El error grave de Cristina Fernández de Kirchner en su embestida contra la Corte y la AFI
La esperanza es un estimulante mucho más potente que la suerte. La frase la acuñó Friederich Nietzsche hace 143 años, es vigente y describe el pensamiento de Cristina Kirchner en su embestida eterna, errática y peligrosa con distintos enemigos, a los que padeció por intentar colonizar para gobernar.
Cristina Kirchner en su afán por dominar a la indómita Justicia, falló en sus interlocutores, nunca entendió que en ese poder no hay elecciones y que la organicidad es una característica del Poder Judicial desde su creación. Pensó entonces la vicepresidente que con más fuerza que estrategia lograría quebrar internamente al fuero federal, y finalmente a su máximo objetivo: la Corte Suprema. Un error de estrategia que se convirtió tal vez en su peor migraña, frente a un enemigo que la despide del poder y sigue vigente.
Los secretarios de la familia Kirchner tuvieron un factor común: nacieron pobres y murieron millonarios en dólares. Daniel Muñoz murió después de intentar armar una cadena hotelera en el caribe por más de cien millones de dólares, era un experto en real state en la zona de Brickell y sus alrededores, y así siguen los casos. Ricardo Jaime pidió a un gremio dinero para viajar y poder asumir como secretario de Transporte de Néstor Kirchner, años más tarde le avisaría a un grupo de empresarios qué marca de avión quería que le compren para no perder las licitaciones vigentes y compró un country para sus hijas. Y siguen las firmas.
Martin Mena, Rodolfo Tahilade, Leopoldo Moreau, Marcela Losardo, Martín Soria, todos nombres de personas que nunca lograron articular intereses y agendas de la política con la Justicia, con la Corte Suprema. Creyeron entonces que el paso del tiempo colaboraría con la causa y que la posibilidad de un quebranto interno les daría la oportunidad de tener injerencia en la Corte. “No me duras un minuto”, gritaba desencajado Tahilade durante un debate de comisión parlamentaria, algo sin precedentes, como si fuesen sus primeras trompadas a la salida del boliche de su Choele Choel natal.
Creyó Kirchner también que mezclar Inteligencia, ex SIDE, con funcionarios a la hora de ir por la Justicia era parte de un entramado posible, con personas desconocidas por la justicia, y algunos directamente no respetados. Losardo fue una vez a la Corte, se tuvo que presentar, nadie sabía quién era. Nunca volvió. Hasta que se hartó y se fue, el propio Horacio Rosatti era un interlocutor válido entre la Justicia y Néstor Kirchner. Fue hasta que comprobó situaciones que no encajaban en su manual de ética que le anunció al entonces presidente que dejaría su cargo, la ira de Kirchner fue total. Fue el último funcionario que supo jugar el juego que convoca la templanza con el conocimiento de las reglas.
Buscó también la viuda de Kirchner presionar al poder judicial a través de voceros mediáticos que apretaban y exigían. Lo hizo en su blog Horacio Verbitsky, quien desde un sitio marginal publica los domingos muchas veces las directivas de Kirchner hacia distintos factores de poder. Hasta ahora, sin éxito. Tuvo rivales como Ricardo Casal, ex ministro de Daniel Scioli, cuando era llamado “el ministro sin cartera” por su injerencia en temas de Seguridad. Hoy ya más alejado se dedica a su blog y a caminar, a veces de la mano, por Recoleta, su lugar.
La Corte Suprema tiene hoy una situación de evidente hostilidad con el Gobierno basado en la falta absoluta de timing y estrategia por parte de Kirchner y Alberto Fernández, quien le confirmó a MDZ en enero que iría por el juicio a la Corte a pesar del naufragio más que asegurado.
Ni siquiera Oscar Parrilli, bautizado como “pelotudo” por Cristina Kirchner en la filtración de audios en los medios de comunicación, logró ser un interlocutor respetable con la Justicia. “Hay que salir a apretar a los jueces”, le pidió Kirchner en uno de los audios al entonces secretario general de la presidencia y ex titular de la AFI. Tampoco pudieron en ese entonces colonizar al poder judicial.