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El fútbol de Boca cruje, Macri busca capitalizar el enojo de los hinchas y Riquelme todavía tiene tiempo

A nueve meses de no haberse presentado a votar a él mismo, el expresidente de Boca volvió a referirse al presente de la institución de la Ribera con dardos a Riquelme.
Foto: EFE
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Boca atraviesa el indiscutido peor momento futbolístico desde que Juan Román Riquelme toma las decisiones importantes del fútbol profesional en el club, algo que ocurre desde finales de 2019.

La derrota con River, la probable salida de Diego Martínez, la eliminación tempranera en octavos de final de Copa Sudamericana, el puesto 11 en la Liga Profesional y el puesto 7 en la tabla general son un combo que solo la espalda del máximo ídolo de la institución sostiene. Esa sensación permanente de que el equipo no compite. Con otra dirigencia, el clima sería de mayor ebullición y lo mismo hubiese ocurrido tras el injustificable error administrativo de no anotar refuerzos en Conmebol semanas atrás. Los últimos días de septiembre de 2024 encuentran al Xeneize con la obligación de ganar la Copa Argentina, lo que significaría una escueta alegría (a esta altura transformada en obligación) en una temporada por demás conflictiva, un título que si no consigue lo pone en la durísima posición de arriesgar un segundo año consecutivo sin jugar la Libertadores. El primer año de gestión de Riquelme presidente ya está jugado y el balance no hay forma alguna de que le dé positivo. Vara bajísima si se toman en cuenta las últimas décadas del club.  

Solo este difícil contexto le permite a Mauricio Macri reaparecer en escena. El mismo excandidato a vicepresidente que no se presentó a votar en las elecciones del Club Atlético Boca Juniors porque era consciente del rechazo popular que podía generar su presencia en las carpas instaladas en la Bombonera, hoy busca capitalizar la bronca de millones de hinchas y, en concreto, de los miles de socios que deciden la vida política del club cada cuatro años. 

"Me duele, no puedo creer en lo que han transformado a Boca. Y esta situación va mucho más allá de lo que pasa dentro de la cancha", tuiteó Macri citando a Andrés Ibarra, un exdirigente de la histórica primera década del 2000 que fue ungido como candidato a presidente para las últimas elecciones. Días atrás, Macri había dicho que sentía "mucha tristeza" por lo que ocurría en el fútbol argentino "y en Boca", incluyendo al club y forzando su discurso al máximo, tras las declaraciones de Andrés Fassi, presidente de Talleres, contra Claudio Tapia, presidente de la AFA. 

Juan Román Riquelme ganó en diciembre las elecciones con el 65% de los votos. Elecciones que difícilmente hubiese hecho falta celebrar si Boca lograba ganar la ansiada séptima Copa Libertadores. El 95-5 hubiese sido real. Su victoria fue indiscutida en las urnas y hubo desesperados intentos de la oposición, que logró atrasar los comicios (esto provocó por ejemplo que socios del interior no pudiesen votar) y puso varios obstáculos para evitar que las mismas se celebraran en tiempo y forma, como la estrategia (difícil de entender, por cierto) de criticar el pasaje de adherentes a activos utilizado en la gestión Ameal, puesto que fue el mismo usado en la gestión Angelici. Una puesta en escena que careció de tacto y profundizó la diferencia en los comicios. Una mala lectura.

La presión de los hinchas y socios fue tal y las muestras de apoyo genuino a Riquelme fueron tantas que la oposición no tuvo más que ceder y dejar que el hincha lograse lo único que quería: votar. En el medio, hubo socios de Boca que denunciaron que les falsificaron la firma y esto derivó en una investigación de la Justicia. La oposición tocó fondo, la figura del ídolo creció aún más y el resultado estuvo a las claras: Macri ni siquiera pisó la Bombonera el día de las elecciones. Y Milei, que reconoció haber hinchado por River en Madrid, se llevó los insultos a la salida de las carpas cuando ya debía estar en Bahía Blanca, ciudad golpeada horas antes por una tragedia producto de un temporal. 

Nueve meses después, las buenas noticias institucionales de Boca Juniors contrastan con el presente del fútbol profesional, que a fin de cuenta es el desnivela las comicios cada cuatro años. Y si bien faltan 3 años y 3 meses para el regreso a las urnas, Macri ya lee el descontento en gran parte de los hinchas de Boca. Es paradójico, porque meses atrás no se pudo votar a sí mismo. Un descenso político. Y se trata de un descontento que podría aumentar con una consagración de River en la Copa Libertadores. Lo que pasa en la vereda de enfrente influye en todos los clubes, le guste a quien le guste, lo niegue quien lo niegue.

Riquelme aún tiene tiempo y espalda para revertir la situación.

