Crónica de viaje XIII: Cartagena, donde todo pasa en la calle
Desde Cartagena de Indias, Colombia
Alguna vez Joaquín Sabina cantó, casi como una exigencia, “al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver”. Aun así volví a Cartagena de Indias, a la que decidí bautizar como “la mejor ciudad del Caribe”. Había estado acá por primera vez hace un año, en un viaje hermoso, muy distinto al que empecé hace tres meses. Incluso, esta vez me hospedé en un hostel a dos cuadras de donde había parado en 2024. Volver no tuvo ningún costo. Me acuerdo muy bien de los recovecos de esta ciudad. Ya sé cómo pedir la comida para que no me cobren ningún extra (por ejemplo, si uno pide un “corriente de guisada” almuerza por tres dólares una sopa y un plato de carne con arroz, frijoles, ensalada y patacones), también tengo en el radar el mejor lugar para ir al centro y evitar los embotellamientos o las largas esperas por los semáforos.
De este lugar me gusta todo: los partidos de ajedrez en la vereda, la comida en la calle; los dulces caseros, los borrachos que se duermen sentados en una esquina escuchando música, abrazados a sus parlantes; su muralla y su mar; su atardecer y su luna; sus adoquines y sus coloridas paredes.
En distintos momentos, me hizo acordar a Trinidad de Cuba, esa mezcla de ciudad colonial del Caribe, que conserva muchas casas históricas, calles con adoquines y plazas de cemento. Sin embargo, la diferencia es abismal. En Cartagena no hay faltantes de comida, más bien lo contrario. Cada noche se tiran kilos y kilos de sobras que no se comió en los restaurantes, lo que sobró de los carritos o simplemente lo que derrochan los turistas. Hay mercados para comprar lo que sea a cualquier hora, con productos de todo tipo. Lo que sí hubo fueron cortes de luz y calores insoportables. Sin embargo, lo que en Trinidad no vi fueron cubanos destruidos viviendo en la calle, algo que acá es muy fácil ver en cada esquina.
En todos los casos, son descendientes de africanos los que andan casi desnudos por la calle, con lastimaduras por todo su cuerpo, hurgando la basura para conseguir algo de comida, o pidiendo alguna moneda. Se los ve caminar perdidos, hambrientos y muy delgados. Mientras todo eso pasaba, los autos importados aceleraban su motor para mostrar presencia, los restaurantes relucían sus cubiertos y los carritos callejeros echaban a los gritos a los que pobres que pedían alguna sobra (que después iban a terminar buscando en la basura, esta vez sin pelearse con empleados gastronómicos, pero sí con alguna rata).
Tal vez, para muchos este modelo sea superador al de Cuba, isla a la que le sobran conflictos económicos y sociales que complican la vida de los isleños (algo de lo que ya escribí lo suficiente, aunque podría seguir). Sinceramente, no lo sé. Quizá con buenas políticas de inclusión que apunten a ajustar esta desigualdad, que según los distintos indicadores creció en Cartagena en los últimos años, se pueda mostrar un desarrollo democrático y equilibrado entre las personas. Algo que por ahora no se ve. Pero creo que es una discusión que vale la pena.
Cartagena mantiene viva una costumbre que en su momento fue común en varios lugares del mundo y en Argentina, pero que por la inseguridad, la creciente individualización de las relaciones sociales y por lo que fuere se fue extinguiendo poco a poco: la vereda como un lugar de encuentro. “Es que en nuestras casas hace mucho mucho calor, entonces salimos a la calle a compartir y charlar un rato”, me contó una señora que sacó dos sillas de plástico a la vereda y se sentó a charlar con otra, que parecía ser su vecina. Su hijo, de unos 17 años, aprovechaba el ventanal de su casa, que da a la calle en el barrio Getsemaní, por la que cada noche pasan cientos de turistas, para vender algunos cocktails. Le pregunto cuál le sale más rico y me contesta lo obvio: “No tomo alcohol”.
