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Violencia, magnicidios y la resiliencia de Cristina Fernández de Kirchner

Para la historia reciente un intento de magnicidio está fuera de contexto. Hubo casos en Argentina, pero en momentos en los que las diferencias se dirimían a los tiros. La pérdida de la palabra agita la violencia. La resiliencia de Cristina, que puede volver a resurgir tras otro hecho dramático.

Al principio la incredulidad. Nadie se podría configurar que pudiera haber un intento de asesinato de una figura política elegida por la ciudadanía. Argentina es un país de discursos crispados, pero de una vida institucional que en 1983 inició un camino sin retorno. Por eso hubo crisis dramáticas que tuvieron resoluciones orgánicas en medio de intentos de copamiento, agitaciones violentas y renuncias de presidentes. La tensión política ha corrido los límites discursivos, con catalizadores como las redes , los fanatismos y el contexto global a tener reacciones epidérmicas. Pero un intento de magnicidio no entra en ninguno de los carriles previsible para quienes crecieron en democracia. No solo por el desamor a la vida, sino por el drama institucional que implica.

Pero en Argentina la palabra ha comenzado a perder valor; y si la palabra desaparece, hay violencia.

Hasta ahora se supone que el hombre que empuño el arma para intentar dispararle a Cristina Fernández de Kirchner es alguien que podría tener algún fanatismo individual y no hay razón para atarlo a un plan colectivo premeditado. Esa impronta no le quita gravedad porque genera estupor pensar que en el marco de la convivencia ya acordada de Argentina los representantes políticos ponen en riesgo su vida. Hace algunos días decíamos que Argentina vive en un "estrés" social enorme y que la paz social no estaba en juego. El presidente Alberto Fernández dijo lo contrario, en un mensaje que no ayudó a pacificar. Los gestos de unidad política que aparecieron anoche fueron fugaces: dirigentes irrelevantes para el colectivo de los argentinos como Sergio Palazzo tomaron la palabra para agitar y el presidente eligió culpar, en vez de ayudar. 

 

Matar en política

La violencia hacia un dirigente político o funcionario nunca es un hecho de inseguridad convencional. Lo que pasó ayer sí está fuera de contexto y preocupa profundamente. En la historia del Siglo XX hubo varios magnicidios en Argentina, la mayoría relacionados con la falta de gimnasia democrática, las bandas violentas parapolíticas y cúmulos de ira.

En 1921, por ejemplo, fue asesinado Amable Trifón Jones, que hasta un año antes había sido gobernador de San Juan. Las trifulcas internas del radicalismo se dirimían a tiros: Jones era Yrigoyenista y llegó al cargo de la mano de un acuerdo electoral frágil; ejerció de manera poco democrática el poder, le iniciaron juicio político y la provincia terminó intervenida. Nada sirvió para que haya paz, todo lo contrario. Jones fue asesinado y el magnicidio fue atribuido a sus rivales políticos; los Cantoni. Mendoza no estaba alejado de la violencia política. En 1929 fue asesinado Carlos Washington Lencinas; que había sido gobernador y era senador nacional electo. Lencinas fue asesinado en una balacera y el principal sospechoso era un fanático de una facción contraria dentro del radicalismo. Nunca se aclaró porque el acusado murió en el mismo tiroteo ocurrido en el Círculo de Armas de Mendoza. El magnicidio más relevante a nivel nacional ocurrió algunos años después.

El senador Enzo Bordabehere murió de "casualidad" cuando fue alcanzado por un disparo que tenía como destinatario original a Lisandro de La Torre, en 1935. Fue uno de los hechos institucionales más graves: no hubo retórica, el disparo ocurrió dentro del recinto y en plena sesión. Hubo un asesinato que tuvo una relevancia política enorme: cuando Montoneros secuestró y mató a Pedro Eugenio Aramburu, que había sido presidente de facto. Había sido un dictador y su secuestro y asesinato tenía un mensaje que puede estar dentro del plano de los crímenes relacionados con la política: Aramburo era parte del grupo que derrocó a Perón y que proscribió al peronismo. Montoneros, el violento grupo armado de la izquierda peronista, ejecutaba ese tipo de estrategias para hacerse ver. En Argentina aún se investiga si la muerte de Alberto Nisman fue un suicidio o un magnicidio, hecho que se la justicia lo confirma sería de una gravedad extrema también. Raúl Alfonsín también sufrió un atentado luego de ser presidente. 

Una imagen que ilusionó, pero duró poco: todos los senadores juntos. 

La resiliencia de Cristina

Todos los magnicidios han ocurrido en contextos distintos a los actuales: fragilidad institucional, una violencia política "normalizada" y falta de liderazgos positivos. Hoy la mayoría de los argentinos es nacido y criado en Democracia, por lo que aquellos años de violencia política parecen más recuerdos.

La política eligió el camino corto y epidérmico de las redes sociales para generar el efecto panfleto

Sin embargo, hay actitudes que van a contramano.  La construcción discursiva del oficialismo y la oposición están basados en la confrontación, en agitar. La política eligió el camino corto y epidérmico de las redes sociales para generar el efecto panfleto, antes que los mítines, las reuniones, los debates y hasta la rosca. Ahora cambió el libreto. 

Lo ocurrido en Recoleta cambia la realidad política. Cristina Fernández de Kirchner ya era el eje; tanto que su caso en la justicia y su intento de deslegitimación del juicio que se lleva adelante estaba más presente que los problemas económicos dramáticos que vive el país por la mala gestión de la que ella misma es parte.

Cristina es una dirigente política con un alto grado de resiliencia. En 2010 falleció Néstor Kirchner y tras la consternación, retomó el ejercicio del poder con más potencia. El intento de magnicidio tendrá un efecto de protagonismo absoluto; un hecho dramático que genera rechazo unánime y eclipsa, al menos por un tiempo, cualquier otro concepto. Hoy tendrá una especie de 17 de octubre cuando todos los fragmentos del oficialismo se reúnan a su alrededor. Lo que no pudo la política, lo hará el espanto de un intento de homicidio.