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24 de marzo de 1976: origen, represión, traición, ocaso y números de la última dictadura militar

24 de marzo, la memoria del fracaso económico, una traición clave para que llegue la dictadura, la guerra interna de los militares y miles de desaparecidos.

El Proceso de Reorganización Nacional fue la pompa que escondió un golpe militar sangriento y un cambio crucial de la matriz económica nacional. 

El Proceso de Reorganización Nacional fue la pompa que escondió un golpe militar sangriento y un cambio crucial de la matriz económica nacional. 

Getty Images

El 24 de marzo de 1976 se puso el sello oficial a la violencia ya institucionalizada en el país desde hacía décadas y que cada gobierno, democrático o no, había usado para su conveniencia, control de la oposición y dar forma al poder.

En ese proceso de violencia con cortas interrupciones radicales que fueron depuestos por militares tanto de corte conservador como nacionalista, la administración del teniente general Agustín Lanusse llevó adelante lo que se conoció como el Gran Acuerdo Nacional (GAN), con el fin de terminar con la violencia subversiva y la represión del peronismo, logrando así pacificar el país. El propio peronismo se encargó de que no fuera así, empezando con la tristemente recordada Masacre de Ezeiza.

La vuelta de Perón y el fracaso del GAN

Héctor Cámpora, primer presidente democrático tras el golpe de Estado autodenominado Revolución Argentina de los presidentes Juan Carlos Onganía, Roberto Levingtston y Agustín Lanusse, resolvió liberar a todos los detenidos y condenados legalmente por esa dictadura. Ellos, todos, pertenecían a agrupaciones de izquierda tanto del peronismo como del marxismo revolucionario guevarista, por lo que el apellido que hoy es izado por algunos sectores del Partido Justicialista, se transformó en el foco del odio del general Juan Domingo Perón: “Voy a terminar con este gobierno de putos y marxistas”.

Finalmente, mediante una nueva celebración de elecciones, Juan Domingo Perón volvió al poder para iniciar su tercer mandato presidencial, con María Estela Martínez de Perón, “Isabel” Perón, como vicepresidenta. Este mandato se vio interrumpido por su muerte, pero tuvo tiempo para hacer una declaración de principios clara sobre para qué estaba nuevamente en la Casa Rosada.

Fue el 1 de mayo de 1974, en su último discurso ante los trabajadores. “¿Qué pasa general? Está lleno de gorilas el Gobierno popular”, le cantaban los jóvenes que poca idea tenían de los primeros gobiernos peronistas o acaso de quienes eran los gorilas. El General los puso en su lugar: “Algunos imberbes pretenden tener más méritos que los que lucharon durante veinte años”. Montoneros y todas sus células estaban fuera del movimiento y, por extensión, de la plaza. Se fueron y declararon su clandestinidad.

Además, el GAN tendió la mano al peronismo, pero no a la guerrilla marxista del foquismo guevarista que estaba formando el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), por lo que estos también fueron el objetivo del Gobierno de Juan Domingo Perón. José López Rega, ministro de Bienestar Social se ocuparía de ellos siendo la punta del sable de Perón con la creación de la Alianza Anticomunista Argentina (Triple A).

Los crímenes de la oscuridad y la guerra clandestina

La violencia era ahora imparable en las sombras de la clandestinidad. Guerrilla y paramilitares enfrentados en todo el territorio nacional. El objetivo era claro, el exterminio del otro. Ya en 1970 Montoneros había ejecutado secuestrado a Pedro Eugenio Aramburu en el Operativo Pindapoy, pero en 1973 llegó la Operación Traviata para terminar con José Ignacio Rucci de la Unión Obrera Metalúrgica (UOM), secretario general de la Confederación General del Trabajo (CGT) y mano derecha de Perón.

Montoneros también ejecutó en 1974 a Arturo Mor Roig, dirigente radical que fuera ministro del Interior de Agustín Lanusse, y llevó adelante el Operativo Mellizas para el secuestro de Jorge y Juan Born ese mismo año con el fin de conseguir un rescate millonario para financiar sus operaciones. Luego comenzaron sus ataques contra comisarías, policías y militares, saldó definitivamente el paso a la clandestinidad y declarando la guerra al Estado, todavía en democracia.

