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El miedo y el silencio, la táctica de los funcionarios mileístas que se miran en el espejo de Alberto Fernández

Alberto Fernández pudo hacer lo que quiso porque, a pesar de las advertencias, nadie se atrevió a decirle con claridad y frenarlo. Las chances de que esto se repita al final del mileísmo no son pocas.
El expresidente Alberto Fernández
El expresidente Alberto Fernández

Miedo. Eso es lo que expresó el delantero de Platense, Mateo Pelegrino, cuando le preguntaron sobre un alevoso penal que no le otorgaron a su equipo que jugaba contra Barracas Central, justamente el club que preside Claudio “Chiqui” Tapia, ex camionero y hoy capo máximo de la AFA.

“No quiero hablar… Me da un poco de miedo decir lo que pienso”, dijo Pelegrino luego del partido. Presume, con los antecedentes que lo validan, que cualquier declaración que realice puede ser usada en su contra o el de su equipo.

Hace meses, los directores técnicos también habían sido apercibidos para no declarar cuando le fallaban en contra. Gustavo Costas, de Racing Club, prefirió también no hablar luego de sufrir un “robo” deportivo. "¿Querés que me lleven preso?", le preguntó al periodista que le pidió su opinión.

El miedo prevé la posterior invisibilización, castigos, campañas sucias, insultos o cualquier tipo de reacción por parte de un poder superior, que no posee ningún otro valor que presidir o encabezar un gobierno o institución. Algo de eso también se empieza a observarse en redacciones de medios, micrófonos de radio o cámaras de TV. Equiparados o superados en su poder de comunicación por las redes sociales, amantes de las extravangancias, acusaciones vacuas y agresiones sin límites. Ese temor también se refleja en la política y en todas sus instituciones.

"El miedo no es buen consejero", dice el refrán, pero también "no es zonzo", como lo especifica otro dicho popular. Y para subsistir en el sistema, "a veces, para hacer política hay que hacerse el boludo", tal como reflexionó oportunamente un especialista como Felipe Solá.

Ese temor por represalias, abandonos, destratos o destierros fueron común en todos los tiempos -desde el imperio Romano hasta ahora- y se potenció bajo la ridícula presidencia de Alberto Fernández. Ahora, el miedo paraliza por los enojos recurrentes de Javier y Karina Milei  y los efectos de las decisiones adoptadas por Santiago Caputo.

Los hermanos Milei, el poder real de una fórmula en la que ella no fue votada.

El ex presidente Fernández podía hacer de todo porque nadie lo frenó. Si bien varios lo amenazaron, lo criticaron y hasta le exigieron que cambie, había una instancia que no se superaba. El silencio ante su persona. Todos los que sabían o suponían de sus aventuras tal cual un Isidoro Cañones del poder, rifando la plata ajena y viviendo la vida loca desde la Presidencia, no hicieron nada para que terminara. 

Si bien nadie lo ha hecho, muchos piensan y se preguntan con qué se encontrará la sociedad cuando Milei pierda el poder. Algunos, no pocos, suponen que será más bizarro de lo que hoy se conoce con Alberto Fernandez, su “querida Fabiola” y el culebrón de mujeres que aparecen en distintos WhatsApps.

¿Serán los perros? ¿Será Fátima Flores? ¿Agregará algo más Amalia “Yuyito” González, que viró de Guillermo Cóppola y Carlos Menem a Milei? Nadie lo sabe, o si lo conocen, se preservan de decirlo con claridad. El mismo “miedo” que tiene Pelegrino lo tienen en el círculo del poder actual.

Esa ira que atrapó a un 30% de la población, la mayoría jóvenes y hombres cansados "del feminismo extremo", como lo expresaron en la mayoría de los focus que se hicieron para determinar el origen del voto duro mileísta, ahora paraliza a funcionarios que se saben a tiro de despido porque su opinión o estilo es diferente, no contrario, al que irradia desde el poder.

El gobierno se está llenando de secretismo y parálisis. Quizás sea lo que persigue el presidente, enemigo público del Estado como ordenador del bien público. Lo cree un demonio que impide la libre realización de las personas.

Hay un fuerte contraste entre los que participan de las reuniones de gabinete y de los que no. Y también, entre los ministros de "primera" de los que se saben siempre vigilados o controlados, considerados de "segunda". En esto sí se comprende el otro dicho, "somos pocos y nos conocemos mucho". Cada uno sabe qué rol cumple y hasta dónde le sirve "hacerse el boludo" para pasarla bien.

Hoy quienes viven y conviven en las cercanías de Santiago Caputo, Karina Milei y los primos Menem, “Lule” y Martín, tienen muchas más posibilidades que los que están en órbitas secundarias del quehacer cotidiano de la referencia presidencial. Luis Caputo sabe muy bien estas cuestiones y decide hacer lo que le piden sin entrar en roces innecesarios. Federico Sturzenegger ahora es quien tiene los "superpoderes" mientras que Patricia Bullrich mantiene su liderazgo en Seguridad porque sirve de ariete contra Mauricio Macri y representa, para el gobierno, el antiguo voto cambiemista. Sin embargo, no puede influir en la política, donde es relegada a ser casi como un asistente personal de Sebastián Pareja, el armador libertario bonaerense.

Como siempre, sirve mirarse en el espejo del pasado para comprender el futuro. Si no lo hace y se mantiene en su método supuestamente “anti casta”, Javier Milei y su gobierno pueden pasar a ser una copia más berreta de lo que quiso romper con su motosierra.