Las certezas de Cristina Fernández de Kirchner: un mal endémico y las heridas que provoca en el Gobierno

Las certezas de Cristina Fernández de Kirchner: un mal endémico y las heridas que provoca en el Gobierno

La vicepresidenta Cristina Fernández de Kirchner volvió a construir un relato en el que se exculpa de todos los males a pesar de ser la dirigente más influyente de las últimas dos décadas. El dólar logró lo que no pudo la política: buscar un acuerdo. Quiénes son los "funcionarios que no funcionan".

Pablo Icardi

Pablo Icardi

Cristina Fernández de Kirchner escribió una carta que aunque pretende difundir un discurso masivo, tiene mensajes puntuales dirigidos al corazón del propio Gobierno al que pertenece. También vuelve a la construcción de un relato en el que, con habilidad retórica, esquiva cualquier responsabilidad sobre los problemas de la realidad argentina, a pesar de haber sido parte del núcleo de poder en las últimas dos décadas como la dirigente política más influyente. Agrega como valor la idea de que hay máximas en la vida cotidiana que no dependen de lo que "uno quiera", sino que ocurren. Está allí, entonces, la resignación sobre lo que ocurre con el dólar en Argentina. 

La misiva de Cristina reproduce un mal endémico de la política argentina: los dirigentes creen estar llenos de certezas y prescinden de autocríticas; de la duda. La base de los acuerdos está, justamente, en la humildad para reconocer errores, en grandeza para resignar ambiciones y la desinteresada voluntad de diálogo. Esas son carencias de la vicepresidenta. Pero también están en las respuestas que recibió a su carta está el certificado de fracaso al tibio llamamiento de un acuerdo al que se refiere en la carta.

Cristina basa todo su relato en certezas; máximas y sentencias que no dejan lugar a duda. Las tres certezas sobre las que la vicepresidenta habla son la supuesta impronta “antiperonista” de quienes atacan al gobierno (“no aceptan es que el peronismo volvió al gobierno”), el “monopolio” de las decisiones del presidente y (probablemente la más precisa) que Argentina tiene el alma dolarizada. 

Cristina hizo una defensa selectiva del Gobierno. Tomó la suficiente distancia como para no hacerse cargo del todo. Y expuso que no está conforme con el gabinete. Fractura expuesta en el Gobierno. “Hoy maltratan a un Presidente que, más allá de funcionarios o funcionarias que no funcionan y más allá de aciertos o desaciertos, no tiene ninguno de los “defectos” que me atribuían y que según no pocos, eran los problemas centrales de mi gestión”, dice. El juego de palabras “funcionarios que no funcionan” son agresiones internas apuntadas sin pudores al ya extinto Grupo Callao. Por las dudas aclara que, aunque alguien quisiera, nadie puede “manejar a un Presidente” en Argentina por la forma en la que está construido el Poder Ejecutivo. El gabinete de Alberto es heterogéneo; donde hay un "albertista" en la primera línea, se suman custodios del Instituto Patria. Lo sufrieron algunos ministros como Daniel Arroyo, la ministra de Justicia Marcela Losardo y también otros albertistas que pretendían tener más influencia, como Gustavo Beliz.

Unidos por el dólar

No es el drama humano el que conmovió a Cristina, sino el vil metal: la vicepresidenta reconoció, con la experiencia de dos mandatos en el Ejecutivo a cuestas, que el dólar no es un tema de ricos en Argentina y que la falta de confianza en el peso afecta a los ejecutivos de multinacionales, pero también a obreros.

“Por eso, el problema de la economía bimonetaria que es, sin dudas, el más grave que tiene nuestro país, es de imposible solución sin un acuerdo que abarque al conjunto de los sectores políticos, económicos, mediáticos y sociales de la República Argentina. Nos guste o no nos guste, esa es la realidad y con ella se puede hacer cualquier cosa menos ignorarla”, reconoce Cristina.

Claro, el llamado a un acuerdo parece pura retórica en medio del texto en el que los argumentos apuntan a culpar más que a convocar. Pero al menos hay un gesto. Lo que la política no pudo, lo logró el dólar.

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