Las sustanciales mejoras edilicias en la Bombonera, a la vista de los miles de socios que concurren a la cancha a presenciar los partidos, la decisiones orientadas a recuperar el "Club Atlético", es decir, de los deportes amateurs (con el abrumador éxito del básquet como bandera) y el fútbol femenino, las mejoras y el crecimiento de Boca Predio, como marca y proyecto institucional, con un clarísimo cambio en la política de venta de jugadores de inferiores, solo por mencionar algunos aciertos, no alcanzan si el contexto del fútbol profesional es el descripto en el segundo párrafo. Una teoría que podría encontrar matices si se tiene en cuenta que Román sacó el 65% días después de confirmarse que Boca no jugaría la Libertadores 2024.

El amor de los hinchas por su ídolo y el rechazo al tramo final del macrismo en el club (es ingenuo creer que esa línea política solo gobernó de 2000 a 2007, cuando en realidad lo hizo desde 1995 a 2019) pudieron mucho más. La oposición no pudo entrarle a Riquelme ni con una Sudamericana por delante. Pero estas situaciones son solo eso, excepciones, puesto que los resultados deportivos adversos del fútbol profesional no son sostenibles en el tiempo para ninguna dirigencia del fútbol argentino; ni siquiera para la espalda de Román, solo comparable con la de Sebastián Verón en Estudiantes, pese a los títulos obtenidos en los cuatro años anteriores como vice y a los cruces directos ganados a River en los últimos enfrentamientos, todos en el plano local.

La situación de la Bombonera no es menor. La cantidad de socios activos duplica a los que pueden ingresar habitualmente a la cancha y la cantidad de socios adherentes (que tiene derecho a voto) sextuplica los poco más de 50.000 que van los domingos al estadio Alberto J. Armando. Bombonera 360, Proyecto Esloveno, Proyecto Esloveno Plus, Bombonera Siglo XXI. solo por mencionar algunos, han desfilado por Brandsen 805 en las últimas décadas. La situación de SoySocio se torna insostenible. Hay exponencialmente mayor demanda que oferta. 

¿Será un as bajo la manga del presidente Riquelme en algún momento de sus 4 años de gobierno? La ampliación de la Bombonera es lo único que puede desnivelar la balanza si las cosas no salen como los hinchas y dirigencia quieren en el plano futbolístico, puesto que es la gran problemática del club desde hace años, muy por encima de la negada séptima Copa Libertadores. La presidencia de Riquelme puede ser histórica por emprenderse en un proyecto como tal; o ser una más que no pudo resolver el problema. 

Boca ya tuvo cinco entrenadores desde que Riquelme está metido en la vida del club como dirigente y de no haber un sustancial cambio de rumbo, de un momento a otro serán seis. Todos ellos estuvieron de salida a los meses de asumir y solo Miguel Ángel Russo bancó el año completo, pandemia de por medio. El cuestionado Consejo de Fútbol esta vez no podrá fallar. Aunque esta vez el cambio quizás debería ser en cómo está estructurado el fútbol profesional. Con la obligación de jugar la Libertadores 2025 y la de obtener un título en lo que queda del 2024, arcas con suficientes dólares por las ventas realizadas en los últimos meses y la participación en un Mundial de Clubes a la vuelta de la esquina (donde es imposible pensar en competir de igual a igual, pero tampoco podes pasar papelones contra clubes no europeos), el presidente tiene todavía más del 80% del periodo de su gestión por delante. Es mucho. Y tiene algo que ningún dirigente en la historia tuvo y difícilmente otro tenga: una espalda gigante, la más grande del fútbol argentino, para tomar decisiones importantes. Nunca nadie en la historia de Boca tuvo la posibilidad de hacer y deshacer a su antojo como la tiene Juan Román Riquelme. Eso es responsabilidad y es exigencia. Y son cuentas que se rinden, principalmente a los socios que lo votaron y los millones de hinchas en el país que lo militaron. 

Riquelme tiene tiempo suficiente para no dejar crecer a una oposición endeble y resistida por gran parte de los socios, pero que le contará las costillas en cada paso en falso que dé. Macri ya está en ese proceso: sabe muy bien que Boca, club gigante en América y en el mundo, es uno de los mayores instrumentos de poder de la Argentina si de ámbitos no políticos hablamos. La política nacional, cada vez más, está metida en el Xeneize y la grieta entre hinchas hoy en día es gigante.

Esto último es, lamentablemente, lo más destructivo que atraviesa la institución hoy. El riquelmismo, el antiriquelmismo, el macrismo, el antimacrismo. Todo confluye en mayor o menor medida en la vorágine del "mundo Boca". El club está polarizado y apenas asoma una tercera opción de cara al 2027, el mendocino Jorge Reale. El hincha de Boca, históricamente homogéneo, se encuentra dividido como nunca antes. A un porcentaje de la política del club le sirve -y mucho- que al fútbol profesional le vaya mal. No hay que ser necios: más de uno, este sábado, metió puñito tras el gol anulado a Milton Giménez. La bandera "Boca contra todos" mutó: hoy, es Boca contra Boca.