La ventana indiscreta de Zoom

La ventana indiscreta de Zoom

La pandemia potenció la convivencia de la vida cotidiana a una pantalla y hasta sentimos que “llegamos tarde a reuniones virtuales que tienen lugar en la misma habitación". Lo social se inmiscuye permanentemente en la intimidad del hogar

Damián Fernández Pedemonte

Damián Fernández Pedemonte

Este año Netflix estrenó La mujer de la ventana, un thriller mediocre sobre una mujer con agorafobia (Amy Adams) que no sale nunca de su casa, pero desde su ventana cree ser testigo de un crimen. El film cita textualmente la gran película de Alfred Hitchcock La ventana indiscreta, de 1954, en la que Jefferies (James Steward), un fotógrafo inmovilizado por un accidente, disfruta de la visión de las vidas ajenas que se alcanzan a ver desde las ventanas de las casas vecinas. El voyeurismo es un tema recurrente en las películas de Hitchcock. En esta, la escenografía de un estudio de la Paramount que representa un patio del Greenwich Village de Nueva York consiste en un muro de ventanas y balcones enfrentados a la habitación en donde guarda reposo el fotógrafo.

La ventana indiscreta, una genial alegoría del voyeurismo en el cine.

Eliseo Verón explicaba que los hitos en la evolución de los medios, como la aparición de la fotografía, del cine o de la televisión, constituyen cambios de escala en nuestra percepción. De repente pasamos a contemplar personas o lugares alejados de nosotros en el tiempo y en el espacio, a ser testigos de acontecimientos que han sucedido o están sucediendo a gran distancia de nuestro ámbito, incluso en vivo y en directo, en tiempo real. La pandemia ha generalizado en todos nosotros uno de estos cambios de percepción, un nuevo giro en la “mediatización” de la mirada.

El cine y en particular el cine de Hitchcock nos enseñó a mirar el detalle, a auscultar la psicología de las personas a partir de sus rostros y gestos. En La ventana indiscreta la cámara nos muestra lo que mira el protagonista invitándonos a identificarnos con ese punto de vista inmóvil de un campo visual parcial: sólo conoce de las historias lo que se alcanza a ver por las ventanas, el resto sucede fuera de campo y sólo puede ser reconstruido a partir de lo que se escucha, con la ayuda de la imaginación.

El muro que mira Jefferies se parece a la pantalla ahora omnipresente de Zoom. Recuerda a lo que escribió el año pasado Jorge Carrión en The New York Times: “La imagen de esa cuadrícula de rostros en lugares distintos resume lo que somos en estos momentos: una sucesión de celdas con ventanas de píxeles que comunican con otras celdas. Una colmena infinita y virtual. La pantalla subdividida recuerda a una fachada compartimentada en balcones”. 

Esta agotadora fijación de nuestras miradas en las pantallas, convertidas por la pandemia en espacio central de interacción con personas y de realización de actividades de diversos ámbitos (familiar, educativo, laboral…), ha movido, un poco más aún, la frontera entro lo íntimo y lo público, el adentro y el afuera de nuestras casas. El hogar se ha transformado a la vez en oficina, en escuela, en lugar de recreación, todo yuxtapuesto, sin confines espaciales o temporales precisos. Además, ese espacio de íntima mezcolanza abre sus ventanas permanentemente a la mirada de testigos más o menos conocidos. Esta nueva penetración virtual en la vida cotidiana lleva a todas las regiones geográficas, edades y niveles sociales, fenómenos reservados antes al home office, el e-learning o el consumo digital sólo de un grupo y en espacios y tiempos bien delimitados. Falta hacer el control de daño cognitivo y emocional de esta abrupta mutación del alcance de la mirada.

La vida pasa por zoom.

Estado de situación

Por lo pronto sabemos que estamos agotados, que sentimos que “llegamos tarde” a reuniones virtuales que tienen lugar en la misma habitación, que hemos empezado a naturalizar la rareza de encontrarnos “cara a cara” con personas lejanas gracias a las video-conferencias. La interacción se ha transformado de golpe y radicalmente. Es difícil mirar a los ojos por Zoom, debido al desfase entre el lugar de la cámara y el lugar donde aparece la persona a quien queremos mirar. Los cuerpos aparecen encapsulados, pero con algunos detalles más destacados incluso que en la presencialidad. Con la cámara apagada se puede mirar sin ser mirado, como con los anteojos negros. Curioseamos los fondos de las casas de colegas, estudiantes y parientes. Y permanentemente hay irrupciones de actividades diversas de las que se están cursando: hijos pequeños de profesores y colaboradores, gatos de alumnos y amigos. Cualquiera sea el objetivo de la reunión virtual está amenazado por interferencias hogareñas que se filtran a través de personas o elementos discordantes que aparecen en el fondo de la pantalla o timbres, llantos, gritos que se alcanzan a escuchar.

“llegamos tarde” a reuniones virtuales que tienen lugar en la misma habitación

Erwing Goffman explicaba que en toda interacción que tiene lugar en una organización se delimitan entre los interlocutores dos espacios. La región frontal es la que cada uno quiere exhibir, por ejemplo, lo que expresa en voz alta, la vestimenta, los gestos conscientes. La región trasera, en cambio, es el lugar donde debería guardarse lo que no queremos proyectar hacia afuera: lo que pensamos, una rotura en la ropa que advertimos tardíamente, poses que pueden delatar nuestro nerviosismo o desinterés. Esta distinción se establece también en nuestra oficina: una cosa son los retratos familiares o los libros en los anaqueles que están a la vista de los visitantes y otra cosa distinta lo que guardamos dentro de un cajón o los papeles que se acumulan en un lugar escondido a miradas foráneas. Con frecuencia, dice Goffman, suceden filtraciones de la región trasera a la frontal. En general forman parte de la convivencia como cuando perdemos el hilo de lo que estamos diciendo en conversación con un jefe o mostramos un desorden en nuestro escritorio que hubiéramos preferido que no viera, aunque pueden llegar a ser causa de auténticos escándalos.

El cambio de escala que ha provocado la virtualidad de todas nuestras actividades radica en que en vez de filtrarse lo privado en un ámbito público, acontece más bien que lo social se inmiscuye permanentemente en la intimidad del hogar que no está preparada para estas continuas penetraciones de miradas extrañas. Y lo que nos pasa a nosotros le sucede a cada uno de los que se conectan con nosotros para un encuentro virtual. Y todavía no sabemos qué representa esto para el futuro de nuestras interacciones.

*El autor es Director de la Escuela de Posgrados en Comunicación

EntreMedios es un espacio de la Escuela de Posgrados en Comunicación de la Universidad Austral, en alianza con MDZ.

EntreMedios es un espacio de la Escuela de Posgrados en Comunicación de la Universidad Austral, en alianza con MDZ.

 

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