Además se sumó a esta escalada de violencia del ERP, que tuvo entre sus hechos el asalto al Comando de Sanidad en 1973 con el apoyo del colimba Hernán Invernizzi, el intento de copamiento del cuartel de Azul en 1974 y el foquismo guerrillero en Tucumán que el Gobierno buscó combatir con el Operativo Independencia en 1975 y el ataque al Regimiento de Monte Chingolo en 1975.

Desde el Gobierno, tampoco se eligió la senda de la paz para calmar las aguas y la Triple A ejecutó a personalidades como el abogado y hermano del expresidente Arturo Frondizi, Silvio, al diputado peronista Rodolfo Ortega Peña y el misterio que involucró a esta entidad y a Montoneros en el asesinato del padre Carlos Mugica, entre tantos otros hechos y el decreto de aniquilamiento de “Isabel” Perón.

La traición de Ítalo Luder y el golpe de Estado

La fragilidad económica devenida de la crisis del petróleo de 1973 que el peronismo no pudo resolver, generó un fuerte enfrentamiento entre la CGT y el Gobierno, colisionando también con los intereses empresariales. El Rodrigazo fue el último intento de una administración fracasada y la población dejó de tener fe en las instituciones.

Dentro del Palacio Legislativo, dirigentes peronistas y opositores buscaron resolver el problema con una salida institucional, corriendo a Isabel Perón de la Casa Rosada y llevar al poder a Ítalo Luder por Ley de Acefalía, pero este ya había tenido reuniones clave con la comandancia de las Fuerzas Armadas. Para fines de 1975 ya había un destino firmado con la salida abrupta del Gobierno constitucional y la llegada de una nueva dictadura.

Este nuevo Gobierno estaba observador desde la opinión pública como un régimen que finalmente terminaría por restaurar el orden a nivel nacional y ya contaba desde hacía meses con una aceptación generalizada de que esto ocurriría, dentro de la lógica de un país que había alternado entre dictaduras y períodos democráticos desde 1930 hasta ese momento. La alternancia entre lo civil y lo militar era costumbre. grave error de la opinión pública que aceptaba lo que se estaba cocinando en reuniones clandestinas que sucedían en las noches porteñas.

24 de marzo de 1976: la firma del terror

Es inimaginable pensar que la violencia puede terminar con la violencia, pero en la sangrienta Argentina setentista parecía ser la única opción. A la luz del tiempo es un disparate absoluto y más aún con el conocimiento de lo que significó aquel día.

“Se comunica a la población que, a partir de la fecha, el país se encuentra bajo el control operacional de la Junta de Comandantes Generales de las FF.AA. Se recomienda a todos los habitantes el estricto acatamiento a las disposiciones y directivas que emanen de autoridad militar, de seguridad o policial, así como extremar el cuidado en evitar acciones y actitudes individuales o de grupo que puedan exigir la intervención drástica del personal en operaciones”. Comunicado N°1 de la Junta Militar.

Las primeras acciones del autodenominado Proceso de Reorganización Nacional fueron el cierre del Congreso de la Nación, la intervención de todos los gobiernos provinciales y la irrupción en las cúpulas de cada sindicato. Toda actividad política partidaria quedó terminantemente prohibida. El teniente general Jorge Rafael Videla, el almirante Emilio Eduardo Massera y Orlando Ramón Agosti eran ahora los que regían el poder, pero con el correr de los días se terminaría consolidando el liderazgo de Videla.

A partir de ese día, con la excusa del orden y la guerra contra la subversión se cometieron atrocidades que nunca se habían visto en el país y se organizó la sistematización del exterminio opositor. Todo, obviamente, con la bendición de la Casa Blanca que continuaba con el Plan Cóndor.

La “guerra contra la subversión” y la represión ilegal

Durante la dictadura se aplicó un nuevo sistema para actuar frente a la rebeldía declarada por ERP, Montoneros y las distintas organizaciones, pero también se extendió a militantes de izquierda de todo el país. La presencia de este “fantasma rojo” se aplicó a nivel nacional en todos los estratos sociales, llegando a la hipocresía militar de levantar la Cruz para apuñalar con ella a sacerdotes tildados de marxistas, con apoyo desde sectores eclesiales.

