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Aporofobia: cuando el desprecio a los pobres se vuelve política de Estado

El rechazo a los más vulnerables se institucionaliza. El peronismo busca poner derechos, cuidado y dignidad en el centro de la Argentina.

 Ninguna democracia es plena si deja afuera a sus pobres y Argentina está hoy frente a esa pregunta.

 Ninguna democracia es plena si deja afuera a sus pobres y Argentina está hoy frente a esa pregunta.

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La filósofa española Adela Cortina acuñó una palabra para nombrar algo que el idioma no terminaba de capturar: aporofobia. El rechazo, el miedo y el desprecio hacia los pobres, hacia el que no tiene nada para ofrecer a cambio. No es xenofobia ni racismo.

Al extranjero rico se lo recibe con alfombra; al migrante que llega sin nada se lo expulsa. Lo que molesta no es el origen ni el color de la piel, sino la falta de recursos. Cortina lo explica con una lógica antigua, la del do ut des —doy para que me des—: una sociedad que mide a las personas por lo que pueden devolver termina viendo al que nada tiene como una carga, un costo, un descarte. Hace falta decirlo con todas las letras: en la Argentina de Javier Milei, la aporofobia dejó de ser un prejuicio social difuso para convertirse en doctrina de gobierno.

Empieza, como casi todo en esta gestión, por las palabras. En febrero de 2025, ante el Banco Interamericano de Desarrollo, el Presidente afirmó que «la justicia social es una aberración desde el punto de vista moral». Y fue más lejos. Calificó de aberrante la idea de que «donde hay una necesidad nace un derecho» —una frase que pertenece a Eva Perón—. Conviene detenerse ahí, porque no es una frase suelta, es una cosmovisión. Si la necesidad no genera derechos, entonces el hambre del otro no me obliga a nada, la enfermedad del otro no es un asunto público y la vejez desamparada es apenas un problema individual. Es, palabra por palabra, la traducción política de la aporofobia: el pobre como alguien que no tiene derecho a tener derechos. A esa doctrina la acompaña un estilo. El discurso presidencial ante el Congreso de marzo de 2026 acumuló, según el relevamiento de Chequeado, más de cincuenta insultos: «parásitos», «chorros», «brutos», «cavernícolas». El desprecio no es un exceso de carácter ni un rasgo pintoresco, es un método. Deshumanizar al adversario y al vulnerable es siempre el paso previo para poder ajustar sin culpa. La aporofobia de este gobierno no se queda en el verbo. Se hace decreto, veto y gas pimienta.

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Al extranjero rico se lo recibe con alfombra; al migrante que llega sin nada se lo expulsa.

Al extranjero rico se lo recibe con alfombra; al migrante que llega sin nada se lo expulsa.

La discapacidad fue el caso más brutal

El Congreso sancionó la Ley de Emergencia en Discapacidad para actualizar prestaciones que la inflación había pulverizado. Milei la vetó. El Congreso rechazó el veto con dos tercios en ambas cámaras, algo que no ocurría hacía 22 años. Y aun así, el Ejecutivo promulgó la ley pero suspendió su aplicación por decreto, con la excusa del financiamiento. Ni el voto popular ni el de sus representantes alcanzan cuando se trata de los que menos tienen. Los jubilados conocieron la misma lógica. Vetó el aumento del 7,2% y la suba del bono, que quedó congelado en 70.000 pesos cuando la ley lo llevaba a 110.000, y dejó caer la moratoria previsional que permitía jubilarse abonando los aportes faltantes. Y cada miércoles, cuando los jubilados marchan al Congreso a reclamar por sus remedios, la respuesta fue el gas pimienta, las balas de goma y los bastonazos. Reprimir a los adultos mayores: difícil imaginar una imagen más nítida de lo que significa despreciar al más humilde.

La salud pública corrió igual suerte. El Hospital Garrahan, orgullo de la pediatría latinoamericana, fue obligado a funcionar en 2025 con el presupuesto de 2024 (una caída real cercana al 30% frente a la inflación). Renunciaron más de cien profesionales formados en el sistema sanitario público, que tuvieron que marcharse al sector privado o al exterior para poder subsistir. Mientras se cerraban comedores y se auditaba a las organizaciones sociales como si fueran sospechosas, el Ministerio de Capital Humano mantenía más de cinco millones de kilos de alimentos guardados en galpones, en un país donde casi la mitad de los chicos es pobre. No hay mejor síntesis de la aporofobia: comida que sobra, encerrada lejos del hambre que falta.

El Papa Francisco le había puesto nombre a todo esto

Lo llamó «la cultura del descarte. Acuñó la expresión en Evangelii Gaudium (2013), donde advirtió que hoy «se considera al ser humano en sí mismo como un bien de consumo, que se puede usar y luego tirar», y denunció una «economía de la exclusión y la inequidad»; «esa economía mata». En Laudato si' (2015) mostró que esa cultura del descarte «afecta tanto a los seres humanos excluidos como a las cosas que rápidamente se convierten en basura», hermanando la suerte de los pobres con la del planeta. Y en Fratelli tutti (2020) lo dijo sin rodeos: «objeto de descarte no es sólo el alimento o los bienes superfluos, sino con frecuencia los mismos seres humanos», sobre todo los pobres, las personas con discapacidad y los ancianos, a quienes se deja de amparar cuando «ya no sirven».

