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La Reina Luna: el discurso de Cristina Fernández de Kirchner analizado en detalle

La expresidenta no siente que deba dar cuenta de sus actos públicos ni que pueda ser objeto de críticas. De hecho pidió el fin de los debates en el tema seguridad y pidió que todos tiren para el mismo lado. El consultor en comunicación Diego Muñiz analiza el discurso de CFK.

“Si algún príncipe o ministro encontrara verdades dolorosas en esta obra, piensen que por ser hombres públicos deben dar, al público, cuenta de sus actos. Que ese es el precio al que compran su grandeza, que la historia es un testigo no un adulador y que la única manera de compeler a otros para que hablen bien de nosotros, consiste en obrar bien”. Más de trescientos años después, la sentencia de Voltaire en el prólogo de su libro Carlos XXII de Suecia, resulta aplicable para la presidenta en ejercicio de una República del siglo XXI próxima a cumplir 40 años ininterrumpidos de democracia.

Con la misma cerrazón que aquel monarca sueco de hace tres siglos, Cristina Fernández de Kirchner no sólo no tolera las críticas de periodistas e intelectuales sino que ni siquiera reconoce la competencia de fiscales y jueces legalmente designados para juzgar sus actos de gobierno. Como el apodado Rey Sol que proclamó que el estado era él, el absolutista francés Luis XIV, Cristina bien podría ser recordada como la Reina Luna. Apenas algunas horas después de emitir un decreto para desconocer por segunda vez un fallo de la corte suprema, durante el acto de su virtual lanzamiento a la presidencia de la nación para el período 2023/2027, la vicepresidenta volvió a cargar contra la Justicia a la vez que envió a sus voceros de turno a proponer la idea de eliminar el poder judicial y reemplazarlo por un servicio de justicia.

Es que CFK está en las antípodas de Voltaire, no quiere que la historia sea un testigo sino más bien un adulador incondicional. Ya lo había planteado en su primer juicio oral cuando se sintió eximida por la historia y reclamó que fueran los jueces quienes
dieran explicaciones y no ella que, justamente, era quien estaba sentada en el banquillo de los acusados.  Puede parecer altruista, sin embargo, detrás de ese pedido de unidad se esconde la pretensión de que todos tiren para el mismo lado, es decir el suyo. Su hijo, el diputado nacional Máximo Kirchner, mamó algo de eso y se indignó con quienes osaron criticar a la ministra de trabajo, Kelly Olmos, por mostrarse más preocupada en ganar el próximo mundial de fútbol que por combatir la inflación. Hasta hoy no se le conoce ninguna virtud futbolística a la ministra y aún no figura en la lista de convocados por el técnico Lionel Scaloni por lo que su influencia en la hipotética obtención de dicho logro, es toda una incógnita.

Quizás si se dedicara a hacer algún aporte en las reuniones de gabinete, podría influir, aunque fuera mínimamente, en combatir la principal preocupación de la sociedad para la que debería trabajar. Pero ni aún en casos tan obvios se toleran las críticas. La oposición tampoco se luce y todos desconfían de todos, hasta de sí mismos. Mientras en Juntos por el Cambio se ha propuesto dirimir la interna a las trompadas, el libertario Milei planteó juicios contra periodistas en la misma línea de intolerancia que el oficialismo. Quizás todos deberían calmarse un poco, escuchar un poco más al otro y mirarse en el espejo de uno de los próceres menos celebrados de la Argentina, Juan Bautista Alberdi, quien en línea con Voltaire planteó: “La crítica es la libertad de otra inteligencia que sirve de límite a la nuestra. Donde todas las inteligencias no son libres a la vez, no hay debate ni discusión, ni oposición, ni contradicción. No hay examen, ni estudio, ni investigación, ni ciencia. El disentimiento de opinión, es la libertad”.

* Diego J. Muñiz
Consultor en Comunicación