A nivel nacional se tendió una red de al menos 340 centros clandestinos de detención donde se encerraba a opositores desaparecidos por las fuerzas del orden. Allí se practicaban torturas, ejecuciones extrajudiciales, ocultamientos de cuerpos, violaciones y usurpaciones de identidad, entre otros delitos. Entre los más recordados se encuentran la Escuela Superior de Mecánica de la Armada (ESMA), Automotores Orletti y El Olimpo en Buenos Aires, Campo de Mayo en San Miguel, La Mansión Seré en Castelar, La Perla en Córdoba, El Pozo de Banfield, El Pozo de Quilmes y la Escuelita de Famaillá en Tucumán, entre tantos otros.

Estos secuestros o detenciones ilegales se dieron en grandes operativos nocturnos principalmente entre 1976 y 1977 contra activistas y líderes sindicales, operativos en las fábricas de Ford, Astarsa y Mercedes-Benz, intervenciones en escuelas y universidades para dar con la militancia estudiantil y docente, y allanamientos en villas y barrios populares. Los periodistas Rodolfo Walsh y Haroldo Conti, el historietista Héctor Oesterheld, la activista Azucena Villaflor, las clérigos palotinos y monseñor Enrique Angelelli fueron algunos de los más reconocidos, como también se sospecha hasta el día de hoy de la muerte del folclorista Jorge Cafrune.

A pesar de las críticas que llegaban desde la administración de Jimmy Carter y distintas organizaciones internacionales, esta dictadura como todas las que se dieron en Sudamérica con esquemas similares tenían el apoyo de la Casa Blanca y la Organización del Tratado del Atlántico Norte por una sola razón: la Guerra Fría. Nadie quería otro Cuba.

Argentina: otro escenario de la Guerra Fría

Con la Doctrina de Seguridad Nacional americana como ley máxima de la seguridad internacional de Occidente, Argentina se convirtió en escenario de la Guerra Fría que había iniciado en 1945 con la rendición alemana. Seguía, más de 30 años después, la disputa entre Washington DC y Moscú la disputa por cuál sería el Nuevo Orden Mundial. La caída de Cuba en manos de un aliado soviético prendió las alarmas en la Casa Blanca y Latinoamérica se convirtió en el patio de atrás de los Estados Unidos donde debía evitarse la intromisión del comunismo.

Ante este escenario, los Estados Unidos comenzaron a entrometerse en las decisiones políticas de la región y forjaron una red de dictaduras de corte liberal que respondiera a los intereses de su país, dando lugar a la complicidad de los distintos gobiernos en el ejercicio del terrorismo de Estado.

Censura hasta para las canciones infantiles

En ese tiempo en que todos eran marxistas y bolcheviques hasta que se demuestre lo contrario, los artistas fueron censurados, reprimidos y perseguidos, obligando a muchos a terminar exiliados. El encargado principal de llevar adelante esta tarea fue el Comité Federal de Radiodifusión (Comfer), preparando las listas negras y “limpiando” teatros, cines, radios, diarios y estudios de televisión de la subversión.

También, la censura alcanzó al mundo editorial retirando una numerosa cantidad de libros de circulación, prohibiéndoles en bibliotecas y destruyéndolos, tanto aquellos que hablaban de político como otros que podían ser considerados de izquierda, como El Eternauta y hasta Mafalda. La paranoia de las “ideologías disolventes” era absoluta. A punto tal que se prohibió hasta la obra de María Elena Walsh, fuera por El Reino del Revés o por El twist del mono Liso.

