¡La Gran Fiesta del Ternero y la Yerra!
Este hermoso encuentro folclórico que muestra la esencia del trabajo rural se realiza en el mes de marzo para rendir honor así a la tradición gauchesca de la querida provincia de Buenos Aires. Desde su primera edición organizada allá en 1967 y hasta el día de hoy solo ha tenido algunas pocas interrupciones y se ha convertido en uno de los festejos más importantes de toda la Provincia.
Según me contaron los organizadores, cada edición del evento suele superar los cien mil asistentes y da inicio cuando se declara el “estado de yerra”, momento en que el pueblo teñido de fiesta abre sus tranqueras para recibir a los turistas que llegan desde distintos puntos del país y del mundo para conocer nuestras costumbres.

La semana que dura esta fiesta en este hermoso lugar ofrece actividades más que entretenidas como el certamen nacional de canto folklórico; la peña; las destrezas criollas con yerra de convite, prueba de riendas, jineteadas y broche de oro; desfiles con carruajes antiguos; asados populares en fogones; remates y exposiciones de terneros. En esa zona de la provincia de Buenos Aires, Ayacucho y Rauch especialmente, está la mayor cantidad de terneros de la provincia.
Un dato de color que a mí me gustó es que el nombre Ayacucho, que en quichua significa "Rincón de los muertos", es la única referencia geográfica citada en El Martín Fierro de José Hernández. Esto sin dudas da un indicio del clima gauchesco que se vive en la zona. Además de que fue declarada la Capital Nacional del Ternero por ser esta su principal fuente productiva.
Todos compartimos que el principal acto del festejo trata sobre el “fin de la yerra”, que sucede cuando los estancieros terminan de marcar su ganado, especialmente los terneros. Es una tradición muy interesante porque requiere de una destreza especial ya que los gauchos en equipo utilizan la creatividad, la fortaleza y herramientas típicas como las boleadores y el lazo. En ese acto los ayacuchenses son convocados para entrar en el clima de alegría y euforia y expresar una amable recepción y atención a los que van llegando a la fiesta de tranqueras abiertas.

Ahí mismo se puede ver a los gauchos marcando el ganado con los yerros calentados al rojo vivo. A continuación, se asa un espectacular asado popular que se come en tablones que actúan como mesas en la plaza principal para todos los presentes que exceden por miles los más de veinte mil habitantes con los que cuenta la Ciudad. Acompaña este contexto la música en vivo de artistas nacionales de primer nivel y los bailes tradicionales como la Ranchera, una forma musical y danza folclórica de Uruguay y Argentina que surge a mediados del siglo XIX como una versión acriollada de la mazurca original polaca.
Pero ya que estuve en Ayacucho quiero traer a la memoria también que es la ciudad del Caballo Criollo, ese típicamente nuestro. La historia inicia cuando el profesor suizo Aimé F. Tschiffely, convencido de la fortaleza de estos rústicos animales toma contacto con Emilio Solanet, criador y propulsor de la raza y dueño de la estancia El Cardal en Ayacucho, quien le regala dos caballos para partir desde la Sociedad Rural Argentina en Buenos Aires y hacer una de las travesías más famosas del siglo.
Los caballos Gato y Mancha, guiados por Tschiffely, recorrieron los veintiún mil quinientos kilómetros desde Buenos Aires hasta Nueva York, conquistando el récord mundial de distancia y también el de altura, al alcanzar 5.900 msnm en el paso El Cóndor (Bolivia).
Tres años, cuatro meses y seis días después de haber salido de Buenos Aires, Tschiffely arribó a Nueva York el 20 de septiembre de 1928, entrando gloriosamente por la famosa Quinta Avenida.
Por esta razón la Asociación Criadores de Caballos Criollos y la Sociedad Rural de Ayacucho, desarrollan cada febrero la Expo-Ayacucho de la Raza Criolla
Luego de esta visita por Ayacucho confirmo que las fiestas constituyen espacios propicios para el fortalecimiento de nuestras identidades. En muchas localidades de nuestro territorio surgieron festividades cuyo eje era celebrar su producción. Pude corroborar como la tradición y el avance económico perfectamente pueden ir de la mano en una provincia que anhela mantener sus costumbres y al mismo tiempo dar trabajo y una mejor calidad de vida a sus habitantes hermanados por el campo. Ayacucho es fiel testimonio de que esto es posible con creces.

