigoyen en 1916 llegó a la presidencia, Elpidio tenía declarado un patrimonio de 350.000$. No era mucho. Una casa y algunos ahorros. Daba risa escucharlo hablar de su penosa situación personal. Quienes lo conocían sabían que no mentía. “En 1928, siendo Ministro del Interior en el segundo gobierno de Yrigoyen, tenía 65.000$, pero de deudas. Estoy fundido”, le contaba a Raúl Columba, un histórico taquígrafo y dibujante del Congreso Nacional.

Había rechazó el sueldo de vicepresidente estando en funciones, sosteniendo que estaba mal cobrar por algo para lo que el pueblo lo había elegido y que el honor era más remunerativo que cualquier sueldo.

La historia también cuenta que, mientras las deudas se le acumulaban a González, viviendo en una modesta pensión, viajando en tranvía (no toleraba cuando al ser reconocido no le querían cobrar el boleto) y siendo vendedor ambulante en trenes, tuvo que pedir al propietario de la pieza donde dormía unos días de gracia para poder pagar el alquiler atrasado. La noticia corrió como “reguero de pólvora”, llegando los comentarios de su paupérrima situación hasta el presidente Agustín P. Justo.

Enterado Justo de la contingencia, envió un emisario, su secretario personal, para entregarle un sobre cerrado a quien fuera vicepresidente. “De parte del presidente Justo le dejo este sobre. Le trasmito además el saludo del señor presidente”; habría dicho el mensajero. Eran unos miles de pesos y el ofrecimiento de un empleo en el estado. González reaccionó molesto en su dignidad. “Por más buena voluntad que existiera, nunca aceptaría esta dádiva. Dígale, gracias. Pero que no me ofenda el señor presidente. Mientras tenga dos manos para trabajar, no necesitaré limosnas. A la patria no se le cobra”. Fue la honorable respuesta de Elpidio.

Lo cierto fue que el diputado del Partido Conservador por Buenos Aires, Adrián Escobar, al tiempo presentó un proyecto de Ley que fue aprobado por absoluta mayoría. Disponía una jubilación vitalicia para presidentes de $3.000 mensuales y para vicepresidentes, de $2.000. En medio de los discursos y como argumento que daba fundamentación al proyecto, “se coló” entre los ejemplos y consideraciones, el caso del “pobre Elpidio González”. Enterado, se sintió ofendido. Es ahí donde se encuadra esas frases ya presentada en esta nota. Reitero: “Jamás me puse a meditar, en la larga trayectoria recorrida, acerca de las contingencias adversas o beneficiosas que los acontecimientos podían depararme. No esperaba pues, esta recompensa, ni la deseo”.

Volviendo a Adorni

La coyuntura es fluctuante, vertiginosa, dinámica. Los argumentos del día apuntan (entre otros) al posible delito de dádivas. La investigación gira sobre si aceptó el pago de pasajes y alojamiento. El mismo Adorni, sostuvo: “Me quedé en la casa de Marcelo Grandío”. En ese sentido, la ley de ética pública prohíbe a los funcionarios aceptar regalos o viajes de personas o empresas con contratos con áreas bajo su órbita. Ese sería solo uno de los cargos que deberá afrontar. Todo deberá probarlo. Existen certeza (ya lo dije), pero la justicia se vale jurídica y lógicamente por evidencias. Aunque en el fondo, lo que resulta interesante son los contrastes, y la nota debe ser el ejemplo de Elpidio.

Adorni y Karina Milei

Con esto estamos casi terminando. Por favor, no dejen de leer la anécdota de “Elpidio, Rubén Darío y el pibe”. Ahí quedará de manifiesto que cuando uno contrasta los relato con el nivel de vida, los bienes que se poseen y sus expresiones, queda al desnudo la hipocresía y la dificultad para sostener un discurso. Fin. O casi.

Elpidio, Rubén Darío y el pibe

Elpidio, y uno más de sus tantos viajes en tranvía. Se sentó atrás, al lado de un joven que estaba leyendo un libro: “Canto de vida y esperanza”, de Rubén Darío (1867 – 1916).

“Buen libro”, le dijo Elpidio al muchacho. El joven abandonó su lectura. Lo miraba incesantemente, mientras el vendedor ambulante y exvicepresidente de la nación, acomodaba las pomadas y la tinturas en un maletín de cuero y ordenaba unas monedas en su ajada billetera. No cruzaron una sola palabra hasta que Elpidio se levantó de su asiento para bajarse en su habitual parada de calle Cerrito. “Señor González”, grito el circunstancial acompañante, y tomando coraje continuó: “Para mí, sería un honor que usted aceptara de mi parte este libro de Rubén Darío”.

Elpidio lo miró agradecido. Como el abuelo emocionado que contempla a su nieto, y con la convicción y humildad de los grandes expresó: “Un funcionario, aunque ya no lo sea, no acepta jamás regalos o dádivas. Gracias. Y, además, recuerdo bien a Rubén Darío; mejor que a los precios de las pomadas y de estos cordones”. Sonrió tímidamente, y recitó una estrofa del autor nicaragüense: “y muy siglo dieciocho, y muy antiguo, y muy moderno; audaz, cosmopolita; con Hugo fuerte y con Verlaine ambiguo, y una sed de ilusiones infinita”.

Después de recitar su estrofa, tras la parada, bajó del tranvía y se perdió en la historia con toda la riqueza de su ética y digna pobreza guardada en un maletín viejo. Ese era Elpidio González. Un hombre prácticamente olvidado. Un espejo donde muchos deberían mirarse.

Tras seis meses internado en el Hospital Italiano falleció el 18 de octubre de 1951. En su testamento dejó constancia: “Anhelo ser enterrado con toda modestia. Suplico con amor de Dios, la limosna del hábito franciscano como mortaja y la plegaria de todos mis hermanos en perdón de mis pecados y en sufragio de mi alma". Ahora sí; tras el recuerdo de un hombre de bien: fin.