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Massa, Suarez, los gremios y un temor mayor: nadie cree

El descontento social es generalizado y cualquier catalizador puede agitar. Por eso el Gobierno, los gremios y los dirigentes sociales buscan canalizar las protestas para que haya conducción.
La manifestación de estatales fue masiva y desbordó a los propios gremios. Foto: ALF PONCE MERCADO / MDZ
La manifestación de estatales fue masiva y desbordó a los propios gremios. Foto: ALF PONCE MERCADO / MDZ

"Nadie cree en nada, ni en nadie", resumen entre regañadientes. No es un postulado religioso, ni una queja cristiana. Es la impronta más mundana que se pueda conseguir hoy y también el principal temor de gobiernos, gremios y dirigentes. La incertidumbre que, nuevamente, vive Argentina, se traduce en una incredulidad y descontento que asustan y que puede ir camino a no discriminar, a que no haya un tamiz para evaluar desempeños y elegir. El problema de representatividad, en una democracia representativa, preocupa. 

Lo que ocurrió en Mendoza durante la semana sirve para analizarlo. Lo que se vio y el impacto que tuvo. El paro y la marcha multitudinaria de los docentes desbordó al gobierno y a los propios gremios. La oposición intentó usar el tema para arrogarse una representación que no tiene, sobre todo a través del SUTE (gremio docente que conducido por un ala del kirchnerismo). El oficialismo tuvo que recalcular su estrategia. Rodolfo Suarez fue el primero, con un mensaje que dejó de lado el cuestionamiento para buscar empatía con el reclamo docente. "Lo sabemos, el reclamo es justo. Los docentes ganan poco, pero no son los peores pagos del país. Tenemos que hacer que Mendoza sea viable y por eso no vamos a prometer nada que no se puede cumplir", explican en el Gobierno. El aumento docente salió por decreto y representa un gasto mensual, hasta agosto, de 6 mil millones de pesos. Saben que antes de fin de año habrá que recalcular; en todo el sentido de la palabra. 

Suarez se esperanza que con Massa haya mejor vínculo. La relación con Alberto Fernández sigue siendo mala. 

La preocupación del Gobierno es que, creen, el mal humor social permite que cualquier catalizador sirva para agitar más. Ellos, al igual que la oposición, tienen una distancia tal con lo que ocurre que les impide leer con claridad el clima social. Por eso temían que hubiera disturbios en la marcha docente, cuando en realidad no hay antecedentes que abonen esa teoría conspirativa (muestra de ello fue la propia marcha). Hacia adelante creen que la realidad social puede empeorar. La clave es que haya liderazgos, interlocutores y conducción, incluso entre quienes protestan. En Mendoza no hay antecedentes para temer, pero lo ocurrido en Neuquén con internas gremiales que se dirimen a los tiros, no queda fuera de agenda. Tampoco las repercusiones que pueden tener medidas incómodas que deberán tomar hacia el futuro, como aumentos en los servicios, ajustes internos por la incertidumbre económica y financiera.

Detrás del desastre económico hay un efecto emocional que es más difícil de controlar. Es la decepción, el desencanto y el hartazgo. La figura de Alberto Fernández puede servir de paradigma. El Presidente comenzó su gestión con el estigma de ser "el delegado del poder" de la vicepresidenta Cristina Fernández de Kirchner. Y en vez de sacarse ese karma, lo potenció; aún a pesar de las oportunidades que tuvo para empoderarse. Al inicio de la pandemia, Alberto tenía un respaldo de más del 80% de la población, incluidos entre ellos quienes no lo habían votado. Dilapidó ese capital con un chasquido de dedos. Luego hubo más oportunidades: el día después de las elecciones perdidas, los cambios internos y el hostigamiento del kirchnerismo. Alberto siempre eligió someterse más.  Por las carencias propias deterioró su imagen hasta hacerlo irreversible.

Ese deterioro se reproduce, en otra escala, en casi toda la clase política. Incluso está el curioso caso de Sergio Massa, autoproclamado "superministro". Llega como el salvador, pero también arrastra una mala imagen ganada por la sinuosidad de sus decisiones y su recorrido político. 

Banda roja 

Las encuestas de opinión tienen una variable que se lleva la atención principal: qué dirigente "mide más" o tiene mejor imagen. Pues ahora lo más importante está teñido de rojo. Se trata de la imagen negativa, una de las improntas más difíciles de revertir y que preocupa. Hoy, por ejemplo, no hay ningún dirigente político de relevancia nacional que tenga imagen positiva. Es decir, cuya valoración positiva supera la negativa. Todos están en rojo. 

Según la última encuesta nacional de la consultora Realle Dala Torre todos los dirigentes medidos tienen una imagen negativa superior. En esa lista están los que gobiernan y los que pueden gobernar desde el año que viene. Desde Cristina y Alberto, hasta Vidal y Rodríguez Larreta. Parte de esa mala imagen se traduce en un concepto general: el 80,5% de los encuestados visualiza un futuro sombrío para el país. No hay idea de presente y tampoco de futuro; a un año de las elecciones primarias de 2023. 

Ningún dirigente nacional tiene imagen positiva. 

Para peor, la mala imagen penetra a las instituciones. Es decir, más allá de que la imagen de Alberto Fernández haya caído, se lima la figura del presidente. "Se ha perdido la autoridad del presidente, a tal punto que un ministro como Sergio Massa aparece como el salvador, el virtual presidente", sugiere un analista. Sin embargo, explican, la institucionalidad en el país tiene bases sólidas. E incluso algunos valores generales. Para graficarlo los analistas toman a Javier Milei. El autoproclamado libertario es la figura emergente de la crisis de representatividad. Pero el diputado sufrió el rigor de sus desbordes: sus actitudes y declaraciones extremas hicieron que su imagen también cayera fuertemente. En principio aún a pesar del efecto bronca, pareciera que la opinión pública no permite el "vale todo" de manera tan epidérmica. 

La pelea electoral subyace y tiene como horizonte el año que viene. Pero en el día a día hay otras disputas de poder. Ocurre, por ejemplo, con las organizaciones sociales. El Estado y los partidos políticos delegaron la representatividad de un sector cada vez más amplio de la población y ahora temen que sea inmanejable. Argentina es un país con más de un tercio de la población marginada de las actividad formal, de la economía y los derechos laborales.

Durante décadas (sobre todo luego del 2001)  la política no pudo resolverlo a través de la inclusión en la vida laboral y hasta ciudadana. Las organizaciones sociales ocuparon ese lugar y la presión la política siente ese rigor. Lo mencionan, incluso, desde La Cámpora y con Cristina a la cabeza. Pero también inquieta en los gobiernos provinciales. "No sé por qué temen, si las organizaciones sociales han contenido lo que la política no puede", explican desde una organización ligada al oficialismo nacional.