Desaparecidos, asesinados y exiliados

No solo seres ignotos estaban sujetos a la desaparición o a la insoportable represión militar de aquellos años. Estos fueron algunos de los más reconocidos:

    • Diego Muñiz Barreto: dirigente peronista secuestrado en 1977 y muerto en cautiverio.
    • Hipólito Solari Yrigoyen: dirigente radical secuestrado en 1976, sobreviviente y exiliado.
    • René Salamanca: dirigente sindical de Mecánicos (Smata) desaparecido en 1976.
    • Oscar Smith: dirigente sindical de Luz y Fuerza.
    • Saúl Ubaldini: dirigente sindical de cerveceros (FOCA) detenido varias veces durante la dictadura.
    • Raimundo Ongaro: sindicalista gráfico (FGB) que participó del Cordobazo durante la dictadura de Onganía. Terminó exiliado tras su liberación.
    • Jacobo Timerman: director del diario La Opinión. Secuestrado, liberado y exiliado.
    • Miguel Bonasso: periodista de La Opinión y Noticias. También secuestrado y luego exiliado.
    • Horacio Verbitsky: periodistas vinculado a Montoneros. Exiliado.
    • Robert Cox: periodista británico del Buenos Aires Herald que debió abandonar el país.
    • Las hermanas francesas Alice Domon y Léonid Duquet: desaparecidas en 1977.
    • Risieri Frondizi: filósofo y rector de la Universidad de Buenos Aires que debió exiliarse.
    • Gregorio Klimovsky: matemático y filósofo que abandonó el país durante la dictadura.
    • Tulio Halperín Donghi: historiador exiliado durante el Proceso.
    • Juan Gelman: exiliado y que sufrió la desaparición de familiares por su ausencia.
    • Héctor Alterio: actor exiliado.
    • Norma Aleandro: actriz exiliada que luego ganaría el Oscar por La historia oficial.
    • Luis Brandoni: secuestrado en Automotores Orletti junto a su esposa, exiliado y con prohibiciones laborales.
    • Piero: músico censurado por el régimen.
    • Nacha Guevara: actriz exiliada durante el Gobierno militar.
    • Eduardo Galeano: escritor y periodista uruguayo que estaba exiliado en Argentina y debió exiliarse en Europa.
    • Mercedes Sosa: folclorista exiliada en Francia y prohibida durante el Proceso.

Argentina 78 y la “campaña antiargentina”

El 6 de julio de 1966 fue elegida Argentina como sede para el Mundial de 1978, unos pocos días después del golpe de Estado autodenominado Revolución Argentina por Juan Carlos Onganía contra Arturo Umberto Illia. A pesar de la inestabilidad política, la Federación Internacional de Fútbol Asociación (FIFA) creyó que este era un gran destino.

Para cuando llegó el torneo, la dictadura de Videla creyó que esta era una gran oportunidad para “demostrar al mundo cómo somos los argentinos” y dejar en claro a las organizaciones internacionales que “los argentinos somos derechos y humanos”. En ese tiempo, distintos futbolistas denunciaban lo que ocurría y hasta el plantel de Holanda se plegó a una ronda de los jueves de la Madres de Plaza de Mayo.

Como en tantos otros regímenes autoritarios, de iure o de facto, el deporte era una gran oportunidad para legitimar a los gobernantes. Más aún si eso llegaba con el éxito deportivo bajo el brazo. También, el régimen utilizó los mundiales de hockey sobre césped de 1978 (masculino) y 1981 (femenino) para el mismo fin, como también el éxito del seleccionado juvenil de fútbol en el Mundial de Japón de 1979 con Diego Armando Maradona y Ramón Ángel Díaz.

Mientras tanto, las denuncias del exterior no paraban de caer sobre la Argentina y el régimen hacía oídos sordos. Hablaba de “campaña antiargentina” hasta cuando la Ciudad del Vaticano impulsaba a hacer preguntas a los dictadores, como el caso del periodista José Ignacio López que tuvo una lamentable respuesta del entonces presidente Videla: "Frente al desaparecido, mientras esté como tal, es una incógnita que no tiene entidad y no está ni muerto ni vivo, está desaparecido”.

La guerra militar: Videla vs. Massera

No era un secreto para nadie. El teniente general y el almirante se odiaban profundamente. El primero de ellos era de la rama conservadora de las Fuerzas Armadas, mientras el otro respondía a la línea nacionalista. La guerra entre ellos fue permanente durante toda la dictadura militar y sería uno de los fracasos de sus planes más grandes.

