Cerrar las escuelas, criticar a los médicos y usar la fuerza pública: las decisiones autodestructivas de Alberto Fernández

Cerrar las escuelas, criticar a los médicos y usar la fuerza pública: las decisiones autodestructivas de Alberto Fernández

El presidente tomó decisiones duras de manera unilateral y no tuvo el respaldo político esperado. Aunque no haya sido su intención, generó reacciones en sectores clave para la comunidad. Qué puede pasar y cómo impacta en las provincias.

Pablo Icardi

Pablo Icardi

Si se toma de manera literal el discurso que construye Alberto Fernández para explicar sus decisiones, se podría caer en una reacción epidérmica y probablemente injusta. Creer que es una persona cínica; que se atreve, en medio de una pandemia sugerir  que el sistema de salud se relajó, cargando responsabilidad sobre quienes más expuestos están. Pero difícilmente sea real esa idea. Alberto Fernández no quiere que le vaya mal a los argentinos. Pues entonces se puede acusar a la torpeza que tiene para pensar, decir y hacer.

Alberto Fernández no entiende algo clave en la comunicación: no importa lo que se quiere decir, importa lo que se dice, lo que se interpreta y lo que sus palabras generan.

Como si no hubiera problemas, el Presidente se crea los propios. El malestar generado por su discurso y sus decisiones probablemente están fuera del rango. Alberto le contesta a Patricia Bullrich, pero el problema está en lo que piensan los médicos y enfermeros que silenciosamente atienden en cada hospital los casos de covid, a las personas que se hacen diálisis, a los niños con enfermedades crónicas, a los viejos en un geriátrico. La reacción de Juntos por el Cambio importa poco al lado de lo que le pasa a las familias que tenían en las escuelas abiertas la esperanza de que sus hijos estén mejor. 

La decisión más dramática que tomó Alberto Fernández es la suspensión de clases presenciales en Buenos Aires y la Ciudad de Buenos Aires, una medida con una alta carga simbólica y que también esconde connotaciones. El error de lectura es grosero. En Argentina la escuela no es solamente un lugar donde se transmiten contenidos. En medio de un proceso de decadencia marcado por la exclusión de personas de los sistemas de producción y acceso a los derechos, la escuela es uno de los pocos "brazos" del Estado que aún llega a todos lados. Para muchos niños es el sitio que más dignidad les da. De hecho, 8 de cada 10 niños y adolescentes argentinos valora a la escuela como un buen lugar para estar.

¿Entiende el Presidente qué significa que 6 de cada 10 niños vivan en hogares pobres o que un 10%, como mínimo, tenga problemas de alimentación? Alcanza con recorrer cualquier barrio de los "conurbanos" argentinos para darse cuenta. Cerrar las escuelas es blindar el acceso al único espacio donde la utopía de una sociedad mejor se mantiene. 

La escuela sigue siendo el lugar donde más se dignifica a los niños fuera de su hogar

El tercer paso errático desde la gestión y desde lo comunicacional lo dio el Presidente con la convocatoria a las fuerzas federales para controlar. Un gesto de aparente dureza para un mandatario con poder desgranado. Nada peor que una amenaza con la policía para cubrir la falta de convencimiento con la palabra. Incluso con contradicciones al seno del oficialismo. 

Cerrar las escuelas, cuestionar a los médicos y llamar a la policía. La síntesis es autodestructiva y tiene efectos. Nuevamente: no importa lo que el Presidente quiere decir, sino lo que dice y lo que genera. Hay un dato interesante que puede ilustrar el malestar.

El Mendoexit, esa idea de "independizar" Mendoza de Argentina, puede ser una simpática moda dialéctica de las redes. Pero esconde otros datos más profundos. Uno de ellos es el desaliento. La encuesta que Martha Reale hizo sobre el tema trasluce algo en ese sentido. Cada vez hay más mendocinos que se sienten "menos parte" del país o, mejor dicho, menos orgullosos. Ante la pregunta fría de querer "separarse" o ser independientes, también crecen las respuestas positivas.

Pero a la hora de profundizar, en realidad la mayoría no quiere dejar de ser argentino, sino que se siente descontento con esa Argentina. "Se observa una insurrección silenciosa conectada con una percepción de redistribución inequitativa de los ingresos nacionales, que tiene un correlato con el deseo separatista. Este mes, dicho deseo registró un 8% más de adherentes que el año pasado", dice el informe técnico. Pero al analizar de manera más fina los datos, aparece otra mirada. "Sin embargo, ese 42,8% no manifiesta voluntad de sedición. Interpretar eso, sería hacer una lectura insustancial de algo que es mucho más profundo. Claramente, este porcentaje está expresando un aspiracional de mayor autonomía. En resumidas cuentas, lo que subyace es una necesidad de desprenderse emocionalmente de un país con una propensión cada vez mayor a expulsar, que a contener", asegura el estudio.

Las salidas individuales

"Las decisiones las tomé yo", dijo enfático el presidente Alberto Fernández. Y lo hizo con un extraño orgullo, como quien busca autoempoderarse. Lo peor es que es verdad: el Presidente decidió aislarse del resto de los representantes, no llamar a los gobernadores y tratar de "mandar" desde Casa Rosada y con foco casi exclusivo en el conurbano de Buenos Aires. El teléfono de Rodolfo Suarez, por ejemplo, hace rato que no suena con el prefijo 011. 

El año pasado había reuniones formales y tensiones cruzadas. Pero al menos el vínculo existía. Ahora, con la agudización de la crisis sanitaria, no hay diálogo entre Alberto y los gobernadores. Hay algunas quejas solapadas, pero un gesto unánime que lima al autor de la estrategia: el Presidente invitó a adherir a las duras medidas que tomó para Buenos Aires. A su propuesta le siguió un silencio de radio que desgasta aún más. A principio de semana el Presidente apuntó directo: culpó a los gobernadores de no reaccionar y no controlar las disposiciones. La desobediencia no es solo operativa. El Presidente anuncia su soledad y también se suma presión para sí mismo: los costos son para él también. Las protestas y la posibilidad de que no se haga caso a las restricciones genera temor. "No se puede encerrar a la gente a la fuerza", suele repetir Suarez. 

 

"No hay conducción", dicen con algo de ensañamiento desde Mendoza. Rodolfo Suarez tomó un camino que parece contradictorio, pero que intenta explicar. El Gobernador dijo públicamente que hacía falta una estrategia nacional, pero pocos días antes se había diferenciado y un día después hizo lo mismo. Suarez maneja una delgada línea discursiva que algunas veces se confunde con indecisión: reclama atención nacional, pero autonomía en algunas decisiones. "Tiene que haber una conducción nacional, pero con libertad de acción para los gobernadores", aclaran desde el Ejecutivo. 

El Presidente avanzó más de lo esperado y corrigió el DNU que establece las reglas para todo el país hasta fin de mes. Ese hecho podría ser una puerta de entrada a restricciones más duras y tomadas de manera unilateral.

El problema para Suarez y todos los gobernadores es que lo aprendido el año pasado para gestionar la pandemia cambió porque el impacto es mayor, el tiempo por delante con crisis aguda en el sistema sanitario es más prolongado y tienen menos herramientas disponibles. El punto de partida también es peor: los gobernantes eligieron aumentar la incertidumbre y el sálvese quien pueda. 

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