La cultura como propaganda kirchnerista: un riesgo que agranda la grieta

La cultura como propaganda kirchnerista: un riesgo que agranda la grieta

Visto por el kirchnerismo como una herramienta que contribuye a la consolidación del movimiento político y social a partir del fortalecimiento de su poder, el Ministerio de Cultura de la Nación es utilizado como un aparato propagandístico que exalta el relato solo para el interés partidario.

Nicolás Munilla

Nicolás Munilla

A lo largo de los últimos setenta años, el peronismo ha gestado un discurso único que más allá de sus premisas sobre la justicia social, la redistribución de la riqueza y la unidad nacional, encierra una filosofía marcadamente personalista y que se autopercibe como un elemento inseparable del Estado argentino. Esta práctica se consolidó, reforzó, potenció y expandió durante el kirchnerismo en todas sus facetas: cómo olvidar los actos multitudinarios realizados entre 2003 y 2015, desbordados de iconografía militante y con sus líderes (y lideresas, claro) subidos a no modestos escenarios donde expresaban encendidos discursos embebidos de misticismo neoperonista recauchutado.

La cultura de nuestro país siempre respondió a ese mandamiento: más que una proyección sobre la multiplicidad de identidades, tradiciones y otras expresiones que abundan en nuestro país e intentan fortalecernos como sociedad, entre otras tantas definiciones, es vista por el kirchnerismo como una herramienta que contribuye a la consolidación del movimiento político y social a partir del fortalecimiento de su poder, para lo cual intenta resaltar la cultura popular y extiende sus ideas en múltiples aspectos culturales de la Argentina.

Más allá de este poderoso vínculo sobre el que existe una extensísima bibliografía que vale la pena indagar, uno de los errores más graves que suele cometer el kirchnerismo es cuando transforma la promoción estatal de la cultura en un descarado aparato propagandístico que exalta el relato partidario solo para el interés de un sector, y que incluso genera confrontaciones innecesarias en un momento donde la grieta no hace más que profundizarse.

Por ende, uno se pregunta: ¿Es necesario que el Ministerio de Cultura de la Nación utilice sus recursos económicos tan escasos para que su titular Tristán Bauer viaje a La Quiaca junto al expresidente boliviano Evo Morales? ¿Es imperioso que la cartera produzca una suerte de relato épico en tono triunfalista que destaque solo un acontecimiento político? Para el Gobierno nacional, parece que ambas respuestas son sí: luego del retorno del exmandatario a su país, propiciado por el mismo Alberto Fernández, narrar las emociones personales de un funcionario y tratar de pasarlo como una política de Estado vinculada a la cultura, es una movida que parece sentarle bien a esta gestión.

La gacetilla que envió anoche el Ministerio de Cultura sobre el viaje de Bauer a La Quiaca.

“Fue profundamente emotivo el viaje de regreso a Bolivia que emprendió Evo Morales, rodeado del amor de su pueblo. Fue conmovedor participar de uno de los hechos político-culturales más importantes para la región, ser testigo del regreso de uno los referentes políticos más destacados que tiene Latinoamérica. Para mí fue un gran orgullo haber estado allí, celebrando la vuelta a la democracia y la cultura de la paz, tan importantes y fundamentales para todos y todas”, fueron las esmeradas palabras de Bauer replicadas en una gacetilla por su ministerio, que seguramente debió emplear tiempo y esfuerzo en recrear un experimento de bitácora que no aporta absolutamente nada a los propósitos que debería tener un organismo que brega por el fortalecimiento de la cultura nacional.

De todos modos, no es la primera vez que esto ocurre: en medio de eventos culturales online, entrevistas a varios artistas de diferentes disciplinas y anuncios sobre la “recuperación” de la cultura como política de Estado, el Ministerio lanzó el mes pasado una serie de publicaciones gráficas y audiovisuales en conmemoración por el décimo aniversario del fallecimiento del expresidente Néstor Kirchner.

Quizás en lo que se pueda considerar como su mayor esfuerzo de trabajo en diez meses de gestión, Bauer articuló numerosas actividades para honrar al fenecido líder, incluyendo la puesta en valor de una estatua en el CCK, que según Cultura “lleva el nombre del expresidente con orgullo”, entre otros acontecimientos de los que participaron con gran predisposición no pocas figuras del ámbito cultural argentino.

Quizás sea injusto este planteo mientras el Ministerio de Cultura de la Nación está realizando otras acciones más nobles que fomentan verdaderamente la cultura argentina, pero Bauer abrió una puerta que puede desencadenar consecuencias peligrosas y más complicadas de controlar. Y será muy tarde para lamentarlo.

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