No era posible pensar un Gobierno con los dos juntos. Aunque los dos veían en la izquierda al gran enemigo de la Argentina, ambos querían quedar en el mármol de la historia como los héroes de la Patria. Ambos terminaron en las cloacas por sus crímenes, los cuales se descubrieron gracias a sus miserias más profundas.

Jorge Rafael Videla no estaba preparado para el liderazgo. Muchos que conocieron al teniente general de cerca marcan su incapacidad. Por esto sus generales hacían y deshacían como querían. El propio Agustín Lanusse planteó en su testimonio en el Juicio a las Juntas que hasta él sabía qué ocurría en los cuarteles y las atrocidades que se cometían contra los detenidos, destacando que éste se hacía el tonto o lo era.

Emilio Eduardo Massera, por el contrario, era un líder nato, pero macabro. De una moralidad profundamente cuestionable hasta por los propios, el almirante era capaz de pactar con cualquiera. A tal punto llegó que acordó con Mario Firmenich en París para evitar ataques de Montoneros durante el Mundial de 1978. Una reunión que no fue la primera ni la última entre ellos. El almirante preparaba el lanzamiento de su proyecto político.

Helena Holmberg, una de las diplomáticas favoritas de Videla, atestiguó la reunión que se dio en el Centro Piloto de París desde donde se comandaba la lucha contra la "campaña antiargentina". La mujer apareció en las costas del Tigre el 20 de diciembre de 1978. Había sido testigo del acuerdo entre militares y guerrilleros. Un millón de dólares sería la suma que le pagó Massera a Firmenich.

Estos hechos, aunque este fue el más popular, eran moneda corriente entre ambos líderes. Buscaban dañar la estructura de su enemigo para consolidarse como el líder del régimen. Otro caso de gran popularidad fue el atentado a Ricardo Yofre, subsecretario general de Videla, en su casa, la cual fue volada con una carga de dinamita en el barrio privado Los Lagartos de Pilar.

El improvisado modelo liberal de Martínez de Hoz

Además de la guerra interna del Gobierno, la crisis económica tuvo un rol trascendental para el fracaso dictatorial. El ministro José Alfredo Martínez de Hoz llegó de la mano de Jorge Rafael Videla al Gobierno militar. Su tarea era ajustar la economía argentina a los estándares pretendidos por los Estados Unidos, dando una pelea económica a los modelos marxistas y proteccionistas que se planteaban en el país como solución a las sucesivas crisis económicas. Desde el núcleo sabían que no había un modelo armado antes del 24 de marzo, por lo que todo fue producto de una rápida improvisación.

¿El resultado? Un desastre. El planteo de una apertura económica y la reforma financiera parecían ser medidas acertadas, pero el Estado absorbió toda la deuda privada para congraciarse con los grandes empresarios argentinos. En consecuencia de este endeudamiento abrupto, la economía se resintió rápidamente, hubo un proceso de desindustrialización galopante, cayó el poder adquisitivo del salario, aumentó la pobreza y se profundizó el deterioro social.

La Multipartidaria: la vuelta de la política

El rotundo fracaso de la dictadura de Jorge Rafael Videla y sus compañeros de Junta Militar obligó al Proceso de Reorganización Nacional a dar lugar a un nuevo triunvirato. El teniente general Roberto Viola, el almirante Armando Lambruschini y el brigadier general Omar Domingo Rubens Graffigna se hicieron con la Junta Militar y llevaron adelante el Gobierno durante los próximos meses, aunque el ejercicio real quedó ya en el Ejército.

Ya sin la persecución de los años anteriores, los dirigentes de los distintos partidos pudieron ignorar el estado de sitio y la prohibición de la política partidaria de Videla y orquestaron una reunión para proponer la restitución democrática. El ideólogo de todo fue el radical Ricardo Balbín, de la línea nacional, quien fue reemplazado después de su muerte por Carlos Contín.

