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Argentina y una extraña sensación entre la anomia, la miseria y el suicidio de la política

Cristina Fernández de Kirchner choca contra sus propias contradicciones como nunca. El FMI hoy es su principal aliado de la mano de Sergio Massa. El delirio oficialista no tiene límites, pero la crisis del país es de tal dimensión que reaparecen chances de diálogo antes del abismo.

Una extraña sensación rodea a la política de estos días y pocos asesores de estrategia del oficialismo y la oposición logran descifrar como manejarla. La Argentina vive hace tiempo en medio de una anomia generalizada que impactó modificando el ADN nacional. Existe un peligroso estándar  por el que la población media cree que casi ninguno de sus problemas personales (y los del país) tienen o tendrán solución en un plazo cierto.

Eso se suma a la comprobación de que no hay normas que se respeten para reglar su vida diaria; todo contribuye al desgano general. Una simplificación podría llevarnos a comparar este tiempo con el estallido del 2001 o también a asignarle al efectivo hartazgo general la razón esencial de la existencia de una división en tres tercios de la tendencia electoral y del surgimiento de Javier Milei como novedad única. La realidad indica que el proceso que vivimos puede ser mucho más complejo que ese obvio razonamiento.

Es difícil encontrar algún costado del oficialismo que hoy muestre un mínimo nivel de civilización y coherencia. El estallido del Frente de Todos en su versión actual, que es lo mismo que fue el Frente para la Victoria, el Partido Justicialista o como haya mutado el nombre del peronismo en su historia, aún no terminó de ser interpretado por buena parte de la sociedad y no está claro si alguna vez lo hará. Esa adherencia sin cuestionamientos a las variantes que hoy presenta el kirchnerismo para, al menos, un 25% de los votantes argentinos, no parece tener base lógica; más bien es producto de un compromiso emocional que no está dispuesto a aceptar cuestionamientos. Así lo marcan las encuestas que se vienen conociendo durante las últimas semanas.

Y ese es el poder que tiene hoy Cristina Fernández de Kirchner, quien logró construirlo con mucha más eficiencia que su marido y que en medio del desastre que muestra hoy el Frente de Todos en su gestión de gobierno aún le permite influir de forma determinante en la política nacional.

El acto del jueves pasado de la vicepresidente en La Plata fue la prueba más clara de toda esta realidad. El Frente de Todos, con Cristina Fernández de Kirchner, Alberto Fernández, Sergio Massa, Daniel Scioli y todo el peronismo clásico adentro, vive esta semana una contradicción clásica entre su relato histórico y la realidad que le estalla en la cara.

¿Cómo puede explicarle Cristina a ese 25% de enfervorizados que la seguirán sin preguntar que el FMI es hoy el principal y casi único aliado de su subsistencia? De todas formas, la pasión tiene sus límites y los ruidos internos son cada vez más fuertes.

El kirchnerismo duro continuó abrazado esta semana a la chance de Sergio Massa candidato presidencial como única salida a la crisis en la que entró, precisamente, de la mano de Cristina Kirchner y Alberto Fernández, con responsabilidades absolutamente compartidas.

Sin una llegada masiva de los dólares del Soja 3, ni el compromiso del campo, Massa no tiene otro punto de apoyo real que el compromiso de Washington y el Fondo para que el país no entre en otra crisis terminal que le complique la transición democrática. Ese es el único argumento por el que Joe Biden continúa ordenando a su representante en el FMI que acepte negociar hasta el hartazgo alguna condición que impida la caída final para Argentina. No hay virtud alguna en la relación de estos tiempos entre el organismo y el país, solo hay espanto de por medio.

Cristina Fernández de Kirchner sabe que la alianza de gobierno que armó no tiene otra alternativa que bancar esa situación, pero al mismo tiempo batalla para que no se vean los hilos que mueven la acción detrás de escena.

Solo eso explica que mientras la delegación de Massa negocia en Washington una extensión de la mirada compasiva del Fondo y el desembolso anticipado de más dólares, la vicepresidenta planteara un pedido de renegociación del acuerdo con el organismo, de las tasas que se pagan y hasta de las condiciones que aceptó el país cuando Mauricio Macri firmó el programa

Esa conocida retahíla kirchnerista vino acompañada de otro anuncio: “Yo ya viví, di todo lo que tenía para dar”. El supuesto renunciamiento a una candidatura trae detrás el reconocimiento de la realidad imposible de evitar que hoy pone a Cristina en una segura derrota en condiciones humillantes para las elecciones de octubre. Solo eso la separa de volver a estar en las listas.