En los días que pasé acá me reencontré con Jaime y El Paisa, dos señores de Cartagena que todas las noches se sacan una mesita a la vereda y se sientan a jugar al ajedrez. El año pasado había compartido algunas partidas con ellos. No se acordaban de mí, pero yo sí de ellos. Así que me acerqué y vi cómo jugaban. Cada vez que movían una pieza, lo hacían con un gesto de resignación, como si hubiesen pensado la jugada demasiado tiempo y movían ya cansados de no encontrar alguna jugada maestra. Después me di cuenta que se trataba de una dramatización para “confundir al rival”. En ese momento entendí que estaban en un nivel muy superior al mío, y al instante me preguntaron si quería jugar. Casi sin pensar, dije que sí.
Me senté en el lugar de El Paisa, que le falta una pierna y usa muletas. Lo quise ayudar a levantarse y con una sola mirada me hizo entender que lo estaba complicando aún más. De visitante, ya arranqué mal. El partido iba más parejo de lo que pensé, en todo momento él tenía algún que otro peón más, pero era todo bastante equitativo. Mientras pensábamos y movíamos las piezas, los turistas pasaban por la calle que termina en la Plaza de la Trinidad, el epicentro de la noche cartagenera. Algunos sacaban fotos mientras jugábamos, como si fuéramos parte del paisaje. Una sensación similar deben tener los elefantes en el zoológico. Algunos se quedaban viendo con la misma curiosidad y respeto que me acerqué yo un año atrás. El público crecía y mis nervios también. Hasta que me equivoqué en una jugada, acomodé la reina en un casillero en el que mi rival podía comérmela si ubicaba su caballo y cantaba jaque. No hubo vuelta atrás. En tres minutos me liquidó. “Eres bueno, chico, pero te falta un poco más de concentración”, me dijo con algo de compasión.
Tras la derrota, le dejé la silla a El Paisa que volvió a su lugar. Me quedé parado, mirando el partido, y al ratito llegó otro hombre con unas banquetas y una gaseosa fresca de mora para compartir en la calle. A los dos minutos llegó Carlos, otro de los muchachos que para en esta calle. Trajo un parlante grande como un ladrillo y se sentó a mirar el partido.
Y así pasamos varias horas. Cuando les conté que era argentino, no me hablaron del Papa, ni de Messi. Pusieron un tango. La relación de Colombia con este género es mucho más estrecha de lo que me imaginé. Sabía que Gardel era muy popular, de hecho, el trágico accidente que terminó con su vida fue en Medellín. Pero los colombianos tienen sus propios tangos. A lo que en Argentina se le diría “un temón” acá le dicen “un tangangazo”. Así conocía algunas canciones de Luis Óscar Agudelo Márquez, uno de los cantantes más conocidos de este género que salió del Río de la Plata y se exportó a todo el mundo.
“Querido amigo, quisiera que al recibir la presente
Te halles bien y que la suerte te acompañe por doquiera
Por mi parte y mal pudiera, decirte que estoy mejor
Si al contrario en mi dolor, postrado en mi lecho abierto
Yo soy un pobre esqueleto, que a mí mismo me da horror”
Después pusieron unas cumbias y me sumaron a su conversación en la que me contaron de sus vidas. Las horas pasaban, y cada vez eran menos los turistas que desfilaban por la calle. Los comerciantes apuraron el cierre de sus locales para replicar la misma lógica: sacar una mesa, un parlante y dos sillitas a la vereda. Cerca de las dos de la mañana, solo quedaban dos clases de personas en las calles de Getsemaní, los extranjeros que se pasaron de copas y querían seguir la noche y los cartageneros que aprovechan el cese de la actividad turística para apropiarse de lo público y quedarse ahí.
La necesidad de tener un espacio propio atraviesa a todo ser humano. Más allá de cualquier título de propiedad, la búsqueda por tener esa vereda donde refugiarse para compartir con las personas que uno elige, ese cordón donde algunos se sientan a tomar una cerveza, un ron o un refresco, o esa silla donde sentarse con un parlante abrazado y quedarse dormido hasta que los rayos del sol traigan los buenos días y ese espacio vuelva a ser potestad del turismo que adora las calles de Cartagena.