De la misma formaron parte grandes figuras de la época como lo fueron el demócrata cristiano Francisco Eduardo Cerro, el intransigente Oscar Alende, el peronista Deolindo Bittel y el expresidente radical Arturo Frondizi, en ese entonces ya corrido al desarrollismo. también hubo otros grandes nombres de la política como Carlos Auyero, Néstor Vicente, Augusto Conte, Herminio Iglesias, Américo García, Francisco Rabanal, Luis León, juan Carlos Pugliese, Eduardo Angeloz, Antonio Tróccoli, Fernando de la Rúa y Raúl Alfonsín.

A esta agrupación de partidos políticos se plegaron también dos agrupaciones clave de la política argentina: la Iglesia Católica y la CGT. Ya así la convocatoria tenía la capacidad de convocatoria necesaria para presionar al Gobierno militar. Viola abandonó la Casa Rosada y dio lugar a Leopoldo Fortunato Galtieri en diciembre de 1981. La Multipartidaria no parecía con intenciones de detenerse.

El 30 de marzo, mientras Galtieri alistaba secretamente a las tropas para la Operación Nuestra Señora del Rosario, la Multipartidaria convocó a 10 mil personas en la Plaza de Mayo. La mayor movilización política desde el golpe de Estado. Una feroz represión logró dispersar a los manifestantes que venían de distintos partidos políticos, agrupaciones sindicales, del activismo por los derechos humanos y la Iglesia Católica.

Tres días después la Plaza de Mayo estaba colmada nuevamente. "Si quieren venir que vengan, les presentaremos batalla", declamó el teniente general desde el balcón presidencial. El país estaba en guerra y la Multipartidaria debía definir sus pasos a seguir y se signaron distintas líneas de pensamiento sobre el conflicto militar.

Carlos Contín y sus seguidores de corte conservador apoyaron la movilización militar y recuperación de las Islas Malvinas. Otro grupo de dirigentes compuesto por Alende, Auyero y Frondizi optaron por condenar la guerra pero acompañar la negociación diplomática. Raúl Alfonsín y sus seguidores progresistas no solo condenaron la guerra y las negociaciones diplomáticas, sino que también se negaron a postergar los reclamos por el retorno de la democracia.

Argentina perdió la guerra y Galtieri se derrumbó. Llegó el teniente general Reynaldo Bignone, quien entabló rápidamente negociaciones con la Multipartidaria para reinstaurar la democracia en la Argentina. Al mismo tiempo comenzó a negociar una amnistía como la de 1973 impulsada por Héctor Cámpora, la cual decretó en septiembre de 1983 a un mes de las elecciones, pero desde diciembre de 1982 era innegociable, cuando el 16 de ese mes asesinaron al obrero salteño Dalmiro Flores desde un Ford Falcon verde en medio de una marcha de la Multipartidaria.

Los números de la dictadura y la eterna discusión política

La dictadura finalmente cayó, pero con el legado más dolorosos para la historia argentina. Cerraron 20 mil fábricas. Se reconocen oficialmente 340 centros clandestinos de detención. Se sextuplicó la deuda externa. Tuvo un 517.000% de inflación. 649 muertos durante la Guerra de Malvinas y se conoce de al menos 350 suicidios producto de los traumas del conflicto bélico, hubo miles de desaparecidos y 490 niños nacieron en cautiverio.

En cuanto a la eterna discusión sobre los desaparecidos y el valor político de la cifra, es indiscutible que la consigna de que no decir 30.000 es de negacionista, porque negar sería ir contra las pruebas. Según organismos internacionales, 30.000 fueron los desaparecidos durante el Proceso de Reorganización Nacional, aunque también vale destacar la cifra de agrupaciones LGBTIQ+ que hablan de 30.400 por la persecución de la diversidad sexual durante ese período.

En cuanto a lo científico, el exhaustivo informe de la Comisión Nacional por la Desaparición de Personas (Conadep) conformada en 1983 por Raúl Alfonsín arrojó en 1984 exactamente 8.961, basados en denuncias comprobadas por un equipo especializado en dicha causa, aunque aseguró que podía estar incompleta. Graciela Fernández Meijide, madre de un activista desaparecido y receptora de denuncias en la Conadep, asegura que no es posible llegar a 30.000 y que el número sería un poco más alto que los arrojados por el informe Nunca Más.