Defender la libertad no es una propuesta extrema, es sensata
Luego de leer la nota de mi colega periodista, Nicolás Attias, titulada “Los planteos libertarios y el espejo invertido de los que borran los límites de la República”, escribo esta nota con pena por la innecesaria tarea de escribir sobre “los libertarios” sin el análisis del contexto y de la historia de las propuestas que apoyamos los militantes del Partido Libertario, del cual soy la apoderada legal en Mendoza.
Para aclarar algunos de los dichos por mi colega, debo señalar antes que nada, que no hay “planteos libertarios” sino propuestas, todas ellas basadas en realidades, tanto de Argentina como de otros países donde (y cuando) esas propuestas se han llevado a cabo y han mostrado que resultan en el crecimiento económico de toda la sociedad y del país, que reduce los índices de pobreza y desempleo y que la libertad es el único camino que lleva a los individuos a desarrollarse. No puede haber desarrollo en una sociedad que tiene reglas que impiden progresar y que, encima, esas reglas son para “algunos” pero no para todos.
El periodista dice que los libertarios tenemos “ideas y propuestas extremas, expresadas muchas veces con formas autoritarias”, algo que es absolutamente falso ya que, si los libertarios defendemos las libertades individuales, es imposible hacerlo de manera autoritaria. Defender la libertad no es una propuesta extrema, es sensata.
La defensa irrestricta de la propiedad privada no es una propuesta extrema, es Constitucional. La propiedad privada es el fruto del trabajo y esfuerzo de los individuos y por eso sostenemos que es intocable por el Estado o por otro individuo.
El rechazo a la intervención estatal en la economía se basa en la relación causa efecto entre el progreso económico y el índice de libertad económica que tienen los países. Así, bajo las normas de libre mercado que regían en Argentina a fines del siglo diecinueve, nuestro país llegó a tener el PBI más alto del mundo, superando incluso a Estados Unidos.
Intervenciones estatales como el control de precios, la Ley de Góndolas, la regulación de alquileres, el cepo cambiario y otras que se repiten desde hace más de 7 décadas, han demostrado (y no sólo en Argentina) ser la mejor fórmula para el fracaso de una economía. Hoy, Argentina tiene 50% de inflación y más del 50% de pobreza, y estamos en el puesto 148 del índice de libertad económica.
Si separamos las causas de las consecuencias podemos entonces argumentar falazmente, pero los datos, la realidad, es que cuanto más interviene el Estado en las relaciones económicas de un país, más lo empobrecen.
Los economistas José Luis Espert y Javier Milei desbarataron uno de los argumentos más falaces de la historia argentina: ese que dice que la inflación es “multicausal” y que hombres malos y millonarios le ponen a los productos el precio que quieren porque quieren ganar más. Espert y Milei nos hicieron entender a los ciudadanos que la inflación no es, en realidad, un aumento de los precios, sino una devaluación de la moneda que se origina en la impresión descontrolada de billetes, y la propuesta de cerrar el Banco Central se basa en que no tiene la autonomía necesaria para hacer lo que tiene que hacer, que es resguardar el valor de la moneda argentina en vez de salir a rescatar al gobierno de turno dándole dinero a mansalva lo que, finalmente, devalúa el peso. Eso es realmente antiético y para nada republicano: el presidente del Banco Central no puede ni debe responder al presidente de turno del país, ni en Argentina ni en ningún otro país del mundo.
Para demostrar este punto basta con ir hacia atrás y recordar que cuando en el gobierno de Carlos Menem se prohibió emitir un solo peso que no tuviera respaldo en dólares, no hubo inflación.
El corazón del pensamiento libertario no se trata de un “sálvese quien pueda” sino todo lo contrario: se trata de que el Estado permita que los ciudadanos nos salvemos trabajando, creando riqueza, desarrollándonos, estudiando, capacitándonos. Sin embargo, las intervenciones del “Estado presente” son mecanismos para impedir la autonomía, allí donde está el Estado, somos esclavos de lo que él decida por nosotros.
Por eso, no es para nada curioso que las ideas libertarias hayan tenido eco en sectores de barrios pobres: porque ellos se dieron cuenta de que el Estado les quiere comprar el voto con un bolsón de comida de marcas “Cuchuflito y Pindonga” (que es lo que les dan a ellos mientras en Olivos festejan con tortas de $12 mil. Se dieron cuenta, también de que mientras el desempleo crece en esos barrios, se crean ministerios, secretarías, subsecretarías, direcciones y subdirecciones adonde se acomodan los amigos el poder. No es llamativo que los que más necesitan trabajar se rebelen contra aquellos que ni siquiera esconden con vergüenza el uso que hacen del privilegio que les da ser parte del Estado.
El “Estado presente” no es otra cosa que sueldos que salen del IVA de la leche de tercera marca que compran en esos barrios. Los pobres se dieron cuenta de eso gracias a José Luis Espert y Javier Milei.
Respecto a Mendoza, el Partido Libertario no adhirió al Mendoexit ni al frente Vamos Mendocinos, simplemente porque no adherimos a una idea separatista sino que proponemos la autonomía de todas las provincias del mismo modo que la proponemos para los individuos. Para ello, hay que derogar la Ley de Coparticipación Federal y eso sólo se puede hacer en una segunda etapa de reformas, cuando el país muestre un crecimiento sostenido.
El Partido Libertario nunca propuso “correr al Estado de todo con formas autoritarias” sino todo lo contrario: la propuesta es que el Estado deje de ocuparse de lo innecesario para ocuparse de lo urgente e impostergable: los sectores más necesitados. Pero no con asistencias eternas sino con oportunidades para que puedan desarrollarse económica y socialmente, es decir, en absoluta LIBERTAD.
La corrupción existe allí donde hay un ejercicio de poder de uno sobre otro: cuando el Estado es quien tiene el poder, la corrupción surge del Estado. No decimos que no haya corrupción en otros ámbitos pero sí hacemos visible que la corrupción desde el Estado crea pobreza, porque usa la plata de los contribuyentes, y también mata: como en el caso de la tragedia de Once o los muertos por el Covid que podrían haberse salvado si hubieran tenido su vacuna antes que muchos funcionarios y sus familiares que no eran parte de los grupos de riesgo.
La búsqueda del equilibrio fiscal ES lo que garantiza la seguridad social. Justamente nos enfocamos en la sociedad asegurando que el dinero de sus impuestos sea utilizado en lo más necesario: en los chicos que tienen hambre, en los ancianos que cobran jubilaciones de miseria luego de toda una vida de trabajo, en los jóvenes que no pueden conseguir trabajo porque el Estado les dio una educación tan decadente que no pueden seguir simples instrucciones.
Lo que los libertarios le decimos a la sociedad es que cada funcionario, cada privilegio de la “casta” (una de sus definiciones, según la RAE, es “grupo que forma una clase especial y tiende a permanecer separado de los demás”), cada puestito en el Estado significan un gasto más para un Estado que debe gastar cada vez menos porque ya ha endeudado hasta a nuestros bisnietos. La única forma de achicar ese gasto es eliminando los privilegios de la clase política: en un país donde 6 de cada diez niños no come bien, una torta de 12 mil pesos para la Primera Dama es INMORAL E INHUMANO.
Por eso, los libertarios defendemos a los individuos, defendemos a cada uno de esos chicos que no come, para nosotros son personas, no una estadística, y por eso le explicamos a cada ciudadano que nos escucha, cuántos platos de comida se pueden comprar con 12 mil pesos.
La grieta es moral: la comida del perro del presidente la paga, también, una empleada doméstica que se arrodilla todos los días a limpiar inodoros.