Los planteos libertarios y el espejo invertido de los que borran los límites de la República

Los planteos libertarios y el espejo invertido de los que borran los límites de la República

La corriente cobró fuerza a la par de la crisis que ahondó el descontento social de un sector muy marcado con la figura del Estado. Tuvieron adhesión sus ideas y propuestas extremas, expresadas muchas veces con formas autoritarias. Las mismas que critican en facciones del oficialismo.

Nicolás Attias

Nicolás Attias

La Argentina de la grieta alimentó el ascenso de una corriente que se identifica con ideas extremas como ser la defensa irrestricta de la propiedad privada, el rechazo a la intervención estatal en la economía, la desaparición del Banco Central, la privatización de la emisión de dinero y la supresión de toda restricción a los monopolios. Un conjunto de ideas que podrían sintetizarse en un "Sálvese quien pueda" y que representan el corazón del pensamiento libertario.

En estas elecciones tuvieron conspicuos exponentes a nivel nacional en las figuras de las economistas  José Luis Espert y Javier Milei, y aquí en Mendoza estuvieron representados en la legión que adhirió al Mendoexit.

Sus propuestas tuvieron eco en un sector identificado con la juventud, con emprendedores pero también en sectores insospechados como ser barriadas pobres de Buenos Aires. 

La gran incógnita es poder entender la composición sociológica de este voto libertario. Indudablemente existe una amplia porción social que adhiere a estos postulados pero también existió un voto bronca con el gobierno nacional y con la clase política en general, o casta como le gusta decir a Milei, que se volvió repentinamente libertaria.

De algún modo esta corriente alimentó un discurso de antipolítica, antiestado y anticorrupción que caló hondo en el profundo malestar social. Pero la solución lejos estará de encontrarse corriendo al Estado de todo con formas autoritarias, que muchas veces se emparentan con cierto sectarismo que anida en el poder hoy goberrnante, y que se encierra en una endogamia de pensamiento.

Sin dudas Argentina necesita reformatearse ampliamente en su sistema económico, para reconstituir un tejido productivo y social que le dé sentido a una democracia integral. Y es ahí donde el Estado puede ser garante de ciertos equilibrios necesarios para no caer en una anarquía.

Si bien los orígenes del pensamiento libertario pueden rastrearse mucho tiempo atrás, es en el proceso iniciado en los años 70 para desmantelar la figura del Estado benefactor de la posguerra, donde encuentra nuevo impulso.  Con un pensamiento dogmático que en la búsqueda del equilibrio fiscal inmediato están dispuestos a sacrificar hasta la seguridad social.

Y esta es una postura polémica que daña el sentido mismo de una República: si su sociedad se desintegra no hay contrapeso de poderes ni marco constitucional que la contenga.

El discurso libertario identifica a la corrupción política y a los impuestos como el gran mal a combatir. Pero la corrupción anida más allá de los márgenes de la dirigencia política y un país no puede organizarse socialmente en salud, educación y seguridad sin un sistema impositivo.

 Sí está claro que el actual es regresivo y por amplios tramos confiscatorios.

Lo cual da lugar al discurso común que vincula a todos los tributos argentinos con el gasto de los subsidios sociales y planes.

Sin dudas es necesario reconvertir la organización del Estado argentino desde sus cimientos. 

Pero es importante reconocer que la ausencia del Estado no termina con la corrupción y la violencia en la sociedad, sino que la hace más peligrosa, dejando a la sociedad expuesta a las mafias y a la ley del más fuerte.

Episodios tristes de la historia de la humanidad lo atestiguan y confirman. 

Sin Estado se hace imposible defender el medio ambiente, a los niños y ancianos, garantizar la salud y la educación a los sectores de bajos recursos, la calidad de los remedios y los alimentos.

No se trata de todo el poder a los soviets, o al Estado o al dios mercado. Se trata de equilibrios, de leyes justas que se apliquen para sustentar un proyecto de país común. Sin mesianismos.

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