Se terminaron los liderazgos en el Frente de Todos y más para cualquier representante de la familia Kirchner. Para la vicepresidenta sería imposible hacer campaña cargando con el estrepitoso fracaso económico de esta gestión con 110% de inflación anualizada, niveles de miseria insostenibles para un país que aún cree que fue pensado por sus padres fundadores con una visión de grandeza que desapareció hace 80 años, familias enteras durmiendo en la calle y su aparato productivo en vías de extinción. No hay respuesta del kircherismo para esto, solo ficción.

Esa ficción puso en escena algunos elementos novedosos. Cristina, como todos escucharon, decidió subir a Javier Milei al ring electoral y lo hizo de una forma contundente. La vicepresidenta, como se dijo antes, no puede ganar elecciones pero aún conserva misiles peligrosos y en este caso los usó para poner sobre escena una discusión que incluye a la hipotética dolarización de la mano de Milei. Logró que todo el resto de la oposición se pusiera en contra de esa posibilidad y abrió un frente de discusión nuevo.  El crecimiento de Milei en las mediciones es imposible de ocultar. Si falta algún dato para confirmarlo, basta con el impacto que produce cada una de sus apariciones en provincias y municipios donde no tiene estructura propia alguna.

Milei sube a la escena de un balotaje en un movimiento que ya había anticipado Mauricio Macri con su renunciamiento a una candidatura. Está claro que Cristina debió apelar a una nueva figura porque ahora no lo tiene al expresidente como enemigo dilecto, pero una vez más la realidad puede estar moldeando otros caminos.

El desastre económico y social de la Argentina de estos días es de una dimensión casi nunca vista. El próximo gobierno, gane quien gane la elección, será horrible, en el mejor de los casos. Una devaluación parece inevitable, ahora o en enero próximo; lo único cierto es que ninguna administración puede arrancar con una brecha cambiaria superior a 100%.

La gravedad de las reformas que se deben enfrentar es mayúscula. El programa con el FMI es casi un juego de niños de exigencias mínimas frente a los verdaderos cambios que deberá soportar el país. En ese marco la regla será negociar y dialogar. Juntos por el Cambio comienza a procesar esa realidad aún sin demasiado convencimiento, pero con carácter inevitable. Las posiciones de Horacio Rodríguez Larreta y Patricia Bullrich también comenzaron a moldearse en ese sentido. Nada está decidido, pero el jefe de Gobierno porteño cree que allí tiene una carta a su favor; Bullrich sabe que la dureza tiene sus límites, sobre todo cuando es seguro que el que gane deberá negociar con piqueteros, sindicalistas, gobernadores peronistas, intendentes extorsionadores y todo un mundo que hoy vive del financiamiento político. Quien crea lo contrario corre el peligro de chocar más rápido de lo pensado y debe saber que a eso juega Cristina Fernández de Kirchner, quien, por otra parte, sabe que no tiene solucionado ninguno de los problemas judiciales que cuenta en su haber.

La semana arranca con tarea pendiente para todos: Rodríguez Larreta debe seguir apostando a su estrategia conciliadora dentro de JxC y mirando de reojo el cambio que comienza ahora a hacer público Mauricio Macri y Bullrich debe pulir su discurso económico al que sumó en los últimos días a Carlos Melconian, quizás porque el economista no está pasando uno de sus mejores momentos en la relación con el jefe de Gobierno porteño; Milei no modificará su camino; y a Massa solo le queda poner la cara, pero sin poder esconder que, en realidad, no piensa tan distinto de Cristina en materia económica ya que más allá de controlar precios y amenazar a empresas a través de terceros es poco lo que se ha visto en materia de medidas.

Mientras tanto el Frente de Todos continuará su inexistente batalla sin medir palabras. Solo eso explica que el año pasado Jorge Ferraresi, ministro del gobierno de Alberto Fernández, haya usado la nefasta metáfora del helicóptero para agradecer la llegada de Sergio Massa al ministerio o que Emilio Pérsico reconociera que el ministro les pidió esta semana salir a “apretar” empresarios para que bajen precios. Postales de la desesperación que aún pueden complicar mucho más la vida de los argentinos.