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El Hospital Garrahan, orgullo de la pediatría latinoamericana.

El Hospital Garrahan, orgullo de la pediatría latinoamericana.

La aporofobia es precisamente eso

Una sociedad entrenada para mirar hacia otro lado. Cinco millones de kilos de comida pudriéndose mientras un chico tiene hambre no es un error administrativo, es una cultura que decidió que hay vidas que sobran. La aporofobia no se mide en el índice de pobreza, sino en cómo se trata a los pobres mientras se trata de resolver el problema. Un gobierno puede mejorar una estadística y, al mismo tiempo, construir una cultura del desprecio. Y acá tenemos que mirarnos al espejo, sin anestesia. Si la aporofobia avanzó hasta volverse gobierno, es también porque buena parte de la sociedad dejó de creer que existía otra cosa. Y de esa pérdida de confianza, una parte es responsabilidad nuestra.

El peronismo nació como exactamente lo contrario de la aporofobia. Una doctrina que puso al trabajador, al humilde, al descamisado en el centro de la escena; que dijo que donde hay una necesidad hay un derecho y lo convirtió en hospitales, en escuelas, en vacaciones, en dignidad. El peronismo nunca confundió justicia social con dádiva: el propio Perón enseñó que «el trabajo es un derecho que crea la dignidad del hombre y es un deber, porque es justo que cada uno produzca por lo menos lo que consume». Esa es nuestra identidad y nuestra mayor fortaleza.

Y hay una manera más honda de entender lo que está en juego. La filósofa Amelia Podetti —peronista, formada en las Cátedras Nacionales y autora de La irrupción de América en la historia— enseñó que «la realidad se ve mejor desde la periferia que desde el centro». Para Podetti, América no era un margen atrasado al que el mundo desarrollado venía a corregir, sino el lugar desde donde, por primera vez, se hizo visible la totalidad del planeta: la periferia no como descarte, sino como punto de partida y como sujeto de la historia. No es casual que el papa Francisco haya reconocido que de ella tomó «la intuición de las periferias».

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La aporofobia no se mide en el índice de pobreza, sino en cómo se trata a los pobres.

La aporofobia no se mide en el índice de pobreza, sino en cómo se trata a los pobres.

Javier Milei gobierna con los ojos puestos en el centro

Importa un dogma ajeno y, desde esa mirada prestada, su propio pueblo le resulta un estorbo, un costo, una periferia descartable. El peronismo, en cambio, nació para pensar y construir desde la periferia. Pero a esa bandera la fuimos opacando con lo peor de nosotros mismos. Los egos, las internas sin sentido, la rosca que se discute a sí misma mientras la gente no llega a fin de mes. Pusimos como prioridad discutir lugares en las listas y disputas de poder internas innecesarias antes que ideas para la Argentina. Y la gente lo vio. No se puede combatir el desprecio a los pobres desde la comodidad de los cargos. No se le pide a la gente que vuelva a creer mostrándole una interna: se le pide volviendo a ser útiles a su vida concreta. El peronismo que viene tiene que ser, antes que nada, una propuesta y no una nostalgia. Unidad, sí, pero unidad alrededor de un programa. Tenemos que tener un programa que ponga el cuidado en el centro: defender la salud y la educación pública como patrimonio innegociable, y sostener a los jubilados, a las personas con discapacidad y a la infancia no como un gasto a recortar, sino como una inversión en humanidad.

Trabajo y producción: la mejor política social sigue siendo el trabajo registrado y bien pago, y eso exige una alianza entre el Estado, el trabajo y la producción nacional que genere valor real, no timba financiera. Y finalmente, un Estado serio, transparente y eficiente. Defender a los que menos tienen no es defender el despilfarro. Al contrario: cada peso que se pierde en la opacidad o en el privilegio es un peso que se le roba a un jubilado, a un hospital, a una escuela. El peronismo no tiene que tenerle miedo a la palabra eficiencia: tiene que disputarla. Un Estado que cuida de verdad a su gente es, antes que nada, un Estado que administra con honestidad cada recurso. Eso la gente lo valora. La diferencia con este gobierno no es que nosotros gastemos y ellos cuiden la caja: es que ellos ajustan sobre los débiles y blindan a los poderosos.

Adela Cortina advierte que ninguna democracia es plena si deja afuera a sus pobres. La Argentina está hoy frente a esa pregunta. Ante un gobierno que convirtió el desprecio en programa, el peronismo tiene la obligación histórica de volver a ser lo que fue: la trinchera de los que no tienen voz. La respuesta a la aporofobia no es solamente ganar una elección, sino demostrar que en la Argentina la necesidad del otro todavía puede hacer nacer un derecho.

* Víctor Colombano. Dirigente del NEP. Congresal Nacional y Metropolitano PJ.